En los últimos días, las imágenes de contenedores en llamas, enfrentamientos con la policía y establecimientos dañados se han multiplicado desde París hasta Nantes, Lyon, Marsella o Belfort. Pero detrás de esas escenas aparecen también familias y docentes que aseguran estar pagando las consecuencias de un movimiento que se endurece con el paso de los días.
En Nantes, el impacto es visible. El liceo Nelson Mandela permanecerá cerrado hasta comienzos de noviembre después de que un incendio destruyera completamente su hall de entrada. Más de 1.700 alumnos deberán seguir las clases a distancia. Para muchas familias, el golpe es tanto emocional como académico.
"Lo que ha ocurrido da ganas de llorar", lamenta Alain Patron, padre de un alumno de último año. "Jóvenes encapuchados prendieron fuego a una, luego dos y después tres papeleras, y todo fue muy rápido. Tuvimos la impresión de estar frente a un comando organizado". A su juicio, "es desolador ver cómo un movimiento pacífico fue desbordado por la violencia".
La preocupación de los padres se repite en otros puntos del país. Frente al liceo Claude-Monet, en París, algunos han decidido permanecer durante horas ante los establecimientos para asegurarse de que sus hijos regresen sanos y salvos a casa.
"Le hemos prohibido venir. Espero que no esté aquí, pero salió de casa, así que…", confiesa Anya, madre de un estudiante de segundo año. A pocos metros de ella arde una papelera incendiada. "Tenemos miedo de que la situación se degrade", admite.
Otros padres han optado por una actitud completamente distinta. También en Claude-Monet, una madre observa el bloqueo sabiendo que su hijo participa activamente en él. "Yo estoy con ellos", asegura. "Lo único que me da miedo es la policía".
Esa preocupación por la actuación de las fuerzas del orden aparece una y otra vez en los testimonios recogidos durante las movilizaciones. En varios liceos, padres y profesores denuncian intervenciones que consideran excesivamente violentas contra adolescentes.
Lan Tan, representante de la Federación de Consejos de Padres de Alumnos y madre de una estudiante, participa en turnos de vigilancia organizados por familias frente al establecimiento. "Es importante acompañarlos, aunque sea de lejos, para evitar desbordamientos", explica. Relata que el día anterior algunos jóvenes lanzaron morteros cerca de un grupo de estudiantes. "Les dijimos que pararan y entendieron". Su presencia busca precisamente impedir que incidentes como esos degeneren en situaciones más graves.
Pero quienes han elevado más la voz en las últimas horas son los profesores.
En el liceo Guillaume-Budé de Limeil-Brévannes, en la periferia de París, una veintena de docentes decidió sumarse públicamente a las protestas después de los enfrentamientos ocurridos esta semana con la policía.
"Lo que me hizo unirme al movimiento es que la policía golpea a mis alumnos", resume un profesor de economía que hasta ahora seguía las movilizaciones desde la distancia. "Que los arresten es una cosa; que les peguen es otra".
Una profesora del mismo centro expresa la misma indignación. "Me impactó profundamente la detención violenta de varios alumnos", explica. El recuerdo de esos episodios llevó a numerosos docentes a abandonar su tradicional papel de observadores para colocarse junto a los estudiantes en las concentraciones.
Las denuncias no proceden únicamente de los profesores. Una supervisora del establecimiento asegura haber recibido un golpe de porra y gas lacrimógeno cuando intentaba acercarse a un alumno durante una intervención policial. "Toda esta violencia contra la juventud no es posible", afirma.
Mientras una parte de la comunidad educativa acusa a la policía de uso desproporcionado de la fuerza, el Gobierno pone el foco en la violencia sufrida por los agentes. El viernes, un policía de civil fue derribado y golpeado por un grupo de jóvenes en Belfort. El agente perdió el conocimiento y fue hospitalizado. La Fiscalía abrió una investigación por tentativa de homicidio contra una persona depositaria de la autoridad pública.
El caso se suma a otras agresiones registradas durante la semana y a los centenares de policías y gendarmes heridos desde el inicio de las movilizaciones, según el Ministerio del Interior.
El resultado es una situación que ya desborda ampliamente el marco de una protesta estudiantil tradicional. Padres que patrullan frente a los liceos para proteger a sus hijos. Docentes que pasan de las aulas a las manifestaciones para defender a sus alumnos. Familias divididas entre el miedo y el apoyo. Y una comunidad educativa cada vez más atrapada entre la violencia de algunos grupos radicalizados y la creciente tensión con las fuerzas del orden.
En Francia, la crisis ya no afecta solamente a quienes protestan. También alcanza a quienes intentan acompañarlos, protegerlos o simplemente educarlos.
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