China ya no se conforma con ser un socio comercial en América Latina. Su ambición es instalarse de forma permanente.
Su primera baza es la infraestructura. Veinticuatro países de la región se han sumado a las nuevas rutas de la seda chinas. Puertos, carreteras, energía: Pekín financia proyectos estructurales, en particular en torno al canal de Panamá, un eje estratégico fundamental para el comercio mundial.
El comercio y las materias primas son la segunda baza a la que le apuestan los chinos. El gigante asiático se ha convertido en el primer socio comercial de varias grandes economías latinoamericanas. De este modo, se asegura el suministro de cobre, litio, petróleo o soja, esenciales para su industria y su transición energética.
Apoyo a los regímenes bajo presión estadounidense
Pekín también ejerce influencia política defendiendo a regímenes bajo presión estadounidense, como Venezuela, al que apoya diplomáticamente en la ONU y al que le sigue comprando petróleo.
Por último, China avanza en un terreno muy delicado: Taiwán. América Latina cuenta aún con varios países que reconocen a Taipéi. Pekín utiliza promesas económicas para convencerlos de que cambien de bando, como ya hizo Panamá.
Como resultado, la rivalidad entre China y Estados Unidos se libra ahora también en América Latina, donde Pekín transforma su peso económico en influencia política.
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