Tras un verano marcado por la sequía y un contexto geopolítico que dispara los precios de los alimentos y de la producción agrícola, el panorama para el sector alimentario mundial es alarmante. Toda la cadena de producción se ve afectada, desde el agricultor hasta el consumidor. Los precios de la energía se disparan y hacen que los costes de producción se disparen, mientras que los rendimientos disminuyen y algunas parcelas llegan a quedar destruidas al 100%.
Así, Francia se encamina hacia su peor cosecha de maíz en 50 años, mientras que Rumania ha perdido más de un millón de hectáreas de cultivos este verano. Sin embargo, el coste de la inacción ante el cambio climático es muy superior al de la inversión en prevención y adaptación. Según un informe de la Comisión Europea, la agricultura europea pierde una media de 28.000 millones de euros al año debido a los fenómenos climáticos extremos. El fenómeno de El Niño, que este año se prevé con una intensidad sin precedentes, podría perturbar aún más la cadena de producción agrícola y agravar la inseguridad alimentaria.
Los modelos de producción en cuestión
La inseguridad alimentaria afecta a unos 260 millones de personas en todo el mundo, según cifras de la ONU. La tasa de autosuficiencia alimentaria de los países, por su parte, no deja de descender.
Más de un tercio de los países del mundo son incapaces de garantizar su autosuficiencia alimentaria en la actualidad, debido, sobre todo, al cambio climático y a la globalización. Los conflictos prolongados y las tensiones geopolíticas perturban el suministro de energía, de insumos agrícolas y de productos alimenticios. Según el informe mundial sobre crisis alimentarias, la situación se ha deteriorado en 15 países en los últimos diez años, entre ellos Bangladés, Kenia, Madagascar, Somalia y Nigeria, que cuenta con la mayor población del mundo en situación de inseguridad alimentaria aguda, es decir, 36,3 millones de personas.
Se ha alertado del riesgo de hambruna en Somalia y Sudán, así como en la Franja de Gaza, siendo las zonas de conflicto las más problemáticas.
Financiación climática
Para combatir la inseguridad alimentaria, el FMI recomienda ayudar a los hogares vulnerables mediante transferencias selectivas o programas de alimentación escolar. Pero, sobre todo, habría que velar por que los sistemas sean más resilientes. Para ello, limitar las importaciones es una primera medida que resulta esencial en un contexto de subida de los precios de la energía y de los insumos, como los fertilizantes y los pesticidas. Dar prioridad a un modelo de proximidad forma parte de la respuesta, con el fin de conectar la producción local con el plato del consumidor. Para ello, sería necesaria una profunda reforma de las superficies agrícolas y del régimen de la propiedad de la tierra. Renovar las generaciones de agricultores que envejecen es otra gran tarea, junto con garantizar, en particular, unos ingresos mínimos a los agricultores. Asegurar una mejor distribución de las ayudas y de la política agrícola común es también un elemento esencial. Y a todo ello solo podrán dar respuesta las políticas públicas.
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