¿Existe tal cosa como un estilo masculino? En cierto sentido, la respuesta es obviamente afirmativa. Aunque la convergencia entre la forma de vestir de hombres y mujeres ha aumentado drásticamente durante aproximadamente el último siglo y la ropa unisex se ha convertido en algo bastante habitual, el hombre promedio y la mujer promedio de nuestra cultura siguen vistiéndose de manera muy diferente.

A un nivel básico, esto se percibe sobre todo en prendas o elementos que las mujeres suelen llevar, pero que los hombres rara vez utilizan: vestidos, tacones, blusas holgadas y maquillaje. El estilo masculino moderno, en este sentido tan anodino, ha pasado a significar simplemente la falta de uso de estos artículos.

Sin embargo, a un nivel más sutil, no se trata de qué prendas se usan, sino de cómo se usan. En la sastrería, existe una diferencia entre los cortes que acentúan los hombros y aquellos que resaltan la forma de la cintura y las caderas. También existen códigos de género reconocibles en el peso, el color y el estampado de los materiales: pesados, oscuros y geométricos, por un lado; ligeros, coloridos y orgánicos, por el otro.

Todo esto admite un sinfín de excepciones interesantes, pero sabemos que el espectro existe. Hay cierto tipo de hombre —me viene a la mente Pete Hegseth, el secretario de Defensa de EE. UU.— que confirma la regla al llevar al límite, hacia el extremo de la masculinidad, todos los indicadores (aunque, para ser justos, el esmero que Hegseth dedica claramente a su cabello resulta bastante ambiguo en términos de género).

Me refiero a algo un poco más difícil de captar: el uso del término «masculino» como una forma de categorización estética y, más concretamente, de elogio. Esta idea se refleja —aunque de manera algo confusa— en el contraste entre guapo y bonito. ¿Qué es lo que marca la diferencia en el ámbito de la vestimenta? ¿Y sigue teniendo la fuerza suficiente para entusiasmarnos u ofendernos? Si crees que estas preguntas son fáciles de responder, detente un momento y formula tus argumentos. Verás que no es fácil, y no solo por cuestiones relacionadas con la ideología política o el progresismo; es un asunto difícil de definir con precisión.

Parte de la razón es que uno de los recursos habituales del estilo femenino ha sido, durante décadas, adoptar prendas que antes se asociaban con lo masculino, precisamente por esa misma asociación: botas robustas y chaquetas de cuero combinadas con falda, pantalones vaqueros holgados conocidos como estilo «boyfriend», camisas Oxford llevadas por fuera… En fin, todo el vestuario de la protagonista de la película Annie Hall.

La razón por la que esto funciona es bastante evidente: añadir un elemento estereotípicamente masculino realza lo femenino. Y todo el mundo sabe que un toque de androginia resulta muy estimulante. Como bien señaló Susan Sontag: «Lo más hermoso en los hombres viriles es algo femenino; lo más hermoso en las mujeres femeninas es algo masculino».

Lo sorprendente es que tantos hombres no hayan logrado dominar con éxito este paso fundamental en el mundo del estilo. Se me ocurren dos excepciones notables: los hombres de corte tradicional y masculino a los que les gusta usar camisas de color rosa (el Financial Times señaló hace poco que los futbolistas han adoptado esta costumbre), y las chaquetillas y taleguillas de los toreros. Es posible que la moda de los pantalones vaqueros extremadamente ajustados en los hombres también encajara en esta categoría, pero esa tendencia no perduró.

No sé a qué se debe esto. Pero sea cual sea la razón, probablemente ayude a explicar por qué, si bien hay muchas prendas que la historia ha trasladado sin problemas del guardarropa masculino al femenino —como los pantalones o los trajes de negocios—, ha habido muy poco tránsito en sentido contrario (aunque la joyería sí parece estar desplazándose un poco en esa dirección). Supongo que uno podría recurrir a alguna simplificación absurda sobre la inseguridad masculina.

Dicho esto, y reconociendo lo resbaladizo que resulta este terreno, sí creo que existe un estilo masculino. Sin pretender ser ni remotamente exhaustivo, considero que, cuando elogiamos un atuendo calificándolo de masculino, nos referimos al menos a cuatro aspectos.

El estilo masculino es sobrio; recompensa una observación detenida, pero no la exige. Es tradicionalista hasta cierto punto; elegante y definido, sin caer excesivamente en la moda. Además, se apoya en materiales que poseen cierta textura, cuerpo y peso, armonizando así con el hecho de que los hombres son —por lo general— el sexo de mayor corpulencia.

Por último, retomando la idea de Sontag, un estilo verdaderamente masculino y logrado posee un matiz que es lo opuesto a todas esas cosas: siempre lleva consigo una pizca de feminidad. Es precisamente ese toque el que aporta interés y crea un aura de seguridad natural; en suma, un aura de virilidad. Para ilustrarlo con ejemplos claros, basta pensar en el Bond bonito de Roger Moore o en el joven Elvis.

La cuestión no es que los hombres deban tener un estilo masculino o que las mujeres no deban tenerlo. Afortunadamente, como civilización ya hemos superado eso. De lo que se trata es de que existe una estética masculina y, aunque resulta difícil de definir, es significativa y atractiva, y puede formar parte del repertorio de cualquiera.

Cualquiera que preste atención a estas cosas no necesita que le digan que es así. Lo interesante es cómo y por qué ocurre, dado que se trata de un objetivo en constante movimiento y después de tres o cuatro generaciones durante las cuales los límites se han difuminado y redibujado.

Robert Armstrong. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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