Hace ya muchos años, cuando inicié la práctica de yoga, estando en clase hicimos una postura que no era compleja y que ya era conocida para mí. Entré en la postura y cuando me disponía a deshacerla no encontraba el camino de vuelta, aun habiéndolo recorrido en ocasiones anteriores. Me quedé enredada entre mis brazos y piernas sin saber cómo salir. En ese momento me sentía perdida, el grupo avanzó y yo seguía ahí detenida. María Luisa Martínez, la excelente maestra de esos años se percató de mi confusión y se acercó, tocó suavemente mi espalda y de inmediato estallé en llanto. Ahí me dejó viviendo lo que tenía que vivir, sintiendo y desaguando en llanto lo que debía ser sanado y que en ese momento no estaba claro para mí.
Al final de la práctica me acerqué a ella y en un tono compasivo me dijo: “parece que ha habido mucho dolor en las mujeres de tu familia”. Fue una gran revelación para mí en ese momento y aunque posiblemente todas las mujeres de mi generación y hacia atrás han sufrido mucho, lo que requería era identificar ese dolor en mí, entenderlo, para trabajarlo en psicoterapia. Pasados unos días pude continuar mirando en mi día a día la rigidez, el miedo y el enredo que tenía en ese momento de mi vida y que mi cuerpo se encargó de dejarme ver.
Así actúa nuestro cerebro y este es el impacto del movimiento corporal en el dolor emocional y el trauma. Dice Bessel van der Kolk en su magnifico libro El cuerpo lleva la cuenta: “Los motores de las reacciones postraumáticas, se encuentran situados en el cerebro emocional. A diferencia del cerebro racional, que se expresa mediante pensamientos, el cerebro emocional se manifiesta mediante reacciones físicas: dolor de tripas, latidos acelerados, respiración rápida y superficial, sensaciones de desgarro, hablar con un hilo de voz o con la voz tensa, y los característicos movimientos corporales que significan colapso, rigidez, rabia o estar a la defensiva. Es por esto que entender por qué nos sentimos de cierta manera no cambia cómo nos sentimos”.
Esta es la justificación científica que ya hoy tenemos y que nos avala el haber incluido dentro del protocolo del Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia, el movimiento corporal y la respiración consciente. El resultado durante 19 años de trabajo con las mujeres y sus testimonios nos lo confirma.
En el año 2017 la entonces estudiante Nadia Carolina Ventura James, presentó como trabajo de tesis para optar por el título de Licenciada en Psicología del Instituto Tecnológico de Santo Domingo INTEC, la investigación: “Eficacia de las Terapias Psico-corporales Grupales en Sobrevivientes de Violencia de Género”. En aquel momento ofrecíamos Biodanza y Hatha Yoga como movimiento corporal y los resultados con una muestra de la población del centro fueron los siguientes:
- Se observaron cambios positivos en la disminución del estrés.
- Aprendieron a respirar y a controlar su energía a través de la meditación y otros ejercicios practicados.
- Lograron un mayor contacto con sus emociones.
- Disminución o desaparición del uso de medicamentos(ansiolíticos, anti- depresivos, sedantes, entre otros)
- Reportaron además, haber hecho su terapia individual más efectiva, requiriendo menos cantidad de visitas.
- Además, aumento del cuidado de su persona.
- Así como, cambios a nivel social en la reafirmación de los vínculos afectivos con familiares, amigos y el entorno social, sin sentirse desvalorizadas.
Quienes trabajamos con mujeres que viven violencia reconocemos la importancia de estos resultados para el proceso de recuperación ya que la violencia arrebata la conexión con el propio cuerpo como mecanismo de sobrevivencia; desgasta la salud mental alterando el sueño, provocando ansiedad, depresión y generando estrés. La buena noticia es que ya conocemos el camino de vuelta a casa, que es el cuerpo.
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