Durante la breve cumbre del martes entre Donald Trump y Sanae Takaichi, se dice que el presidente de EEUU y la primera ministra japonesa intercambiaron opiniones "francas" sobre la legitimidad de la Corte Penal Internacional (CPI). No está claro cuán francas fueron, pero la división de opiniones es marcada. Lo mismo ocurre con las relaciones diplomáticas cada vez más deterioradas entre EEUU y el que alguna vez fue uno de sus amigos más cercanos. Se están tendiendo trampas que merman la soberanía. Y mientras Canadá, el Reino Unido y otros países deben lidiar con sus propias versiones de estas situaciones, el camino de Japón podría resultar brutalmente instructivo para todos.
En su cargo, aun relativamente nuevo, Takaichi hereda la fe que define a la nación japonesa en el poder de organismos supranacionales como la CPI. Sus defectos pueden pasarse por alto porque el simple beneficio de su existencia parece enorme. Para Japón, son los pilares vitales de un orden internacional del que ha dependido por completo su propia vitalidad económica, geopolítica y social.
Trump, por su parte, poco antes de reunirse con Takaichi, había aprovechado su discurso ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para condenar a la CPI por estar "fuera de control" y para instar a sus 125 países miembros a "renunciar de inmediato a esta institución deshonesta".
Destruir la CPI, que según teme Trump podría llevar a cabo juicios mediáticos contra personal militar estadounidense, es ahora un objetivo presidencial sin tapujos. En agosto, EEUU impuso sanciones al presidente de la CPI, un juez japonés muy respetado y uno más de una larga lista de destacadas figuras del ámbito jurídico (acompañadas de una generosa financiación) que Japón ha enviado a la corte.
En la cuerda floja entre el populismo interno y la coacción de EEUU, la mejor réplica que Takaichi pudo dar en ese momento fue que las sanciones de Trump eran "muy lamentables". Desde entonces, ha endurecido ligeramente su discurso, y fue un acto de modesta valentía de su parte aprovechar su propio discurso ante la ONU para destacar el "apoyo constante" de Japón a la CPI y a otros organismos internacionales.
Pero el último ataque de Trump contra la CPI pone al descubierto la vulnerabilidad de Takaichi ante una nueva forma de trampa de la soberanía. Mientras que anteriormente se ha coaccionado a Japón (mediante aranceles y otras amenazas) para que cediera dinero, comodidades y dignidad, la exigencia de Trump de que los miembros se retiren de la CPI insta a Japón a abandonar su filosofía fundamental sobre las instituciones internacionales y la participación en ellas. En otras palabras, quiere que Japón renuncie a una parte clave de su identidad nacional.
El margen teórico para que Washington ejerza presión sobre Tokio siempre fue considerable: Japón depende, en materia de seguridad, del paraguas protector que le brinda el ejército estadounidense y se apoya en gran medida en EEUU para su prosperidad. Pero Trump ha ido más lejos que cualquier otro presidente de la posguerra para demostrar cuán limitada es realmente el poder de negociación de Japón.
Durante la mayor parte de las últimas ocho décadas, la relación entre EEUU y Japón se definió por un equilibrio de necesidades: La seguridad regional en Asia era lo suficientemente importante para Washington como para que las necesidades de defensa de Japón representaran una carga que valía la pena asumir. Ese equilibrio ha sido reemplazado por una asimetría.
La aparente falta de interés de Trump en la seguridad de la región significa que Japón ya no puede dar por sentado que EEUU lo necesite como socio. Al mismo tiempo, es probable que Japón necesite a EEUU más que nunca, tanto en lo económico como en lo militar. Más fundamentalmente, toda la cuestión de las necesidades de EEUU está en constante cambio. Las recientes declaraciones de Trump sobre la "pérdida" para EEUU inherente a los desequilibrios comerciales han venido acompañadas de afirmaciones generales de que EEUU ya no necesita al mundo exterior ni lo que este ofrece.
Por muy hábilmente que Takaichi pueda dirigir una cumbre de 35 minutos con Trump, el gran riesgo es que la asimetría, en última instancia, obligue a Japón a acatar las órdenes de su garante. Esto, inevitablemente, reavivará la retórica que China ha utilizado de manera tan provocativa en el pasado: que Japón es un mero "vasallo estratégico" de EEUU. Tokio siempre se ha resistido a esta acusación, sobre todo porque Japón lleva mucho tiempo manteniendo un delicado equilibrio independiente entre sí mismo y China. Para que esto funcione, necesita proyectar una imagen de toma de decisiones sólida e independiente. Pero las acciones de Trump están poniendo a Japón en peligro de que ese insulto se convierta en una realidad cada vez más cercana.
No es casualidad que, tras haber conseguido su propia reunión con Trump justo antes de que él se reúna con Xi Jinping, Takaichi haya combinado declaraciones de unidad inquebrantable entre EEUU y Japón con la aparente firmeza de plantarle cara a Trump en el tema de la CPI. El problema, sin embargo, es que Trump no dejará de burlarse de líderes como Takaichi con la perspectiva de una nueva relación que reduzca a un país a la condición de Estado vasallo. Eso es inaceptable. El resto del mundo debería esperar que Japón no sólo esquive la trampa, sino que demuestre que puede hacerlo sin sacrificar su relación con quien tendió la trampa.
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