“Fue un honor intercambiar con el eminente historiador y progresista dominicano Bernardo Vega. Autor de varios libros de historia, incluidos cuatro tomos sobre las relaciones entre Trujillo y Haití, sus trabajos son indispensables para comprender la evolución de las relaciones internacionales en la isla durante la primera mitad del siglo XX”. Dr. Weibert Arthus
Estaba sentado en un pequeño bar no lejos del hotel Roma de la capital de Panamá, leyendo El coronel no tiene quien le escriba. Recuerdo claramente dos cosas: el general Noriega seguía siendo el hombre fuerte del país y fue en ese pequeño bar donde comencé a reflexionar sobre el dominio del tiempo en la obra de García Márquez. Mucho antes de conocer al salvadoreño Manlio Argueta (Un día en la vida), me invité al té de Mrs. Dalloway. Así llegan mis palabras del día, porque entre los ingredientes de mi primer café, Acento me ofreció En busca del tiempo perdido de Proust, con la pluma de Ramón A. Lantigua. La generación que hace todo con el teléfono o las tabletas no se imagina la felicidad de los mayores que se construían con las viejas colecciones, a menudo incompletas, pero siempre acogedoras. Mi primer Quijote fue una edición de segunda mano que papá consiguió cuando era estudiante en España. Cuando este Quijote llegó a mis manos, había escapado por poco de un incendio ocurrido en la casa cuando yo tenía 2 o 3 años. Leí buena parte de En busca del tiempo perdido limpiando con su nieto la biblioteca de un ilustre poeta haitiano que también fue ministro de Asuntos Exteriores, Léon Laleau.
Recuerdo entonces aquella lejana tarde de la década de 1990 cuando, de paso por la fundación dirigida por Bernardo Vega, él me dio la dirección de doña Virtudes Uribe. Al llegar a la librería La Trinitaria, doña Virtudes me presenta a Virgilio Díaz Grullón. Unos años más tarde, saludé a Bernardo Vega en el hotel Ritz Kinam II de Pétion-Ville (frente a la embajada dominicana) donde dio una interesante conferencia.
Al recibir noticias de Bernardo Vega, ayer por la tarde en compañía del embajador e historiador Dr. Weibert Arthus, mi jornada dominicana avanzaba a gran velocidad. Comenzó a las 4 de la mañana —la hora del café de los sábados en compañía de doña Elsa Guzmán Rincón— con el Dr. Manuel Núñez Asencio (Una exploración en la mentalidad haitiana) y continuaba con el correo de Pedro Cuevas. En verdad, apenas había iniciado el proyecto de una nota de agradecimiento para cada uno de esos grandes amigos que me invitan a huir del analfabetismo que reina donde vivo, cuando llegó el Dr. Alfredo Vargas Caba con el timbre de una robusta bicicleta de los carteros de antaño (Antes de discutir Haití, aclaremos esto: Nación no es Estado).
No puedo dejar de pensar en la palabra de Verónica B. W., quien me escribió después de leer un poema dedicado a una de sus vecinas en Santo Domingo:
— ¿Estás enamorado de una dama o de un país?
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