Aunque muchas personas sustituyen los utensilios de cocina cuando pierden su color original, todavía hay quienes recurren al servicio de brillado de calderos para devolverles su apariencia. Es un oficio poco visible que se mantiene gracias a trabajadores independientes que limpian ollas, calderos y sartenes cubiertos de grasa y hollín acumulados por años de uso.

En el sector Barrio Clarín, de La Ciénaga, una de esas trabajadoras es Ana Francisca, quien desde hace dos décadas vive de este oficio. Cada caldero que recibe representa una oportunidad para llevar dinero a su casa y cubrir las necesidades de su familia.
Originaria de Cabral, provincia Barahona, Ana Francisca llegó hace 42 años a Santo Domingo. Aprendió el oficio junto a un hombre llamado Domingo, con quien trabajaba brillando utensilios de cocina.

"Él brillaba los calderos y yo le ayudaba. Poco a poco aprendí el trabajo y cuando él murió decidí seguir haciéndolo", cuenta.
Desde entonces trabaja por su cuenta. Explica que el ingreso que obtiene es el principal sustento de su hogar, donde viven su esposo, tres hijos y una hija que enfrenta problemas de salud y necesita medicamentos de forma permanente.
El precio del servicio depende del tamaño del utensilio y del tiempo que toma restaurarlo. Ana Francisca cobra 200 pesos por un caldero pequeño, 200 pesos por una olla pequeña, 300 pesos por un sartén o un caldero muy quemado, 500 pesos por las ollas grandes y hasta 1,000 pesos por los calderos de gran tamaño, conocidos por tener cuatro asas y requerir varias horas de trabajo.

El movimiento de clientes cambia de una semana a otra. Recuerda que recientemente una clienta le llevó 12 calderos y otra 10 más. En el mes anterior trabajó para cinco personas distintas, mientras que en una semana reciente solo recibió tres encargos.
Cuando el volumen de trabajo aumenta, pide ayuda a una amiga. Entre ambas realizan el brillado y luego reparten el pago, aunque antes debe cubrir los gastos de los materiales.
"Yo compro el brillo, el jabón, los cepillos y todo lo que necesito para trabajar. Solo un cepillo cuesta alrededor de 2,500 pesos", explica.

Además del costo de los materiales, el trabajo requiere tiempo y esfuerzo. Algunas piezas llegan completamente negras por el uso constante sobre fogones de carbón o leña, por lo que recuperar su brillo puede tomar varias horas.
Ana Francisca explica que aprendió a no entregar ningún trabajo sin recibir el pago. "Antes pasaba que uno brillaba los calderos y después la gente no aparecía con el dinero. Ahora primero me pagan y después se llevan su trabajo".

Aunque el brillado de calderos es su principal fuente de ingresos, reconoce que no siempre alcanza para cubrir todos los gastos del hogar. Por eso también realiza limpieza de casas, lava ropa por encargo y anteriormente vendía ropa, pañales, cortinas y otros artículos.
"Si me llaman para lavar ropa o limpiar una casa, voy. El trabajo no me da vergüenza", asegura.
Su esposo también aporta a la economía familiar vendiendo agua, bebidas deportivas y refrescos en un pequeño congelador que una persona le ayudó a conseguir. Sin embargo, Ana Francisca espera comprar una nevera propia para ampliar ese pequeño negocio.
El trabajo también implica exposición constante al humo, al hollín y al polvo que desprenden los utensilios. Cuando debe limpiar muchos calderos utiliza mascarilla, aunque afirma que los chequeos médicos no han detectado problemas en sus pulmones.
Más allá del esfuerzo diario, otra preocupación ocupa sus pensamientos: el estado de su vivienda. Explica que el techo está deteriorado y que cada vez que llueve el agua entra a la casa, moja las camas y obliga a mover todas sus pertenencias.

Con la esperanza de mejorar esa situación, ha enviado cartas y copias de su cédula a distintas autoridades solicitando ayuda para reparar la vivienda. Hasta ahora, dice, no ha recibido respuesta.
Mientras espera una oportunidad, continúa brillando calderos en Barrio Clarín. Asegura que seguirá trabajando porque es el oficio que aprendió y el que, desde hace 20 años, le permite sostener a su familia.

"Yo tengo fe de que algún día llegue una mano amiga. Mientras tanto, sigo trabajando porque de esto vivimos nosotros", concluye.

Compartir esta nota