Hacia 2008 escribí sobre Venezuela y su presencia en Haití con una importante ayuda alimentaria, tras las manifestaciones de abril que nuestros políticos calificaron precipitadamente de disturbios del hambre. El hambre es eterna en Haití y su causa principal se encuentra en el apetito de generaciones de políticos que destruyeron el país con la complicidad de las élites.
Los acontecimientos ocurridos en este mes de enero de 2025 me obligan a releer una nota de preocupación enviada a una amiga venezolana, que vive en Caracas. Le escribí el 1 de mayo de 2024: "¿Cómo está el país? No hay rumores en la prensa internacional. Recientemente descubrí la serie de televisión El Comandante con Andrés Parra. Más de 20 años, que tienen un perfume de 3 décadas, estudiando Venezuela, apenas empiezo a entender mejor…". Crecí en casa con la bandera venezolana y la medalla de Simón Bolívar, condecoración otorgada a mi padre por el general Marcos Pérez Jímenez. Estos valiosos testigos fueron arrasados por el terremoto del 12 de enero de 2010, pero no todos los terremotos de la vida lograron disipar mi fascinación por Venezuela.
Los acontecimientos ocurridos en este mes de enero me ordenan tomar serias distancias con la historia oficial de Venezuela y las apuestas alrededor de sus riquezas. Escuchando las declaraciones de unos y otros, pude constatar que casi en todas partes los más hábiles de la diplomacia y del derecho internacional están majestuosamente encerrados en un laberinto del que saldrán con grandes dificultades. Muy pocas personas se preguntan sobre la suerte de la mayoría de los venezolanos y esta mayoría solo puede oír hablar de riqueza, sin siquiera atreverse a soñar con un acceso a largo plazo… Los últimos acontecimientos me ordenan expresarme con mis propias palabras, evitando referencias que no tienen nada que ver con el sufrimiento cotidiano de miles de ciudadanos de un país cautivador.
Todavía tengo en la memoria aquella lejana tarde de 2008, en el patio de la antigua embajada de Venezuela, en la avenida del Bicentenario de Puerto Príncipe. Compartí la comida de los soldados que entonces construían un mercado popular. Aquellos venezolanos no eran burgueses, tampoco oligarcas del petróleo. Desde siempre se nos ofrece una postal de Venezuela en la que cada ciudadano teóricamente sería propietario de varios barriles de petróleo. Cuando vas a casa de un venezolano, en lugar del café te ofrece una taza de petróleo. Se podría pensar que las venezolanas se perfuman con petróleo. Esto podría parecerse, en otra época, a la historia de la caña de azúcar en la colonia francesa de Santo Domingo… Hoy en día, la caña de azúcar se ha convertido casi en un producto de lujo en lo que queda de la antigua colonia próspera. Todos los imperialismos ayudaron a esta situación, con el apoyo de las facciones locales… Una pregunta, entre los esclavos de ayer que hacían funcionar la producción azucarera y sus descendientes, ¿cuál es la diferencia?
Recuerdo aquel lejano domingo por la mañana cuando me ofrecí casi una mañana de música llanera. Aquel día, me sentí venezolano. Con el alma venezolana como única doctrina.
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