Recientemente, un amigo de un amigo me puso en contacto con una nueva fuente. Pensaba que esta persona sería una fuente útil de información sobre las negociaciones que tienen lugar entre bastidores en la industria del lujo. Afortunadamente —al menos hasta ahora—, ha demostrado estar en lo cierto.
Lo que me intriga de esta fuente es que, a pesar de ser un inversionista consolidado con una reputación en el sector construida por el boca a boca, no tiene huella digital. El sitio web de su oficina familiar es, esencialmente, una página de mantenimiento; no concede declaraciones a la prensa. No tiene cuentas activas en redes sociales, ni fotografías glamorosas en galas benéficas o eventos públicos, ni información personal sobre sí mismo o sobre su joven familia disponible en Google, salvo referencias a su graduación en una universidad de la Ivy League a comienzos de la década del 2000 y a su participación en un programa de formación en una prestigiosa firma de Wall Street.
En este punto, probablemente deba tranquilizar a los lectores más inquietos aclarando que no he sido engañada para establecer una relación profesional con un estafador que utiliza una identidad falsa. De hecho, esta forma de estar presente en internet —o, más concretamente, esta completa aversión a ello— es cada vez más común entre las personas superricas. En una época de sobreexposición y de una dependencia cada vez más inquietante de los algoritmos y del rastreo de las grandes tecnológicas, ¿es la capacidad de ser invisible una nueva y definitiva demostración de estatus?
El estratega de marcas Eugene Healey lo llama «privacidad conectada». En un video publicado en TikTok el año pasado explicó por qué esta tendencia contracultural es un indicador cada vez más importante de privilegio y una señal de cercanía con la verdadera influencia.
«El símbolo de estatus no consiste realmente en estar desconectado», afirma. «Consiste en tener el capital —social, económico y cultural— para estar conectado de manera selectiva, de formas que te beneficien sin alimentar más de lo necesario a la máquina. Vives en la fuente, no en el flujo».
No resulta especialmente sorprendente que este tipo de comportamientos esté surgiendo entre los plutócratas del siglo XXI. Durante la cumbre FT Luxury celebrada en Italia el mes pasado, Claudia D’Arpizio, de Bain, afirmó que el mayor riesgo que enfrenta actualmente el sector no es la guerra ni la inflación, sino la extrema polarización de la riqueza y el aumento de la desigualdad. Advirtió que, más que distintivos de éxito, los artículos de lujo podrían transformarse en símbolos de exclusión social, especialmente después de los extraordinarios aumentos de precios aplicados por las marcas en los últimos años, que han dejado muchos productos fuera del alcance de los consumidores aspiracionales.
Una mentalidad dorada de prosperidad desbordante puede definir amplios sectores de la América de Trump, con pilares basados en el consumismo ostentoso, la construcción de salones de baile y la exhibición llamativa de riqueza en Instagram y otras plataformas. Pero también crece entre el uno por ciento una conciencia cada vez mayor de que la brecha entre ricos y pobres se ha convertido en un abismo durante las últimas décadas. Con ella surge una ansiedad respecto de lo que puede —y no puede— controlarse, impulsando cambios sutiles en los hábitos de consumo.
Existe un innegable prestigio en contar con la seguridad financiera o social suficiente para no ser más que una aparición imposible de encontrar.
Basta observar el crecimiento explosivo del uso de jets privados desde la pandemia, mientras las personas con patrimonios ultramillonarios buscan maximizar la sensación de vivir libres de las limitaciones ordinarias y minimizar la exposición tanto al común de la población como al incómodo escrutinio público. Los grupos hoteleros informan de un aumento en la demanda de mesas exclusivas para socios en espacios privados, así como de accesos y ascensores VVIP. Además, las preocupaciones por la seguridad personal también aumentan; los aparentes riesgos de llevar un Rolex o un bolso Hermès por las calles de Londres o París han llevado incluso a algunos superricos a poseer imitaciones de sus artículos de lujo favoritos. Una mujer me contó que pasó décadas adornando cuidadosamente su cuerpo con alta costura y joyas para la mirada de los demás; ahora prefiere gastar generosamente en arte e interiores de lujo que solo ella y sus amigos y familiares más cercanos pueden contemplar.
El mundo físico puede representar amenazas; pero internet también suele sentirse —y ser— un entorno hostil y abrumador. No solo los ricos perciben las ventajas de una desintoxicación digital; muchos podemos elogiar los beneficios del tiempo alejado de los correos electrónicos, las notificaciones y las publicaciones en redes sociales. La diferencia, sin embargo, es que cada vez más personas necesitan estar conectadas para progresar en la sociedad. Eso significa que existe un innegable prestigio en contar con la seguridad financiera o social suficiente para no ser más que una aparición imposible de encontrar en internet.
El significado del lujo moderno ha evolucionado desde el exceso material hacia una medida más personal de la libertad y de la calidad de vida. Dicho de otro modo: si el lujo obtiene su valor de poseer algo que la mayoría no tiene, y existir sin ser visto es algo que cada vez menos personas pueden hacer, entonces la privacidad es el verdadero lujo en 2026.
Lo cual me devuelve a mi nueva fuente del sector, dedicada a comprar reconocidas marcas de moda para el hogar, idealmente sin que nadie conozca su identidad. Para esta persona, ser visible implica un costo significativo.
«Prefiero que sea así», me dijo sencillamente cuando le pregunté en persona por su ausencia de identidad en internet durante un café. «No me está frenando. Si no estás pagando por el producto, tú eres el producto. ¿No dice eso el dicho?»
Elizabeth Paton.Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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