Tengo la edad suficiente para recordar el levantamiento húngaro contra el comunismo soviético en 1956 y su brutal represión posterior. Qué deprimente es, entonces, ver que el Gobierno de Hungría apoya con vehemencia la embestida de Vladimir Putin contra Ucrania y el ataque de la administración Trump contra la Unión Europea (UE). Hungría es un país pequeño. Pero Viktor Orbán, su primer ministro, no es un hombre de poca influencia. Para muchos de los llamados "conservadores nacionales", sobre todo en EE. UU., él representa una versión exitosa y admirable de la política de derecha. Esta versión incluso se disfraza de defensa de los "valores tradicionales". Pero la realidad es lo que Bálint Magyar, un exministro, llama un "Estado mafioso".

Eso hace que las elecciones parlamentarias del domingo sean mucho más importantes de lo que el modesto tamaño de Hungría podría sugerir. La derrota del hombre que acogió la noción de "democracia iliberal" podría significar mucho para la supervivencia de la amenazada versión "liberal". Esta es la razón por la que el déspota de Rusia, Vladimir Putin, y el aspirante a déspota de EE. UU., Donald Trump, le están brindando apoyo a Orbán. Trump incluso ha enviado a Hungría a su vicepresidente, JD Vance, para enfatizar su respaldo.

Johan Norberg, un reconocido "liberal clásico", ha escrito un demoledor análisis sobre la toma del poder del Estado húngaro por parte de Orbán para el Instituto Cato. Hay que reconocer que este Instituto cree en los mercados libres y en el Estado de derecho. Ambos conceptos son anatema para los nuevos autoritarios en EE. UU. (y en otros países) que, por el contrario, parecen creer en un autoritarismo social y en un despotismo arbitrario.

La descripción que hace Norberg del método de Orbán para acumular poder es reveladora y escalofriante. El líder húngaro ha desmantelado el Estado de derecho gradualmente, utilizando su mayoría para transformar la Constitución. Entre otras cosas, esto le permitió colmar el Tribunal Constitucional de leales partidarios y, al mismo tiempo, recortar los poderes del Tribunal. Y, más importante aún, fue la creación de una nueva Oficina Judicial Nacional "para contratar, despedir, ascender y degradar a todos los jueces de Hungría". De más está decir que Orbán también colocó a sus leales partidarios al frente de todas las instituciones destinadas a supervisar el ejercicio arbitrario del poder por parte del Gobierno.

El Gobierno también modificó la ley electoral para favorecerse de diversas maneras, entre ellas otorgando un millón de votos a personas de origen húngaro que no residen en el país. Además, el Gobierno arremetió contra los medios de comunicación independientes mediante, entre otras cosas, la toma del control político de los medios estatales y el establecimiento de un control amiguista sobre empresas mediáticas teóricamente independientes. Esto forma parte de un sistema más amplio basado en favorecer las actividades de los empresarios leales al régimen y en confiscar los bienes de quienes no lo son. En una ocasión, Orbán dijo que estaba buscando "entre ocho y diez" capitalistas para dirigir la economía. De manera notable y crucial, añade Norberg, todo este sistema fue "potenciado" con dinero de la UE: "en la década de 2010, los fondos anuales de la UE para Hungría ascendieron hasta el 4 por ciento del producto interno bruto". En resumen, la UE subvencionó su propia subversión.

Además, argumenta Norberg, el Gobierno se ha apoderado de elementos fundamentales de la sociedad civil, en particular las escuelas y la educación superior. Es bien sabido que obligó a la Universidad Centroeuropea (CEU, por sus siglas en inglés), fundada por George Soros, a abandonar el país; aprobó restricciones a los derechos de las personas LGBT+; limitó las actividades de las organizaciones no gubernamentales (ONG) extranjeras; y, al mismo tiempo, ha creado "miles de ONG organizadas por el Gobierno" para llevar a cabo campañas de propaganda a favor del Gobierno.

¿En qué se traduce todo esto? Según un índice de libertad individual elaborado conjuntamente por el Instituto Cato y el Instituto Fraser, la clasificación de Hungría ha caído del puesto 31 en 2010 al 67 en 2023, lo que la sitúa en última posición entre los países de la UE. El país también ha bajado en la mayoría de los indicadores de gobernanza del Banco Mundial, en particular en "voz y rendición de cuentas", "calidad regulatoria", "Estado de derecho" y "control de la corrupción". En el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (TI), la clasificación de Hungría actualmente es la más baja de la UE. Por último, pero no menos importante, su clasificación según V-Dem en diversas medidas de democracia ha caído drásticamente.

Un despotismo arbitrario potenciado por la corrupción; ¿te suena familiar este sistema? Sin duda debería, ya que parece ser precisamente lo que la administración Trump está tratando de implementar. Es fascinante que esto sea lo que el "conservadurismo" parece significar para muchos de los que usan esa etiqueta hoy en día. Sin embargo, en Hungría, al igual que en EE. UU. (pero a diferencia de Rusia), existe un posible punto débil en el caso del autócrata: las elecciones.

¿Es posible derrotar a un régimen que ha manipulado todo lo que ha podido para impedir una victoria de la oposición, incluso tras 16 años en el poder? Las encuestas indican que la oposición podría tener una ventaja tan amplia a su favor que ni siquiera este Gobierno sería capaz de invalidar el resultado electoral. La oposición tiene tres factores a su favor: en Péter Magyar, por fin cuenta con un líder eficaz; después de 16 años, muchos están hartos de Orbán; y la UE impone algunos límites a lo que el régimen puede permitirse hacer. Cabe esperar que esto sea suficiente para cambiar el Gobierno democráticamente.

Sin embargo, hay que recordar dos cosas.

En primer lugar, una dictadura plebiscitaria del tipo que Orbán ha intentado crear no es una democracia propiamente dicha (es decir, una "democracia liberal"), porque carece de los derechos civiles, políticos y legales que protegen a los votantes de las artimañas de quienes pretenden mantener el poder indefinidamente. Todos estos derechos deben ser restablecidos.

En segundo lugar, un Magyar victorioso se enfrentaría a una intensa oposición por parte de todos aquellos que se beneficiaron del llamado "Estado mafioso". Después de tanto tiempo, eso incluiría a casi todos los que ocupan puestos de poder. Gobernar en contra de estos titulares será difícil. Pero reemplazarlos podría ser aún más difícil. Una victoria de la oposición sería la primera batalla en una larga guerra.

(Martin Wolf. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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