Por el corresponsal de RFI en Madrid
Un día después de la tragedia, toda España se hace la misma pregunta: ¿cómo es posible que nada ni nadie la evitase?
Poco a poco vamos conociendo más datos sobre la cadena de errores que llevó al tren AVE a chocar a gran velocidad con el tren Iryo que se encontraba parado en Urda, en la provincia de Toledo.
Primero, falló el sistema de señalización LZB, que hizo detenerse automáticamente a seis trenes, los seis que se vieron afectados por el fallo.
Después, tomó el mando el centro de control de la estación de Atocha, en Madrid, y dio al tren AVE la siguiente orden, como se puede escuchar en las conversaciones que han salido a la luz: "Reanude con marcha normal", es decir, a la velocidad normal de esta línea de alta velocidad, que es muy rápida, a pesar de que el protocolo tras un fallo del sistema LZB marca que se debe reanudar "con marcha vista", con una limitación de 40 kilómetros por hora, para poder detenerse si hay algún obstáculo en la vía.
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Cinco minutos, después se le da la misma orden a la maquinista del tren Iryo, pero pasados otros siete minutos, la maquinista vuelve a llamar al centro de control para comunicar que su tren no arranca. Y cinco minutos después, se produce la colisión.
En total, pasan 17 minutos desde que el AVE recibe la orden de reanudar la marcha a velocidad normal hasta el momento del choque. Son 17 minutos en los que nadie, con los datos que se conocen hasta el momento, da otra orden para evitarlo.
El Gobierno señala el fallo humano, pero el debate y también la campaña electoral a un mes de las elecciones generales se impregna de una cuestión mucho más amplia: las lagunas de un sistema ferroviario que, incluso en el caso de darse un error humano, no ha contado con los mecanismos para evitar esta tragedia, tan solo nueve meses después del accidente de Adamuz, donde fallecieron 46 personas.
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