Sin lugar a dudas, el hecho político más relevante de la semana en América Latina ha sido la victoria electoral de Lula da Silva en Brasil. En la primera vuelta, su adversario, Flávio Bolsonaro, se impuso con 2,2 millones de votos de ventaja. Sin embargo, en la segunda vuelta, apenas 21 días después, los resultados fueron totalmente distintos: Lula ganó por un margen de 3,54 puntos porcentuales, equivalentes a unos 4,4 millones de votos.

En esa segunda vuelta se pusieron a prueba el liderazgo de Lula y la capacidad estratégica de su equipo, que debían superar muchas dificultades: el sentimiento de derrota y pesimismo dentro de su propia fila; los ataques y manipulación de los grupos corporativos de las plataformas digitales; la presión política y económica del gobierno de Trump; la retórica del miedo y las acusaciones de comunista del evangelismo fundamentalista. Aun así, lograron derrotar a su adversario por 4,4 millones de votos.

¿Cómo lo lograron? En el transcurso de esos 21 días no hubo un escándalo político ni cambiaron las condiciones objetivas y estructurales de la macroeconomía interna (el crecimiento, la inflación, el empleo y el déficit fiscal). Tampoco desapareció la presión externa de la derecha radical de la región, encabezada por el gobierno de Trump, que habría podido revertir la tendencia electoral.

Entonces, ¿qué fue lo que alteró esa tendencia e hizo posible la victoria de Lula? La conjetura que quiero compartir es que, sin minimizar las condiciones objetivas y estructurales que hacen posible su reconocimiento, ni subestimar la voluntad y el carisma de su liderazgo, el gran cambio se produjo, por un lado, en la comunicación política y, por el otro, en la construcción de redes de apoyo y solidaridad social que reconfiguraron la subjetividad política de los ciudadanos brasileños.

Durante ese periodo aumentó la participación electoral: en la primera vuelta la abstención superó los 33 millones de personas, mientras que en la segunda se redujo a 30,5 millones. Se dinamizó la participación de jóvenes y mujeres a través de las plataformas digitales. Es bien conocida la formación de un ejército digital en WhatsApp que superó los 10 millones de participantes después de la primera vuelta. También se crearon redes de transporte y comunicación para que las minorías étnicas e indígenas y las personas mayores pudieran salir a votar.

De manera que la victoria de Lula fue el resultado, entre otros factores, de dos estrategias electorales que se influyeron mutuamente: Primero, una estrategia mediático-discursiva que enfrentó la campaña de mentiras y desinformación de las plataformas digitales y despertó el temor a las políticas ultraliberales de la motosierra argentina; Lula llegó a agradecer a Milei por su visita, porque su rechazo ayudó a ganar las elecciones. Esa estrategia tuvo además un mantra que se repitió por todo el país: «Brasil no es el patio trasero de nadie». Con él, la presión política y económica del gobierno de Trump se convirtió en un asunto de soberanía, una ofensa a la identidad, la autonomía y el orgullo nacional de los brasileños.

Segundo, una estrategia político-electoral con base social en lo nacional-popular, en oposición al elitismo de la derecha radical: Lula se apoyó en una retórica sobre sus orígenes obrero-populares y en la reconstrucción de una noción de pueblo que no se limita a las clases trabajadoras convencionales, sino que abarca a todos los sectores precarizados y a las minorías culturales.

En esta coyuntura electoral se puso en evidencia que, la subjetividad política y las preferencias de los ciudadanos pueden ser influidas y manipuladas por el poder de las narrativas del Estado y por la influencia de las redes y plataformas digitales. Sin embargo, quedó claro que la confianza, la fidelidad, la solidaridad y el reconocimiento hacia un líder político se construyen en la calle y en la vida cotidiana: estando juntos y respondiendo, día a día, a las necesidades e incertidumbres de los ciudadanos.

Lecciones por aprender: la centralidad de las redes y plataformas digitales

En la actualidad, el campo político, a nivel global y regional, está siendo configurado por las consecuencias del capitalismo global: la desigualdad y la brecha social, la concentración de la riqueza, las migraciones económicas, la ideología de la democracia neoliberal y la reducción de la participación social del Estado. A esto se suman la crisis del Estado de bienestar y el deterioro de servicios públicos como la educación, la salud y la vivienda, que han afectado la calidad de vida de los ciudadanos, así como el deterioro del capital social, es decir, la crisis de solidaridad y la reducción de la capacidad de asociación y movilización de los ciudadanos. La política también está siendo impactada por la revolución de la comunicación y la creciente influencia de las plataformas digitales.

Con el auge de plataformas como Facebook, TikTok, YouTube, Instagram y WhatsApp, el poder político se ha diversificado y la comunicación política se ha transformado. Frente a las tradicionales apariciones en televisión y en programas políticos, las plataformas digitales han demostrado tener mayor influencia y resonancia, en particular en los sectores populares, pues sus discursos se han diversificado: memes, videos, pódcast, streamers y otros formatos divertidos que llegan a la población en tiempo real. Con un celular en la mano, las personas pueden convertirse en objeto y, a la vez, en sujeto de la comunicación política.

Hasta hoy, la derecha radical lo ha entendido muy bien: ha usado en sus campañas los recursos del populismo mediático de las plataformas digitales, mientras que la izquierda radical y la progresista los han subestimado. La victoria de Lula nos enseña que también es posible hacer un uso eficiente y progresista de los recursos que nos ofrecen los medios de comunicación y las plataformas digitales.

La batalla por la hegemonía cultural y la política pasional

Con la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, también ha cambiado el escenario donde se libran las batallas ideológicas por la hegemonía política: de los medios convencionales (radio, televisión, las academias), el debate público ha transitando a los multimedios de internet y las plataformas digitales.

Poniendo en evidencia, como advertía Gramsci años atrás, que las batallas políticas no se libran exclusivamente en el terreno material de las condiciones objetivas y estructurales, sino también en el plano cultural de las ideas y la legitimación de las ideologías.

En ese sentido, la era digital ha producido un auge del discurso mediático que interpela la subjetividad, las emociones y las pasiones políticas. Pero, como ha destacado Chantal Mouffe en su texto «El poder de los afectos en la política», la izquierda radical y el progresismo todavía siguen subestimando el poder de los afectos, las pasiones y las emociones en la política.

Las teorías políticas ortodoxas, tanto liberales como marxistas –por su matriz positivista- privilegian de forma unidimensional la acción, la decisión y el cálculo racional de las «leyes científicas». Con ello subestiman el papel crucial de la cultura: las ideologías, las creencias religiosas, las narrativas identitaria- nacionalistas, los deseos, miedos, pasiones, emociones y valores mediante los cuales se busca influir en la subjetividad política.

Para un sociólogo como Max Weber, la acción política no es ajena a la subjetividad, pues no sólo  se sustenta solo en la racionalidad, sino también en las pasiones, las emociones, las tradiciones y los valores de los ciudadanos y del liderazgo político. Desde esta perspectiva, la lucha política no busca la verdad de las cosas, sino legitimar el poder político, controlar las instituciones públicas e influir en la cultura cívica.

En ese sentido, la victoria de Lula nos deja otra lección por aprender: las luchas políticas del siglo XXI no se libran exclusivamente en el ámbito objetivo-estructural, sino también en el plano de la subjetividad, las pasiones y las emociones de los ciudadanos, con los recursos que nos ofrecen la comunicación en las plataformas digitales.

En apenas 21 días, una comunicación política eficaz que planteó las elecciones como una lucha entre la élite conservadora y el pueblo trabajador, que convirtió la presión externa como una defensa de la soberanía nacional y, construyó una  una red de apoyo y solidaridad social que movilizó a jóvenes, mujeres y, las minorías, fueron las claves para revertir una tendencia que parecía irreversible.

De manera que la lección para la izquierda y las fuerzas progresistas del país y de la región es doble. Primero, dejar de subestimar las plataformas digitales y el poder de los afectos y la empatía en la política y, Segundo, recordar que la confianza de un partido o un liderazgo político no sólo se construye con las narrativas heroicas en las plataformas digitales, sino en la calle, expresando solidaridad a los grupos sociales más vulnerables.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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