Maria lee un cuento a los pequeños de la escuela prescolar donde trabaja en Chernihiv, una ciudad a alrededor de 70 km de la frontera con Bielorrusia y que estuvo sitiada durante los primeras semanas de la invasión a gran escala lanzada por Rusia el 24 de febrero de 2022.
Una búsqueda permanente
Ella sufrió las consecuencias de la guerra desde los primeros días cuando su esposo, militar, fue capturado por las fuerzas rusas y convertido en prisionero de guerra. “Antes de que mi esposo regresara, la vida era sin colores”, dice.
Desde entonces, su vida estuvo organizada alrededor de una búsqueda diaria. Cada jornada de Maria comenzaba frente a una pantalla. “Cada día leía noticias, miraba lo que publicaban no solo nuestros canales de Telegram, sino también los canales rusos, ellos muy a menudo informan sobre intercambios de prisioneros”, detalla.
La búsqueda terminó el 2 de octubre de 2025 cuando su esposo regresó. Aquel día fue posiblemente el día más feliz de su vida. “Ya no necesito buscar información, hacer eso cada día. Sé que está en casa, puedo llamarlo, hablar con él en cualquier momento. Ya no busco nada”, comenta.
La vida durante esos años no solo fue dura por la ausencia de su marido, sino que también tenía que acompañar a su hija, que tenía tres años cuando su padre fue capturado. “Cuando llegó, al principio ella lo rechazaba, pero ahora ya se comunica con él como antes de que lo capturaran”, indica.
Volver a la vida civil, un camino difícil
Maria tenía miedo de cómo sería el reencuentro. Ha conocido la historia de muchos hombres que vuelven con problemas para adaptarse de nuevo a la vida civil. También temía cómo sería la relación entre los dos. Hay muchas parejas que no han podido rehacer su vida y se han separado. Pero su caso fue diferente.
“Aún está en proceso de adaptación, pero fue más fácil que para otros chicos que tienen problemas psicológicos. Hay algunos matices en su comportamiento, pero no es nada serio. En general está bien. No diría que fue difícil volver a estar juntos. Fue como si se hubiera ido ayer y hubiera regresado hoy. Tenemos un vínculo tan fuerte que no tuvimos que acostumbrarnos el uno al otro. Para mí fue como si hubiera pasado solo un día”, añade.
Después del proceso de readaptación inicial volvió a casa, pero un tiempo después empezó a sentirse enfermo. El cuerpo empezó a reaccionar a la tensión que vivió durante tantos años. “Decían que allá siempre tenían hambre, y la relación con la comida cambia radicalmente, y cuesta tiempo acostumbrarse a no tener que preocuparse. Cuando regresó, empezó a enfermarse, resfriados simples. Yo le decía: ‘¿Cómo es posible que en tres años y medio no te enfermaste?’. Él decía que allá estaban siempre bajo nervios y no pensaban en eso. Y aquí, cuando regresó, empezaron a aparecer esas dolencias. Cuando uno vive en adrenalina constante, bajo tensión, y luego se relaja, el cuerpo reacciona así”, analiza Maria.
Los ex prisioneros de guerra pueden dejar el servicio militar una vez liberados. Pero su esposo ha decidido que quiere retomar sus labores. “Tengo miedo, pero no lo convenceré. Si él quiere ir, irá”, lamenta su esposa. María intenta adaptarse a su nueva vida. Para ella estos cuatro años han sido una especie de infierno con un final feliz. Pero reconoce que la pesadilla solo terminará cuando cese la guerra.
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