Había prometido continuar mi reflexión sobre Hannah Arendt, y lo haré. Pero una escena me obliga a introducir una pausa. Yo veo a la filosofía cuando irrumpe en una conversación, en un velorio o en la manera de juzgar la apariencia ajena. Por eso quiero detenerme en una noción de Sartre que sigue recorriendo nuestras vidas: el espíritu de seriedad.
No confundamos el «espíritu de seriedad» con la seriedad auténtica, necesaria para estudiar, cumplir responsabilidades, acompañar un dolor o sostener una causa. En Sartre, el espíritu de seriedad comienza cuando tratamos los valores, las costumbres y los roles sociales como si fueran realidades objetivas, eternas y ajenas a nosotros. Una persona seria, en este sentido, no pregunta por qué una norma es válida. Dice: «Eso es así», «siempre se ha hecho de ese modo», «una persona decente debe comportarse así» o «lo hago porque es obligatorio y hay que cumplir».
Ahora bien, no toda obligación constituye espíritu de seriedad. Yo puedo cumplir una promesa sin deseos de hacerlo, cuidar a una persona enferma o asistir a un compromiso por responsabilidad libremente asumida. El problema aparece cuando la obligación sustituye nuestro juicio, paraliza el pensamiento y hasta nos impide disfrutar. Entonces actuamos como si una regla o un valor decidieran por nosotros.
También diferenciemos el espíritu de seriedad de la mala fe. No son exactamente lo mismo, aunque se relacionan. En la mala fe me engaño para ocultarme mi libertad: me reduzco a mi profesión, a mi pasado o a mi posición social, como si fuera una cosa definida para siempre. En el espíritu de seriedad coloco fuera de mí los valores y reglas que dependen de decisiones humanas, como si existieran por sí mismos. ¿Y qué decir de la doble moral? Esta añade otro elemento: proclamo públicamente unas normas que incumplo en privado. Las tres actitudes pueden asociarse: el espíritu de seriedad ofrece la máscara; la mala fe me ayuda a creer que soy esa máscara, y la doble moral me permite exigir a otros lo que no practico.
Vamos a dar ejemplos.
Pensemos en los velorios. Asistir para acompañar a los vivos puede ser —y es— un acto hermoso. Pero también hay velorios convertidos en escenarios donde se vigila quién llegó, cuánto permaneció y qué ropa llevaba. Asistir al velorio puede ser un simple acto de curiosidad. O asistir al velorio y el luto pueden expresar dolor, pero ninguna obligación, una tela negra garantiza amor, así como cierta moda o costumbre no mide nuestra moral o capacidad intelectual.
El mundo académico tampoco escapa. Años atrás, en los años setenta, un muy querido señor director de mi Escuela me reprochaba que fuera a enseñar con una falda algo corta; ni siquiera mucho. Se supone que una profesora seria debe vestir con sobriedad, hablar solemnemente y ocultar cualquier signo de mundanidad. Yo soy profesora de filosofía y, en el presente, me puse el pelo azul porque me gusta y es mi pelo. Mi cabello no elimina mis años de estudio ni debilita mis argumentos. Si creyera que una académica caribeña debe usar medias y saco bajo un calor intenso para que respeten su pensamiento, estaría confundiendo una convención estética con la seriedad intelectual.
Cuando el ritual sustituye la solidaridad y lo ético, y la presencia se vuelve una obligación para ser vistos, aparece el espíritu de seriedad.
La religión también puede volverse representación. Estoy atravesando una etapa de búsqueda espiritual y, por eso, me produciría temor tener que exhibir una conducta destinada a demostrar que mi corazón está con Dios. Los ritos pueden ser valiosos, pero ninguna postura o vestimenta garantiza la fe. Si la apariencia religiosa sustituye el amor y la justicia, el espíritu de seriedad puede unirse a la doble moral.
Las reglas de etiqueta pueden facilitar la convivencia, pero saber qué tenedor utilizar no hace a nadie más generoso. Pararse ante la bandera y cantar el himno puede emocionarme, sobre todo fuera de mi país; pero el gesto pierde dignidad cuando se impone como prueba de patriotismo. Amar una nación incluye también criticar sus injusticias con los nacionales e inmigrantes.
Algo mucho más serio sucede con el hombre que engaña habitualmente a su compañera y, sin embargo, se presenta como político ejemplar, académico respetable o jefe de familia intachable. Me refiero a la infidelidad masculina convertida socialmente en costumbre y encubierta por una imagen pública de virtud. Importa más representar correctamente el personaje que responder ante la persona dañada. En estos días, un sacerdote decía a una comunicadora que, si ese señor no robaba, no había por qué meterse en su vida privada.
Pero otra circunstancia provocó este artículo. Ocurrió en una reunión de amigas y amigos. Habíamos invitado a una mujer espontánea, conversadora y poco preocupada por las normas del comedimiento social. Habló con soltura de su vida y dificultades y, después, alguien preguntó con un ligero desdén de dónde habíamos sacado a esa persona.
La frase me dolió. Respondí que aquella mujer era mi amiga y que merecía respeto. Mencioné que había viajado y conocido a personas importantes. Más tarde advertí que esa defensa aceptaba, sin querer, el mismo sistema que yo cuestionaba. ¿Por qué debía presentar credenciales para demostrar que alguien merece consideración? Su dignidad no depende de sus viajes, de sus relaciones ni de su cercanía con una celebridad.
En aquella sala no se vio a una persona, por el contrario, la diferencia de clase fue traducida en inferioridad humana. El espíritu de seriedad no siempre grita ni dicta leyes: a veces levanta ligeramente la nariz.
Quiero hacer constar que no estoy invitando al desorden ni a rechazar todos los valores. Simplemente quiero reconocer que ninguna costumbre, título, ceremonia o institución puede elegir por nosotros. La libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en asumir el sentido y las consecuencias de lo que hacemos.
Lo opuesto al espíritu de seriedad no es el relajo, sino la lucidez. No es la ausencia de valores, sino la responsabilidad de sostenerlos mediante actos. Cuando una norma paraliza el pensamiento y el goce, aplasta la espontaneidad o nos impide mirar humanamente al otro, debemos interrogarla.
¿Ustedes han pensado seriamente cuántas cosas hacemos porque realmente las elegimos y cuántas porque creemos que «así debe ser»? Es una interrogación filosófica que exige una respuesta filosófica. El espíritu de seriedad comienza cuando dejamos de formular esa pregunta. La filosofía comienza, precisamente, cuando volvemos a hacerla.
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