El 13 de marzo de 1989, un apagón provocado por una tormenta magnética en Canadá dejó a seis millones de personas a oscuras durante nueve horas. Fue la consecuencia de una erupción solar cuyas partículas recorrieron 150 millones de kilómetros hasta llegar a la Tierra, donde su interacción con el campo magnético de nuestro planeta desestabilizó las redes eléctricas.
Aunque los fenómenos de esta magnitud son poco frecuentes, estas tormentas magnéticas son, sin embargo, habituales y pueden perturbar tanto a los satélites como a los sistemas de telecomunicaciones o de navegación, como el GPS.
Una colaboración poco habitual entre China y Europa
La idea para protegerse es, por tanto, anticipar estos fenómenos con una especie de "meteorología espacial". Aunque varias sondas ya observan constantemente el Sol para detectar sus arrebatos, se sabe menos sobre cómo todo ello interactúa con el campo magnético de la Tierra.
SMILE (Solar Wind Magnetosphere Ionosphere Link Explorer) es por tanto una misión dedicada a este estudio a 120.000 km de altitud y durante tres años, 2.500 científicos participan en este proyecto, fruto de una colaboración poco habitual entre China y Europa en el espacio, cuyos resultados se presentan como capaces de mejorar significativamente la meteorología espacial.
Observación de los vientos solares
La misión de SMILE consistirá en observar los vientos solares que se originan a partir de las eyecciones de masa coronal que tienen lugar en la superficie del Sol. Estas eyecciones de plasma provocan flujos de partículas que se propagan posteriormente hacia la Tierra a una velocidad que puede alcanzar los dos millones de kilómetros por hora.
Al entrar en contacto con el campo magnético de nuestro planeta, que actúa como un escudo, estos flujos se desvían en gran parte. Sin embargo, algunas partículas cargadas logran penetrar en nuestra atmósfera e interactúan con las partículas atmosféricas, dando lugar al conocido fenómeno de las auroras boreales.
Cuando estos vientos son especialmente fuertes, pueden provocar tormentas solares y suponer un peligro para los satélites u otros elementos que gravitan en el espacio, como la Estación Espacial Internacional (ISS). También alteran nuestros sistemas de telecomunicaciones. Definir mejor los modelos que rigen este clima espacial constituye, por tanto, un reto crucial para la seguridad de estas instalaciones, así como un objetivo científico de interés primordial.
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