Hoy cumplo este lapso compartiendo con ustedes este espacio: 43 entregas ininterrumpidas. ¡Un buen average!
En este tiempo me he sentido feliz, a pesar del apremio que reclama cada miércoles. En primer lugar, porque lo he dedicado a algo que hace años procuraba hacer; al lograrlo, se ha hecho realidad una fantasía del espíritu.
También valoro este ejercicio semanal de reconstrucción de palabras, ya que lo he destinado a un quehacer diferente al que suelo realizar en la praxis de mi profesión. Me ha gratificado casi igual que el éxtasis que suele proporcionarme un estrado en un litigio penal desafiante o el recibir "salida del horno" una sentencia gananciosa, que es mucho decir.
En particular, porque nos ha permitido darle rienda suelta a lo mejor de mí: mi alma. Mis vivencias, personales y compartidas. Adentrarme en mi historia, en las honduras de mi emoción. Por esto, al efectuarlas, las palabras que persiguen plasmarlas se han revestido de colores y aromas. De magia, para cautivar su atención.
Precisamente por esto, he procurado hacer de esta columna una expresión plural. Una modesta reflexión donde ha habido cabida para todo, como en botica: desde el derecho hasta la música, la literatura, problemas de país, el horror de Gaza, estampas de nuestra ciudad o el país; en fin, los temas más diversos de la vida. Como diría el poeta y dramaturgo latino Terencio: “Nada humano me ha sido ajeno”. Y no pretendo renunciar a este sabio consejo.
Al escribir cada entrega, he reivindicado mi derecho a expresarme y a compartirlo con cada uno de ustedes. Ha sido un ejercicio de libertad, de disciplina y de aprendizaje. Una catarsis. Un pretexto para mirarme y mirar al otro desde la autenticidad y lo simple.
Por esto, en múltiples ocasiones al redactar estas crónicas, he llorado. He vivido. Por ejemplo, cuando para los 90 años de mi madre le escribí para conmemorar este singular evento; y cuando, en su fiesta sorpresa, logramos que sus hijos y nietos nos distribuyéramos su lectura para compartírselo. Al hacerlo, un mar de emociones indescriptibles nos invadió a todos.
Otras veces he reído, como al escribir el artículo que reseña la historia de nuestra promoción en el Colegio de La Salle. Especialmente cuando, un miércoles, aún sin levantarme, el amigo lector Francisco Domínguez me llamaba al móvil con inusual insistencia. Preocupado, tomé la llamada y a bocajarro me dijo: “Oye Lorenzo, pero la profesora Fulvia entró en el Colegio en tal año, no en el que tú dices”. Al escucharle, solo atiné a decirle entre sonrisas: “¡Francisco, acuérdate de que los escritores, y los aprendices de estos, tenemos licencias, hasta para subvertir la realidad!”. ¡Nos reímos ambos!
En otra ocasión nos ha gratificado haber podido aportar un granito de arena a una causa social y jurídica del país. Tal fue el caso de la reforma al Código Penal, proceso en el que, a través de varias entregas, supimos socializar el proyecto y contribuir con aportes, luces y propuestas de mejora.
También cuando he propiciado un sueño a través de algún artículo. Por ejemplo, cuando a mediados del pasado año nos propusimos hacerle un homenaje a Amaury Pérez. Felizmente, varios meses después, con la complicidad de muchos lectores y amigos, ese milagro se dio en una mágica noche de bohemia de primavera, con su presencia incluida.
O, no menos importante, la otra quimera que se concretará el 31 de los corrientes: otro proyecto desde el corazón, cogestado por un artículo nuestro. Nos referimos al 40 aniversario de nuestra promoción de Derecho 81 de la PUCMM. Para entonces, amigos y colegas de diferentes lugares nos reuniremos para celebrar la vida, la amistad y la alegría. ¡Este gran evento! ¡No hay atenuante que valga para no ir!
En todo este lapso andado y desandado he recibido de ustedes las más disímiles reacciones: el comentario que enriquece el nuestro; el que me anota algún yerro o acierto; el que resalta un recuerdo o emoción provocado por mis líneas. Valoro todo esto. Incluso al que opta por el silencio o no leerlo.
A todos les agradezco su lectura y la recepción de cada uno de mis artículos. Su complicidad. Prometo seguir compartiendo con cada uno de ustedes cada entrega, parafraseando al asturiano Víctor Manuel: estos jirones de corazón tendido al sol, aunque un poco más cortos.
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