Su nombre parece inofensivo. El Niño podría ser el protagonista de un cuento infantil o la manera cariñosa de referirse al más pequeño de la casa. Sin embargo, cuando el océano Pacífico comienza a calentarse y la atmósfera responde, el nombre adquiere un significado muy distinto. El Niño puede alterar las lluvias, elevar las temperaturas, reducir las cosechas, vaciar los embalses, favorecer los incendios forestales y trastocar la vida de millones de personas.
Algunos ya lo llaman un “súper Niño”, aunque ese no es un término oficial: ni la Organización Meteorológica Mundial ni los principales centros de monitoreo climático lo utilizan. Lo que sí confirma la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) es una probabilidad de 81 % de que el fenómeno alcance una intensidad “muy fuerte” entre octubre y diciembre de este año. Pero no hace falta que llegue a proporciones extraordinarias para causar problemas. Los episodios moderados también pueden producir sequías, inundaciones y pérdidas económicas considerables, especialmente en países con sistemas de agua frágiles, infraestructura insuficiente y escasa capacidad de prevención.
El Instituto Dominicano de Meteorología ha advertido que la fase cálida de este fenómeno suele estar asociada en República Dominicana con menos precipitaciones, mayor riesgo de sequía y menor actividad ciclónica en el Atlántico. Las lluvias de los primeros meses del año permitieron una recuperación parcial, pero la vulnerabilidad persiste en varias zonas con déficit de agua y las proyecciones apuntan hacia condiciones más secas durante el segundo semestre de 2026.
En Santo Domingo, la falta prolongada de lluvias ya redujo los caudales de los ríos Duey e Isa-Mana. La Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo advirtió sobre bajas presiones e interrupciones temporales y activó un plan de abastecimiento con camiones cisterna para las comunidades más afectadas. A esto se suman los incendios forestales registrados en distintas zonas del país: el calor y la falta de humedad facilitan la propagación del fuego.
También puede surgir una peligrosa sensación de tranquilidad. Una temporada ciclónica menos activa no equivale a una temporada sin peligro: basta un huracán para causar daños enormes. Y esa misma calma tiene una contrapartida, porque parte de las lluvias que alimentan ríos, presas y acuíferos del Caribe llega durante la temporada de tormentas, de modo que una menor cantidad de sistemas tropicales también puede reducir la recarga para los meses siguientes.
El caso de Puerto Rico ofrece una referencia cercana. Separada de República Dominicana por el canal de la Mona, la isla enfrenta una sequía que ha reducido el caudal de sus ríos, presionado los embalses y obligado a implantar planes de racionamiento en municipios del noreste. Esto no anticipa exactamente lo que sucederá en territorio dominicano, pero demuestra que la vulnerabilidad hídrica del Caribe no es una posibilidad distante.
La preocupación se extiende a otros países. En Venezuela, el gobierno ya pidió ahorrar agua y energía ante la sequía que se aproxima. El país todavía recuerda la crisis de 2015-2016, cuando el descenso del embalse de Guri obligó a racionar la electricidad. Colombia se prepara para enfrentar estrés hídrico, incendios forestales y pérdidas de cultivos. En Argentina, en cambio, algunas regiones pueden recibir lluvias excesivas y sufrir inundaciones. El mismo fenómeno recorre el continente, pero no se porta mal de la misma manera en todas partes.
Esto explica por qué El Niño no debe verse únicamente como un asunto meteorológico. Una sequía puede reducir la producción de alimentos, encarecer la electricidad, limitar el suministro de agua y afectar el turismo; una inundación puede destruir carreteras, viviendas y cosechas en cuestión de horas. El fenómeno comienza con el calentamiento de una franja del Pacífico, pero termina sintiéndose en el precio de los alimentos, el recibo de energía, el grifo de una casa o la parcela de un agricultor a miles de kilómetros de distancia.
Los pronósticos no pueden impedir que llegue El Niño, pero sí evitar que nos sorprenda. La FAO, la agencia de Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, estima que cada dólar invertido en acciones anticipatorias puede evitar hasta siete dólares en pérdidas y costos de respuesta. Para los países del Caribe, esto supone reducir las pérdidas de agua, proteger las cuencas, orientar a los agricultores y reforzar la prevención de incendios.
También exige abandonar la idea de que el agua es un recurso inagotable. En las islas, la contaminación, la pérdida de bosques, las fugas en las redes y la sobreexplotación de los acuíferos reducen el margen de maniobra durante los períodos secos. La abundancia de hoy puede convertirse rápidamente en escasez cuando deja de llover.
El comportamiento de El Niño no está en nuestras manos. Lo que sí depende de nosotros es cómo administramos cada río, cada tubería y cada embalse antes de que la próxima sequía toque la puerta.
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