La invasión a Venezuela remueve los cimientos del pensamiento, nos empuja a ver el mundo desde una perspectiva totalmente distinta, incomoda e inquietante.
Reflexionar acerca del panorama mundial, hoy en día, amerita de una distancia y un sentido crítico atinado y preciso en sus múltiples variables. Condenar la violación de la soberanía de una nación hermana y al mismo tiempo ubicarse en una posición equidistante del poder de un gobernante arrogante y torpe al mismo tiempo puede hacerse complicado de entender.
Asumir una posición cercana a un ideal de justicia y progreso, sin que al mismo tiempo se imponga un claro rechazo a un régimen antidemocrático y obsoleto, como el de Nicolás Maduro, nos puedo llenar de contradicciones.
Por un lado, uno se reafirma en su condena de este último y por otro lado rechaza abierta y claramente la intervención ilícita y en contra de toda legalidad internacional de un país soberano por parte de EEUU.
El presidente de la primera potencia mundial no muestra siquiera medias tintas ni una falsa preocupación digna de una comedia, cuya trama esconde tras las bambalinas del teatro. Donald Trump habla sin el menor disimulo de su único interés y este no es otro que quedarse claramente con el botín, en este caso el petróleo venezolano. En medio de esta delicada coyuntura se mueve nuestro modo de pensar y sentir el mundo que nos obliga, queramos o no, a tomar partido y a situarnos en el mapa mundial con firmeza y rotundidad, Pero vamos con cautela, para dejar explicitado nuestro parecer.
Fui, en los primeros años de la década de los ochenta fui militantes de izquierda, en concreto del PCD. Antes de la invasión a Checoslovaquia por las tropas de la Unión Soviética, los partidos de izquierda se vieron obligados a asumir una actitud, decidida y sin ambages, en defensa de un proceso interno democrático en dicho país, que fue vilmente pisoteado por las botas del gigante soviético. Ante ese dilema de conciencia, el partido dominicano, junto con el Partido Comunista de México, fueron los únicos del movimiento revolucionario mundial que en Budapest adoptaron una condena valiente ante ese atropello. No se podía, en aquel caso, mantener dos posiciones contrapuestas que traicionaran el espíritu democrático sin rechazar la intolerancia de un mundo que se definía, cada vez más, como un tablero que mostraba abiertamente una clara bipolaridad.
Han transcurrido muchos años desde entonces y ambos polos se fagocitaron a sí mismos de tal modo que es casi imposible establecer una diferenciación entre unos y otros. Eso incluye a personas que ayer eran fervorosos dirigentes de la izquierda y hoy tan solo son comentaristas pasivos de los acontecimientos mundiales, Algunos enarbolan banderas a favor de los que ayer rechazaban, hasta el punto de erigir como supuestos padres de la democracia a personajes que hoy son culpables, directa o indirectamente, de hechos aberrantes y que luego se lavaron las manos como Poncio Pilatos. Como dice el famoso tango argentino Cambalache: “hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor (…) todo es igual, nada es mejor (…) los inmorales nos han igualao”.
Quién iba a pensar hace muy pocos años que el presidente de Rusia estaría vinculado a los resultados de unas elecciones norteamericanas para elegir a su mandatario o que China se convertiría en epicentro del desarrollo mundial. Los tiempos cambian, cambia la manera de ver las cosas y el hecho de situarse en medio de las cuerdas es tarea digna de un equilibrista muy experimentado y conocedor de los riesgos que incorpora a su ejercicio. Cuando el mundo estaba dividido en dos polos era mucho más fácil tomar partido sin ser cuestionado. La vida era más simple, sin que por ello sea correcto afirmar que fuera más válida ni ajustada a la verdad. Ahora lo más horrendo, tal vez lo más perverso, pueden estar del mismo lado. Quien condena y es condenado pueden merecer calabozo y repulsa pública por sus muchos delitos. ¿Cómo no tomar distancia de dos presidentes patéticos y absurdos como Trump y Maduro? ¿Cómo no repudiar, y con idéntica rotundidad, a ambos? Se puede y se debe rechazar sin excusas toda invasión armada, a sabiendas de que los objetivos de la misma son espurios y que en el fondo tan solo subyace la búsqueda de poder desmesurado de un corsario del mar. Ser neutro en esta coyuntura es aceptar y bendecir la injusticia. No podemos conformarnos con ser indiferentes ni esconder la cabeza en tierra como hace el avestruz, pero también distanciarse de los dos extremos lleva a la confusión de los muy ingenuos de la política.
Estos tiempos que vivimos obligan a moverse en lo alto de las tablas del escenario, hacerlo con destreza y sin dejarnos engañar. Debemos volver a la relectura del cuento de Caperucita Roja, porque hoy existen muchos más lobos que acechan y los personajes de la trama se multiplican hasta el infinito. En esta nueva revisión del cuento tal vez un supuesto lobo manso se quedé con las pertenencias de la niña y de su abuela. Leer entre líneas los acontecimientos es, hoy en día, fundamental para no equivocar nuestra posición. Las pasiones obnubilan y nos hacen perder el sendero en medio del bosque.
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