Cuando a un libro le arrancan varias páginas, algo más que el papel queda perdido. La historia se corta. Una frase queda suspendida y la voz que veníamos siguiendo ya no consigue llegar completa hasta nosotros. Pienso en esa interrupción cuando veo derribar un árbol sin necesidad, contaminar un río o tratar la tierra como materia disponible. En cada caso desaparece algo visible, por supuesto, pero también se rompe una forma de significado.

En junio de 2024 circularon por Santo Domingo las fotografías de diecisiete árboles severamente podados en el Parque Mirador Sur. Sus copas aparecían recortadas en uno de los grandes pulmones de la ciudad. El 18 de junio, la Alcaldía del Distrito Nacional confirmó que la intervención se había realizado sin supervisión técnica ni autorización ambiental. Me detengo en un detalle: los árboles seguían allí, de pie, aunque ya no ofrecían la misma presencia. La pérdida de su sombra convirtió una acción irregular en una pregunta pública: ¿quién puede decidir qué se conserva y qué se pierde en un espacio que pertenece a todos?

La comparación exige cuidado. La naturaleza no es la Biblia ni sustituye la revelación escrita. Pero la fe cristiana reconoce que la creación posee una voz: «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1). El mundo no es Dios, aunque lleva señales de su sabiduría. Por eso un árbol cortado es como un libro roto: ambos conservan fragmentos de una historia que ya no podemos leer completa.

Durante siglos hemos supuesto que destruir la naturaleza es, sobre todo, un problema exterior. Pensamos en el humo, la basura, la erosión o el calor. Sin embargo, antes de aparecer en el paisaje, la devastación ha ocurrido en la conciencia. Para talar irresponsablemente un bosque, primero hay que dejar de verlo como comunidad de vida y comenzar a verlo únicamente como inventario. La crisis ecológica empieza cuando nuestra mirada reduce el mundo a lo que puede comprarse, extraerse o desecharse.

La fractura más profunda ocurre antes del corte. Comienza en la mirada. Un árbol que habíamos reconocido como sombra, memoria del barrio o refugio para las aves termina reducido a madera. Con el río sucede algo parecido: olvidamos su cauce, su historia y las comunidades que dependen de él, hasta que solo queda la palabra recurso. El lenguaje no causa por sí solo la destrucción, pero puede volverla más fácil de aceptar.

El relato bíblico ofrece una corrección decisiva. El ser humano fue colocado en el jardín «para que lo cultivara y lo cuidara» (Génesis 2:15). Cultivar permite recibir frutos; cuidar impide que el deseo de recibir destruya la fuente. La autoridad humana sobre la creación, por tanto, no es licencia para el abuso. Es una responsabilidad delegada. La tierra pertenece al Señor (Salmo 24:1); nosotros no somos sus dueños absolutos, sino huéspedes con deberes dentro de una comunidad de vida mucho más amplia. Compartimos la existencia con los animales —desde la paloma, el gato y el perro hasta las innumerables especies que no vemos—, con las plantas, los hongos y el vasto universo de los microorganismos. Incluso aquello que no posee vida biológica —las piedras, el suelo, el agua y el aire— forma parte de los sistemas que sostienen la vida. Cuidar la creación significa, entonces, reconocer que ninguna criatura existe completamente aislada y que el bienestar humano depende también del equilibrio de todo aquello que lo rodea.

La reflexión de John Stott ayuda a nombrar esta responsabilidad. La obediencia cristiana también se reconoce fuera de la vida interior: aparece en la manera de recibir, administrar y proteger un mundo que pertenece a Dios. Ahí la fe toca los hábitos comunes, las decisiones de cada día y el uso que hacemos del poder.

Esta verdad cambia mi manera de entender la libertad. Durante mucho tiempo hemos llamado libre a quien puede hacer cuanto desea con lo que tiene a su alcance. Sin embargo, la madurez se reconoce también en el límite que una persona o una sociedad decide respetar. Hay momentos en que abstenerse de destruir constituye una forma concreta de responsabilidad.

La tecnología puede servir a esa vocación. Hoy permite sanar suelos, anticipar tormentas, reducir desperdicios y producir con mayor justicia. La dificultad surge cuando la capacidad técnica avanza y la conciencia moral se queda atrás. Aprendemos a extraer más y a transformar territorios enteros, mientras la pregunta por el límite se va quedando fuera de la conversación.

Por eso la creación no debe entrar en la vida cristiana como una moda ecológica ni como un adorno del discurso religioso. Cuidarla forma parte del amor al prójimo. La contaminación nunca permanece en abstracto: llega al agua que bebe una familia, al aire que respira un niño, al alimento de una comunidad y al porvenir de quienes todavía no han nacido. Todo daño ambiental termina encontrando un rostro humano, y casi siempre encuentra primero el rostro de los más vulnerables.

También alcanza a las demás criaturas, cuyo valor no depende únicamente de la utilidad que tengan para nosotros. El mundo creado comparte una condición de fragilidad y, según Pablo, «gime a una» esperando liberación (Romanos 8:22). Ese gemido no convierte cada desastre natural en un mensaje cifrado ni autoriza a culpar moralmente a quienes lo padecen. Nos recuerda, más bien, que vivimos dentro de una creación herida y que nuestras decisiones pueden aliviar su dolor o profundizarlo.

La pregunta ecológica se convierte así en una pregunta espiritual: ¿qué vemos cuando miramos un árbol? Si solo vemos madera, nuestra mirada ya ha talado algo antes de que llegue el hacha. Si solo vemos terreno, el bosque ha comenzado a desaparecer dentro de nosotros. La devastación visible suele ser la última página de una historia que empezó con una pérdida de asombro.

Todavía podemos aprender a leer de nuevo. Eso exige atender los límites de la creación, reconocer sus ritmos y recibir sus dones con gratitud. La ciencia aporta conocimiento; la compasión nos recuerda para qué utilizarlo. También la oración tiene consecuencias prácticas. Una espiritualidad que canta al Creador mientras maltrata lo creado termina contradiciéndose en la vida diaria.

Sembrar más árboles es una tarea urgente, pero no basta. Necesitamos recuperar una conciencia capaz de comprender por qué un árbol importa antes de calcular cuánto vale. Tal vez, cuando volvamos a mirarlo como una página viva, descubramos que salvar un bosque evita también que algo se rompa dentro de nosotros.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

Ver más