Este año ha traído una avalancha de titulares declarando que los medios sociales están atravesando su "momento 'Big Tobacco'" (grandes compañías tabacaleras), a medida que los reguladores y los tribunales dirigen su atención hacia las plataformas tecnológicas. Es fácil entender por qué los críticos de los medios sociales tendrían la esperanza de que se diera un punto de inflexión similar al que se produjo con el tabaquismo. A mediados del siglo XX, casi la mitad de los adultos en EE. UU. fumaba. Para 2020, la tasa era de alrededor del 13 por ciento. Pero la historia del declive del tabaquismo tuvo un amargo desenlace: muchos de los miembros más pobres de la sociedad siguieron siendo adictos. ¿Podría ocurrir lo mismo con el consumo de los medios sociales?
Tal como señala Allan M. Brandt en su magnífica obra histórica The Cigarette Century (El siglo del cigarrillo), fumar solía ser "un producto y un comportamiento con un atractivo genuinamente masivo". En 1925, la revista estadounidense Mercury declaró que el cigarrillo se había "convertido en el producto de uso común más democrático", señalando que "en la mayoría de los casos, el banquero y su limpiabotas coinciden en sus preferencias". De manera similar, el uso de los medios sociales en sus primeras décadas fue generalizado: no era más sorprendente ver a una estrella de Hollywood obsesionada con Facebook o Instagram que a un adolescente en el autobús.
Pero cuando los académicos comenzaron a vincular el tabaquismo con el cáncer de pulmón, los graduados universitarios fueron los primeros que prestaron atención a esa información. Un estudio muestra que las tasas de tabaquismo entre las personas con mayor nivel educativo de EE. UU. comenzaron a descender ya en 1954, poco después de que los primeros artículos sobre el tema aparecieron en la prensa generalista.
Para la década de 1980, se observaba un claro sesgo socioeconómico en la disminución de las tasas de tabaquismo. En 1985, el Wall Street Journal (WSJ) citó a una mujer de 37 años que estaba dejando de fumar debido a la presión social: le dirigían miradas de reprobación en las cenas. "Leí el otro día que un tercio de las personas todavía fuman", le dijo al WSJ. "¿Dónde están? Yo no las conozco".
Ese artículo contenía varias predicciones diferentes para el futuro. Un académico afirmó que, aunque el consumo de cigarrillos estaba disminuyendo a un ritmo desigual, "desaparecería en los próximos 20 a 25 años". Otro opinó que los patrones de tabaquismo reforzarían la desigualdad socioeconómica. "Estoy convencido de que las enfermedades relacionadas con el tabaquismo se convertirán, cada vez más, en un fenómeno de clase", dijo él.
Ahora sabemos que la segunda predicción era la correcta, y no solo en EE. UU. Romper con hábitos altamente adictivos —o no desarrollarlos en primer lugar— es más difícil si se tiene menos acceso a la educación, al apoyo de compañeros y a la atención médica. En el Reino Unido, las personas que viven en el quintil más desfavorecido de las áreas locales tienen probabilidades más de tres veces mayores de fumar (22,6 por ciento) que las personas que viven en el quintil menos desfavorecido de las áreas locales (6,6 por ciento).
Si bien el Gobierno del Reino Unido tenía la ambición de reducir las tasas de tabaquismo al 5 por ciento o menos para 2030, una revisión independiente realizada en 2022 advirtió que "sin medidas adicionales" Inglaterra "no alcanzaría el objetivo por al menos 7 años, y las áreas más pobres en la sociedad no lo alcanzarían hasta 2044″.
Mientras tanto, el Departamento de Salud y Asistencia Social (DHSC, por sus siglas en inglés) del Reino Unido describe el tabaquismo como "la principal causa de las desigualdades en materia de salud", la cual "representa la mitad de la diferencia en la expectativa de vida entre las comunidades más y menos prósperas de Inglaterra".
¿Es posible que el uso de los medios sociales evolucione de la misma manera? Yo ya percibo que la campaña a favor de una "infancia sin teléfonos inteligentes" y de limitar el tiempo frente a la pantalla está impulsada principalmente por padres de clase media, quienes devoran las investigaciones emergentes (aunque aún controvertidas) que vinculan el uso de los medios sociales con daños a la salud mental de los jóvenes. También existen algunas pruebas de que los jóvenes procedentes de entornos menos pudientes son más propensos a tener experiencias negativas en los medios sociales.
Dicho esto, existen importantes diferencias entre el tabaquismo y los medios sociales. Uno de los principales factores que determinan si alguien se convierte en fumador es si sus padres fumaban. En lo que respecta a los medios sociales, no veo (todavía) muchas pruebas de que los padres estén abandonando sus propios hábitos en los medios sociales, aunque impongan límites a sus hijos. Puede que sea razonable: fumar es peligroso para todos, mientras que la propia naturaleza de los algoritmos de los medios sociales consiste en adaptarse a cada persona. Si bien algunos adultos se pierden en los laberintos del internet, un adulto adicto a los vídeos de gatos probablemente solo corre el riesgo de desperdiciar su tiempo y su atención. También es muy posible que una nueva tecnología adictiva —como los chatbots de inteligencia artificial (IA)— supere a los medios sociales, pero genere preocupaciones similares.
De cualquier manera, existe una lección útil en la historia del declive desigual del tabaquismo. Los productos adictivos pueden sobrevivir mucho tiempo después de haber dejado de ser populares. Y, si son tanto adictivos como dañinos, pueden convertirse no solo en un espejo de las desigualdades de la sociedad, sino también en un amplificador de ellas.
(Sarah O’Connor. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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