Venezuela tiene más petróleo bajo tierra que cualquier otro país del mundo. República Dominicana posee una piedra que no se encuentra de manera natural en ningún otro lugar del planeta. Las dimensiones no admiten comparación, pero el petróleo y el larimar comparten una pregunta: ¿Cómo convertir un recurso natural en riqueza para el país que lo posee?

El acuerdo petrolero anunciado entre Venezuela y Estados Unidos vuelve a ponerla sobre la mesa. El desarrollo de 17 campos estratégicos contempla más de 100,000 millones de dólares en inversión privada y, según las cifras anunciadas por Caracas, podría generar más de 209,000 millones de dólares en ingresos para el país.

Las cifras impresionan. También recuerdan algo menos espectacular: entre el recurso y la riqueza hay un largo trecho por recorrer.

El petróleo de la Faja del Orinoco necesita inversión, tecnología e infraestructura antes de convertirse en un barril vendible. En ese recorrido se agrega valor y alguien lo captura. Por eso la pregunta no es únicamente quién posee el recurso, sino cuánto de la riqueza que genera permanece en el país.

Guyana lo está aprendiendo a toda velocidad. En 2015 encontró frente a sus costas una riqueza petrolera capaz de transformar al país. Al año siguiente negoció uno de sus principales acuerdos con compañías que acumulaban décadas de experiencia internacional y aceptó una regalía de apenas 2% sobre la producción.

Desde entonces, Guyana se convirtió en un importante productor y su economía creció a un ritmo extraordinario. El petróleo siempre estuvo allí. Lo que cambió fue la capacidad de extraerlo y la posición desde la cual negociar su valor.

Una piedra azul en Barahona

A otra escala y con una realidad completamente distinta, República Dominicana enfrenta una discusión parecida.

El larimar solo se encuentra en República Dominicana. Sale de las montañas de Barahona como piedra, pero puede recorrer un camino mucho más largo antes de llegar al consumidor: selección, corte, pulido, diseño, joyería y comercialización.

Cada paso aumenta su valor.

Durante el primer semestre de este año se extrajeron 188,696 libras. El Ministerio de Energía y Minas sostiene que 60% de la producción permanece en República Dominicana para abastecer a artesanos y talleres y que el restante 40% se dirige a mercados internacionales.

Los mineros de Barahona necesitan compradores capaces de absorber la producción y sostener los costos de extracción. China y Hong Kong concentran la mayor parte del volumen autorizado para exportación. Del otro lado, artesanos dominicanos han planteado que una mayor cantidad de la piedra debería permanecer en el país para ser transformada en productos de mayor valor.

Ambos pueden tener razón. Un minero necesita vender la piedra que extrae y un artesano necesita materia prima para trabajar. El interés del país está en que alrededor de un recurso único se desarrollen actividades capaces de multiplicar su valor.

El desafío no es escoger entre exportar o transformar, sino conseguir que ambas cosas permitan capturar más valor dentro del país.

República Dominicana ya tiene una ventaja que trasciende la geología. La denominación de origen Larimar Barahona protege internacionalmente la procedencia de la piedra. Eso la convierte en algo más que materia prima: la vincula con un territorio, una identidad y una historia.

Una piedra que sale de Barahona tiene un valor. Esa misma piedra cortada, pulida, convertida en una joya dominicana y vendida como Larimar Barahona tiene otro. Entre ambos precios hay empleos, conocimiento, artesanos, diseñadores y oportunidades que pueden quedarse en el país o viajar junto con la piedra.

Lo que dejamos salir

América Latina lleva siglos exportando aquello que encuentra debajo de la tierra, encima de ella o frente a sus costas. No hay nada intrínsecamente malo en hacerlo: los mercados internacionales generan ingresos y sostienen empleos. El problema aparece cuando la extracción se convierte en el final de la estrategia.

La pregunta es cuántos escalones de la cadena de valor puede ocupar razonablemente un país antes de que su recurso cruce la frontera. No podrá ocuparlos todos, ni tendría sentido intentarlo. Pero cada actividad que pueda desarrollarse competitivamente dentro del territorio permite capturar una porción mayor de la riqueza generada.

Tener petróleo no basta. Tener larimar tampoco. La verdadera riqueza comienza cuando un país aprende a agregar valor a lo que tiene antes de dejarlo ir.

EN ESTA NOTA

Pedro Tocuyo

Pedro José Tocuyo es periodista, publicista y estratega en comunicación. Colabora con organizaciones de la industria turística en proyectos de comunicación y mercadeo, experiencia que enriquece su mirada como columnista de política, economía, sociedad y tecnología en medios internacionales.

Ver más