De nuestra corresponsal Sofía Català desde Tánger
Este miércoles 23 de septiembre, Marruecos celebra unas elecciones marcadas por la desafección política, especialmente entre los jóvenes. Quienes tienen entre 18 y 24 años representan cerca del 12% de la población (el país cuenta con 36 millones de habitantes), pero apenas suponen el 4% de los inscritos para votar.
Son la generación Z, que afronta una tasa de desempleo de más del 30% y que hace un año protagonizó protestas masivas para reclamar mejoras en sanidad, educación, empleo y condiciones de vida. Y las urnas no se perciben como vía para lograr estas mejoras: el sistema político marroquí deja en manos de la monarquía muchas áreas estratégicas, lo que alimenta esta percepción.
En ausencia de encuestas, prohibidas por la ley electoral, los observadores sitúan a la Agrupación Nacional de los Independientes (RNI), al frente de la actual coalición gubernamental, entre los favoritos.
El nuevo jefe del Gobierno saldrá del partido más votado y será el rey Mohamed VI quien lo nombrará para que forme el gobierno por 5 años.
Progreso para pocos
Por otra parte, Marruecos vive un fuerte desarrollo a nivel macroeconómico, pero que no se ve reflejado en el poder adquisitivo de los trabajadores ni en la mejora de los servicios públicos ni en la reducción de desigualdades. De ahí el incentivo migratorio.
A pesar de la dificultad para obtener visados tras lo ocurrido en Ceuta, las autoridades han reforzado enormemente el dispositivo de contención y disuasión en la frontera, aunque consideran baja la probabilidad de un nuevo episodio.
El oficialismo y la oposición basaron sus campañas pregonando promesas para mejorar el poder adquisitivo y la calidad de vida.
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