A una hora de París, Fouju, un pueblo de 650 habitantes, con su iglesia del siglo XIV y sus calles tranquilas, se prepara para un cambio radical. En medio de los cultivos de cereales que rodean el pueblo, están por iniciar las obras de un centro de datos gigantesco que preocupa a Jean-François Dupont, vecino de la zona y activista de France Nature Environment, una ONG de protección de la naturaleza en Francia.

El activista nos lleva al perímetro donde, de aquí a 2038, serán construidos diez centros de datos que abarcarán 70 hectáreas, lo que equivale a 100 canchas de fútbol. La potencia eléctrica necesaria para alimentar este futuro centro de datos será de 1,4 GW, lo que equivale a la capacidad de producción de un reactor nuclear. El gobierno de Emmanuel Macron, que impulsa el proyecto, afirma que Campus IA permitirá a Francia desarrollar sus propias capacidades de cálculo informático para responder al boom de la inteligencia artificial, y así reducir su dependencia de empresas estadounidenses.

El argumento, sin embargos es refutado por los detractores del proyecto, quienes recuerdan que los 50 mil millones de euros de inversiones del proyecto proceden principalmente del fondo soberano de Emiratos Árabes Unidos. Y a pesar de que los servidores informáticos de Campus IA serán atribuidos a la empresa francesa Mistral, esta última ha firmado un pacto para ceder parte de sus capacidades de cálculo informático a Microsoft.

Las principales inquietudes que genera este proyecto de centro de datos giran, sin embargo, en torno a sus impactos ambientales. Una inquietud compartida por expertos internacionales. En 2025,  Golestan Sally Radwan, directora de asuntos digitales del Programa de Medioambiente de Naciones Unidas (PNUE) se decía “extremadamente preocupada por la huella ambiental de la inteligencia artificial”. “Sus impactos directos van desde la extracción de materias primas, elementos de tierras raras y minerales para el equipo necesario para la IA, hasta la construcción y operación de los centros de datos, pasando por el consumo de energía, las emisiones de gases de efecto de invernadero, el agua utilizada para la refrigeración, así como los desechos, entre ellos los desechos electrónicos”, apunta la experta. Intelligence artificielle et environnement : risques et potentiels – ONU France

En el caso de Camus IA, la artificialización de las tierras, las emisiones de calor, de CO2 y de partículas de PFAS, sustancias peligrosas para la salud y que perduran en el medioambiente, son los principales motivos de protesta.

“Se enfriarán los servidores con aire y no con agua”, apunta Jean-François Dupont. “Entonces circularán fluidos refrigerantes en todo el edificio y se evacuará el calor con grandes ventiladores. Pero en estos fluidos circularán productos con PFAS y las propias autoridades reconocieron que hay riesgos de fuga de PFAS en la atmósfera. Además, en cada edificio habrá alrededor de 60 generadores eléctricos en caso de apagones. En total habrá 700 generadores que funcionarán con diésel o biodiésel. Para los primeros tres edificios se almacenarán 30.000 toneladas de diésel. Esto debería ser considerado una instalación de alto riesgo”, detalla el activista.

Los responsables políticos locales, quienes no respondieron a nuestras solicitudes de entrevistas, también respaldan el proyecto, seducidos por las promesas de mil empleos y de 1 millón de euros de impuestos que recaudaría el pequeño pueblo de Fouju. Unas cifras que Jean-François Dupont califica de “cuestionables”.

“Esto es un cuento. Sabemos que los centros de datos generan muy pocos empleos. No creo que lleguemos a mil empleos. Aquí en estos centros de datos habrá un poco de personal, de mantenimiento y de vigilancia, pero son empleos de baja cualificación”, añade.

Ante estos cuestionamientos, la dirección del proyecto de campus IA asegura que el riesgo de fuga de sustancias contaminantes es “muy bajo” y promete recuperar el calor generado por los servidores para alimentar una red de calefacción urbana.

Cuestionan el uso de la IA

El anuncio del inicio de las obras del megacentro de datos ha movilizado a varios colectivos de la sociedad civil, sobre todo ecologistas y de izquierda, del departamento de Seine-et-Marne, como este sábado en Melun. Ante un mapa topográfico de la zona, Servane Silva comparte sus dudas sobre la pertinencia de Campus IA.

“Yo me involucro con este proyecto porque la inteligencia artificial no representa el futuro. No se trata de una actividad sostenible. Estamos apostando por la IA que consume muchísima energía y que deteriorará el medioambiente. ¿Qué impactos tendrán estos 11 centros de datos en la biodiversidad y en nuestro entorno? En los últimos 50 años, esta región ha sido invadida por los cultivos con pesticidas. Luego, llegaron muchos almacenes logísticos por aquí y ahora los centros de datos… ¡No queremos ser el vertedero de la región capitalina!”, declara.

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Desde Estados Unidos, pasando por Latinoamérica y Europa, la proliferación de los centros de datos ha llevado a comunidades locales a movilizarse por los impactos ambientales de estos proyectos, y a cuestionar la utilidad misma de la inteligencia artificial.

Y es que, en muchos casos, no queda muy claro a qué se destinarán estas capacidades de cálculo que las grandes empresas impulsan con fines especulativos, apostando al boom de la IA en el futuro.

La arquitecta española y profesora en Harvard Marina Otero, quien ha estudiado la huella ambiental de los centros de datos, propone reservar el uso de la IA para usos realmente útiles. “En muchos de los casos, la IA tiene que ver simplemente con el entrenamiento de modelos de lenguaje de última generación, pero también con la industria armamentística, la industria de la seguridad.  ¿Realmente un centro de datos necesita estar disponible 24 horas al día?, se pregunta la experta.

“Podrían parar en algunos momentos cuando no hay suficiente energía o establecer otros ritmos que no sean unos ritmos tan marcados por ganar la carrera de la inteligencia artificial”, propone, por ejemplo, Marina Otero, entrevistada por RFI.

En Estados Unidos, países donde la construcción de centros de datos ha crecido sin control, una ola de protestas ciudadanas ha llevado a cancelar o frenar algunos proyectos.

“La gobernadora de Nueva York ha establecido una moratoria para la construcción de centros de datos. En Chile, se paralizó un proyecto de Google porque en Cerrillos, cerca de Santiago, se demostró que utilizaba demasiada agua. En Holanda también hace unos años se canceló un proyecto de Meta porque utilizaba tanta energía como ciudades cercanas, etcétera. Ahora que ya conocemos mejor cuál es el impacto, tenemos unos años para entender qué ha pasado en ciertos lugares, pues la gente empieza a movilizarse en contra de estas infraestructuras porque, además, no generan empleo”, concluye Marina Otero.

Escuche la entrevista completa en esta edición de Vida en el planeta, el programa medioambiental de RFI en español:

RFI

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