Si eres de esas personas a las que les preocupa la privacidad, es probable que los catastrofistas de la inteligencia artificial (IA) te tengan totalmente desconcertado en este momento.
Los contratistas de OpenAI están leyendo las conversaciones de ChatGPT y, según se informa, Muse, el simpático agente de IA de Meta, no está respetando los permisos que establecen límites. Tu apariencia y tu voz ya se pueden replicar con facilidad. El anonimato está empezando a parecer una idea anticuada.
Pero resulta que todavía existe un identificador —bastante específico— que sigue siendo exclusivamente tuyo. Tu olor y olfato son, en términos tecnológicos, una modalidad de datos en la que la IA ha avanzado relativamente poco.
¿Suena un poco desesperado? Quizás. Cuando un escritor especializado en tecnología me dijo el mes pasado que, hablando en serio, ahora se consideraba el olor como uno de los pocos aspectos positivos en un mundo de vigilancia, sonó como el tipo de cosa que alguien diría cuando se le han acabado las formas normales de mostrarse optimista. ¿Qué se gana con no poder ser detectado ni replicado de esta manera? ¿Qué tipo de resistencia basada en el aroma se puede organizar?
Sin embargo, en el mundo de la neurociencia olfativa hay quienes se toman en serio la idea de no ser detectados por la IA. "Tengo atributos que no están codificados digitalmente", afirma Barry Smith, director del Instituto de Filosofía de la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres. "Y me alegro de ello", agrego él.
Smith pasa mucho tiempo reflexionando sobre los sentidos. El olfato suele ser el más pasado por alto, o al menos lo era hasta que covid-19 se lo quitó a millones de personas. Además, durante tanto tiempo fue un tema académico tan relegado que existen relativamente pocos datos disponibles que se pueden procesar por los modelos de IA.
Mantener este sentido fuera del alcance de la IA es bueno no solo porque nos ayuda a conservar intactos algunos vestigios de privacidad, sino porque mantiene una línea divisoria entre el mundo real y el virtual.
"No importa cuán buenos sean las imágenes y los sonidos, ni importa que puedas desplazarte por un mundo virtual; nunca estaremos realmente inmersos en un mundo digital si no podemos olerlo", señala Smith. Esto también se aplica a la idea de ‘subirnos’ a la nube mediante el registro digital de nuestras experiencias. Aunque puedas ver y escuchar cada recuerdo digitalmente, sin el gusto y sin el olfato no será tan vívido como en la realidad.
Si la IA pudiera registrar, identificar y recrear aromas, habría beneficios comerciales evidentes más allá de los dispositivos de memoria de ciencia ficción. Una máquina capaz de detectar enfermedades a través del olfato podría convertirse en una herramienta médica; una que pudiera detectar productos agrícolas podridos podría ser usada por fabricantes de alimentos o compañías agrícolas.
Pero esto está resultando ser un difícil proceso porque el olfato es una experiencia tan física. Cuando olemos algo (o a alguien), estamos inhalando pequeñas partículas de ello. "El olor que llevo en mí es la fusión del cuerpo de la otra persona con el mío", fue la poética descripción de Jean-Paul Sartre. Esto puede resultar reconfortante o repugnante, dependiendo de tu forma de pensar. Pero mientras que los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) pueden simular otras facultades cognitivas, el olfato es, por ahora, la excepción.
Es discutible si seguirá siendo así. Alex Wiltschko —un neurocientífico e investigador de IA que fundó la empresa "startup" Osmo a partir de estudios realizados en Google Brain— opina que no. Él compara la inteligencia olfativa (también conocida por sus siglas OI en inglés) con los primeros días de la fotografía, cuando se estaban probando diferentes métodos para capturar imágenes. "¿Cómo cuantificamos lo efímero?", pregunta él. "Sabemos que es posible, pero existen diferentes maneras de hacerlo".
Según Wiltschko, lo que se interpone en el logro de una nariz de IA de perfecta precisión son los datos. Para ello, Osmo está construyendo una infraestructura de etiquetado de datos, "una piedra de Rosetta del mundo de las moléculas". Investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) hicieron algo similar con SmellNet, una base de datos de olores del mundo real.
Es una tarea enorme. Investigaciones realizadas por el Laboratorio de Neurogenética y Comportamiento de la Universidad Rockefeller sugiere que los seres humanos pueden distinguir entre combinaciones de moléculas para detectar más de un billón de aromas diferentes. En comparación con la visión, el oído y el procesamiento del lenguaje, nuestra comprensión de cómo percibimos esas moléculas es limitada. Podemos saber que una rosa contiene más de 400 moléculas de olor distintas, de diversos tamaños y configuraciones, sin saber exactamente cómo registramos su aroma.
El último intento memorable de reproducir los olores del mundo real fue Smell-O-Vision, un experimento cinematográfico de la década de 1960 que consistía en ráfagas de aroma que tendían a permanecer en el aire y mezclarse en desagradables combinaciones. La creación de una versión más sofisticada con IA sigue siendo un trabajo en desarrollo. La reproducción digital de la forma en que percibimos los olores sigue siendo una interrogante filosófica. Por ahora, solo la nariz humana tiene la respuesta.
Elaine Moore. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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