Por la corresponsal de RFI en China

El 16 de mayo de 1966, el Partido Comunista publicó la Circular del 16 de mayo, sumándose al eslogan del Ejército Rojo de levantar la “gran enseña roja del pensamiento de Mao Zedong”. Esa fecha se propone como inicio del periodo de diez años conocido como la Revolución Popular Proletaria, “WenGe” 文革 en chino. El objetivo: acabar con los restos de los elementos tradicionales y burgueses de la sociedad para imponer el maoísmo como ideología hegemónica en el Partido Comunista Chino.

Semanas después de ese 16 de mayo, destacamentos de guardias rojos, respondiendo al llamado de su líder Mao, protagonizarían disturbios durante diez años, desmantelando el Partido, el Estado, la economía y la sociedad chinos. Sembraron el terror con linchamientos públicos, quema de libros y destrucción de reliquias culturales. [Nota del editor: Las estimaciones sobre el número de muertos es extremadamente amplia por las dificultades para acceder a fuentes fiables y las distintas metodologías utilizadas. Estudios académicos consideran que la Revolución Cultural causó entre 400.000 y 20 millones de muertos]”.

La peor parte fueron los primeros dos años, opina Xue, un oficinista de 40 años y amante de la arquitectura. Lamenta la escasa información pública sobre este periodo, a excepción de algunos debates sobre la coincidencia en la misma etapa de ciertos eventos históricos. Por ejemplo, la histórica primera visita a China de un presidente estadounidense, Richard Nixon, ocurrió en febrero de 1972, dejando la foto inmortal de Nixon junto a Mao estrechándose la mano. Esta peculiar coincidencia le rechina a Xue: el promotor de la Revolución Cultural estrechando la mano al capital extranjero.

El líder chino Mao Zedong y el estadounidense Richard Nixon en un viaje histórico del presidente de EEUU a Pekín, el 22 de febrero de 1972

Xue reconoce saber poco la Revolución Cultural, porque no se estudia ni se habla de ello. En realidad, lo que más le preocupa de esta etapa fue la severa destrucción de templos y vestigios culturales. Ahora, Xue viaja por el interior de China, especialmente la provincia de Shanxi, en busca de templos antiguos que se han mantenido. Algunos, asombrosamente bien conservados -como el Templo de Longmen (龙门寺) de 1000 años de antigüedad-, fueron utilizados como escuelas, abriendo lugares de culto al pueblo. En zona rurales, se sufrió menos la violencia de los guardias rojos, concluye Xue.

Recuerdos y silencios

El PCCh pronunció en 1991 su dictamen sobre la Revolución Cultural: una extralimitación de la lucha de clases que confundió “a los nuestros con los enemigos”. La versión oficial consiguió focalizar la mayor responsabilidad en los grupos contrarrevolucionarios que aprovecharon la equivocación del líder. Hoy en día, la imagen de Mao sigue luciendo en hogares, restaurantes, negocios, hasta en la emblemática Tribuna de Tian´anmen.

El legado de este capítulo de la historia contemporánea de China no es algo compartido, ya que aquella generación de jóvenes guardias rojas atesoran pedazos disgregados de esos años, pero con experiencias dispares.

La señora Li, jubilada de 70 años, recuerda aquellos primeros dos años de la Revolución Cultural como una experiencia inolvidable. Narra el viaje desde su natal Nanjing primero a la metrópoli Shanghái, para después llegar a Pekín. El primer viaje de su vida, a los 14 años, sin tener que pagar nada y siendo acogida por los amables residentes de la capital. Decidió lucir el brazalete rojo en el brazo, seña de los guardias rojos.

El ex militar chino Sampho Tsewang Rigzin, obligado a autodenunciarse. Durante la Revolución Cultural, se llevaban a cabo sesiones de autocrítica en las que los acusados eran insultados y golpeados.

Su padre había sufrido críticas y detenciones de los guardias rojos acusado de ser capitalista, pero Li siempre confió en la versión de su padre. Sin embargo, reconoce que tuvo que esforzarse más que otros compañeros para conseguir cumplir el mandato de Mao y llegar a trabajar al campo. Y esa fue la experiencia que le cambió la vida. Con apenas 15 años estuvo trabajando codo con codo con campesinos veteranos que compartieron con ella toda su experiencia y su conocimiento para labrar la tierra y alimentar al pueblo. Dos años estuvo compartiendo con jóvenes guardias rojos y campesinos en condiciones de igualdad, y aprendiendo la vida dura de aquella China pobre y rural. Para Li, la Revolución Cultural tuvo la cara y la cruz. “Ese periodo tuvo muchas cosas malas, pero también muchas buenas”, sentencia Li.

El señor Zhang, otro jubilado de 69 años, se pone particularmente sensible el 16 de mayo, ya que perdió a dos familiares. Prefiere no hablar. En el silencio, ha encontrado su particular calma.

Una bandera estadounidense ondea junto a la bandera china, cerca de un retrato de Mao Zedong en la Puerta de Tiananmen, con motivo de la llegada del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a Pekín, el 13 de mayo de 2026.

Estos relatos rescatados en vísperas del 60 aniversario del inicio de la Revolución Cultural muestran una necesidad de hablar y compartir la historia, enfrentando la cautela oficial de no reabrir heridas o, incluso, de no plantear posibles similitudes que fueron desencadenantes de mucho dolor para el pueblo chino, al tiempo que pudo contener aspectos positivos que hoy algunos, como la señora Li, recuerdan con nostalgia. El riesgo del silencio es el olvido y que el tiempo se lleve los relatos vivientes de esta parte de la historia de China.

RFI

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