Al transcurrir los años, las reuniones con las personas queridas se hacen distantes. Cuando aparece una oportunidad, hay que aprovecharla.
Cada vez que mis abuelos cumplían un aniversario de sus bodas, que fueron muchos, los hijos y nietos tratábamos de celebrarlo por todo lo alto. Íbamos mi familia desde La Vega; los Peguero y los De Peña, desde San Francisco de Macorís; los Rincón, de la capital y de Bonao; los Reyes, desde Puerto Rico, y muchos invitados, aunque no fueran familia, pero sí muy allegados, desde cualquier punto.
La fiesta era un motivo de gozo, porque fueron más de sesenta y cinco años los que mis abuelos estuvieron unidos en matrimonio.
Yo me pasaba algunas vacaciones en su casa o en la casa de mi tía Monza, en Cotuí. Pero no es que fuera por mucho tiempo, porque con gran entusiasmo preparaba mi viaje y, luego de cruzar el puente del río Yuna, cuando alcanzaba a ver el inmenso tanque de agua a la entrada de la ciudad y al atardecer, comenzaba mi nostalgia y el llanto, por lo que tenían que preparar mi regreso lo más pronto posible.
De mis vacaciones recuerdo con mucho cariño a mi tía Monza, sentada en su máquina de coser; a Moya, su esposo, en su mecedora con un cigarro. Yo le tenía miedo porque era muy grande. A mis primos: Octavio, siempre silencioso; Zoilo, con una voz ronca y unos ojos que me atemorizaban; Enrique, siempre sonriente; Zoilita, que hoy pienso debía rabiar por dentro con mi llegada, pues tenía que compartir su cama conmigo; Manuel de Jesús, alto, por lo menos yo lo veía así, y el más pequeño, Juan Tomás, que era el más cercano a mí.
También recuerdo a Balbina, la fiel empleada de la casa por años, que se convirtió en familia y que estuvo con ellos hasta el final de sus días.
Recordar esas reuniones familiares, ahora, en el ocaso de mi vida, hace que sonría y piense en los momentos tan felices pasados junto a mis abuelos, tíos, tías, primos y primas.
Este sábado se me presenta una oportunidad que quiero aprovechar, porque no acostumbro a ir a fiestas, a menos que sean de personas muy queridas.
Mi tía Amparo, prima de mi mamá, no sé si llamarla tía porque siempre la vi más cerca de mí que de mamá, cumple noventa y cinco años. Sus hijos, Charo, Chico, Gloria y Ñiño, que sí son mis contemporáneos, y sus nietos piensan celebrarlo por todo lo alto.
Feliz por poder ver a Gloria, porque verla es recordar a mi mamá, que la adoraba y se le ensanchaba el corazón cada vez que ella venía de Puerto Rico y la iba a visitar.
Amparo Peguero posee el rostro más bello que he visto. Aún con esa edad, conserva esa belleza, esa sonrisa que la caracteriza, unos ojos que hablan, una voz preciosa; es más, parece una actriz de Hollywood. Y no es que me parcialice, todos deben de estar de acuerdo conmigo. Es que Amparo no avejenta y mantiene ese frescor de la juventud.
Este cumpleaños me dará la oportunidad de reencontrarme con mis primos queridos, a los que hace tantos años que no veo, pero que tienen un lugar especial en mi corazón.
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