En cesación de pagos desde 2017, golpeado por la hiperinflación y sometido a sanciones internacionales, Venezuela parece a primera vista un país poco atractivo para los inversores. Sin embargo, en las últimas semanas su deuda ha despertado un interés creciente en el mundo de las finanzas, en particular entre los fondos especulativos. Para entender esta situación paradójica, hay que remontarse casi veinte años atrás.

En 2007, el presidente Hugo Chávez lanzó una amplia ola de nacionalizaciones. Campos petroleros, minas y numerosas empresas del sector energético pasaron a control estatal. Las compañías extranjeras afectadas fueron expropiadas y acudieron entonces a la justicia internacional.

Venezuela fue condenada a pagar indemnizaciones, pero no cumplió. Resultado: una acumulación de acreencias y deudas colosales. La deuda total del país se estima hoy entre 150 y 170 mil millones de dólares.

Las empresas afectadas conservaron inicialmente esas acreencias con la esperanza de ser reembolsadas algún día. Pero ante el callejón sin salida, muchas terminaron por venderlas, con fuertes descuentos, a fondos especulativos, los cuales aceptan el riesgo de no recuperar nunca su dinero, con la esperanza de obtener una ganancia importante si la situación evoluciona favorablemente.

Una apuesta sobre el futuro político y petrolero de Venezuela

Esta apuesta, considerada durante mucho tiempo excesivamente arriesgada, parece hoy cambiar de naturaleza. Trump afirma querer relanzar la producción petrolera de Venezuela.

Para lograrlo, el país necesitará inversiones extranjeras, tecnologías occidentales y alianzas internacionales. En este contexto, resolver parte de los antiguos litigios financieros se convierte en una herramienta tanto política como económica. Ningún inversor serio se comprometerá de manera duradera en un país que se niega a saldar sus deudas pasadas.

Para los fondos especulativos, la esperanza es clara: una transición política, una reestructuración de la deuda y un regreso progresivo de Venezuela a los mercados internacionales.

Estos inversores no se sienten seducidos por la realidad actual del país, sino que le apuestan a un futuro más estable. Por ahora, sin embargo, nada está asegurado y el riesgo sigue siendo elevado.

La pregunta central es la siguiente: si Venezuela logra levantarse, ¿lo hará en beneficio de su población o de quienes apostaron por su caída?

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