cuestión de ética, pero en el fondo se trata sobre todo de ego y dinero.
Un tribunal federal de California acoge, el lunes 27 de abril, la selección del jurado que debe examinar la demanda interpuesta por Elon Musk contra otro magnate de la industria de la IA estadounidense, Sam Altman, a quien acusa de haber traicionado la vocación sin fines de lucro de OpenAI, que crearon juntos.
Detrás de este duelo entre el hombre más rico del mundo y el poderoso jefe de ChatGPT, en lucha por la supremacía de sus laboratorios de IA, el juicio vuelve a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿quién debe controlar la inteligencia artificial y en beneficio de quién?
OpenAI debía seguir siendo un proyecto sin fines de lucro y su jefe, Sam Altman, traicionó esa promesa. Es sobre esta base que Elon Musk, cofundador de OpenAI en 2015 antes de abandonarla tres años más tarde, lleva a la startup ante la justicia.
El punto de vista de Sam Altman es, evidentemente, muy diferente: considera que Elon Musk es, sobre todo, un mal perdedor y que, prácticamente desde la creación de OpenAI, su vertiente comercial no solo estaba prevista, sino que era inevitable.
Musk exige 134 mil millones de dólares
Dicho así, la controversia puede parecer anecdótica, pero lo que está en juego a nivel comercial y financiero es, en realidad, monumental. Elon Musk reclama hasta 134 mil millones de dólares en concepto de daños y perjuicios -que se comprometió a donar a la fundación OpenAI- así como la ruptura de OpenAI con su principal inversor, Microsoft, que, según él, habría tomado su lugar gracias a la deslealtad de Sam Altman.
Si el multimillonario ganara el juicio, esto constituiría un terremoto en el mundo de la inteligencia artificial, ya que OpenAI probablemente tendría que renunciar a su salida a bolsa prevista para este año y a los cientos de miles de millones de dólares que ello conlleva.
Por su parte, Elon Musk podría sacar a bolsa sus propias actividades en IA, liberado de uno de sus principales competidores.
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