La Fiesta del Chivo, como se ha de saber, es una novela de estilo directo, conciso e impecable, sin construcciones metafóricas desmesuradas.
Su contenido, forjado con sobriedad, fluidez y apretada síntesis histórica y conceptual, refleja, a través de argumentos, escenas, tramas y diálogos bien estructurados, la violencia feroz, abusos, arbitrariedades y desmanes del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien fuera ajusticiado el 30 de mayo de 1961.
No es secreto para nadie que el tiranicidio de Trujillo puso fin al régimen de terror, tortura, vejaciones, muertes y culto a la personalidad instaurado por él en nuestro país.
La Fiesta del Chivo, del afamado escritor Mario Vargas Llosa, revela, entre otras cosas, las absurdidades de Trujillo, su insaciable voluntad de poder, dominio y control.
Además, presenta un Trujillo (tal cual fue) lujurioso, inmoral, depravado e implacable con los desafectos del sistema político, económico e ideológico que estableció (con mano dura) durante treinta largos años en la sociedad dominicana.
También se pueden observar sus ambiciones desmedidas, abusos sexuales enfermizos y medalaganarios, fruto directo de su ilimitada voluntad de poderío, la cual lo llevaría a cometer injusticias, humillaciones y maltratos de todo tipo en nuestro país.
Trujillo obedeció más que a la razón, los bajos instintos e impúdicos deseos de su espíritu malicioso.
Por su ira exacerbada y voluntad de poder sin término, realizaría, conjuntamente con sus colaboradores, laceraciones de la carne, muertes sangrientas, mutilaciones dolorosas del cuerpo y toda clase de tropelías y artimañas truculentas de visible carácter trágico.
Planificó la muerte horrorosa y deleznable de las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y Teresa, mujeres sabias, inteligentes y valerosas), de Jesús de Galíndez; el atentado contra Belisario Betancourt, las delaciones y persecuciones de confesos opositores.
Por fortuna, un grupo de hombres, de gran valor, decidió la muerte del tirano y acabaron, de una vez y por todas, con su régimen nefasto.
Entre ellos, cabría mencionar los siguientes: Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza, Estrella Sadhalá, Luis Amiama Tió, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza e Imbert Barrera, entre otros.
En La Fiesta del Chivo, Vargas Llosa recuerda, de manera aclaratoria, lo siguiente:****
"Quedaban unos doscientos cómplices, reales o supuestos, de la conjura en La Victoria, y a estas gentes, una vez que los Trujillo partieran, convendría amnistiarlas. Pero Balaguer sabía que el hijo de Trujillo jamás dejaría salir libres a los ajusticiadores todavía vivos. Se encarnizaría con ellos, como con el general Ramón, a quien torturó cuatro meses antes de anunciar que se había suicidado de remordimiento por su traición (el cadáver nunca fue hallado), y con Modesto Díaz, quien, si seguía vivo, debía estar maltratando todavía (…)".
Además de ello, da cuenta de que el doctor Joaquín Balaguer habría dicho al cónsul americano que el país, a raíz de la muerte de Trujillo, se encontraba en estado de gravedad.
Vargas Llosa así lo deja entrever claramente cuando señala:
"Las empresas industriales estaban casi paralizadas por la incertidumbre política y las limitaciones para importar insumos; los comercios, vacíos por la caída del ingreso. Ramfis malvendía las firmas no registradas a nombre de los Trujillo y las acciones al portador, y el Banco Central tenía que trasladar aquellas sumas, convertidas en divisas al irreal cambio oficial de un peso por un dólar, a bancos del Canadá y Europa (…)".
Esas y otras cosas, Vargas Llosa las relata de manera formidable en la Fiesta del Chivo, la cual, no cabe la menor duda, es referente fundamental para interpretar y entender, a la luz de la realidad y la ficción, la lógica funcional del régimen despótico de Rafael Leónidas Trujillo.
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