Por el corresponsal de RFI en Moscú
Unos treinta autos hacen fila frente a esta estación de servicio en el centro de Moscú, la capital de Rusia. Cabe mencionar que la gasolinera ofrece a sus clientes la gama completa de combustibles. La gente se mantiene tranquila y espera su turno con resignación, como explica Oleg. “Hay que hacer fila durante 20 minutos y todos entendemos por qué. Pasaría lo mismo en cualquier otro país que estuviera siendo bombardeado”.
Aunque las autoridades han restringido la difusión de imágenes de los ataques ucranianos en las redes sociales, la población es plenamente consciente de lo que está sucediendo. A finales de junio, Moscú sufrió escasez de combustible durante unos días antes de que todo volviera a la normalidad.
Pero la continuación de los ataques ucranianos contra las infraestructuras energéticas, y en particular el ataque de la semana pasada que dejó fuera de servicio durante varios meses una importante refinería ubicada en la frontera con Kazajistán, ha obligado a las autoridades a reconocer que el abastecimiento de combustible del país se ha visto afectado. Una situación que, sin embargo, no impresiona a Serguey.
“Estamos acostumbrados a llenar el tanque en tres minutos y eso ya es mucho. Todo es relativo en la vida. He vivido tiempos en los que había que esperar varios días para llenar un bidón, así que puede pasar cualquier cosa”.
Oxana, por su parte, niega haber venido a llenar el tanque antes de que se implementaran restricciones a la compra de combustible en la capital. “Me queda para 58 kilómetros, es una situación normal. Todo va a salir bien, estoy segura”.
Llevar la guerra al territorio ruso para desmoralizar a la población y llevar al Kremlin a la mesa de negociaciones: ese era el objetivo de la campaña de ataques masivos lanzada por Kiev. Pero, por ahora, lejos de estar desmoralizados, los moscovitas se están adaptando a las limitaciones.
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