En las grandes empresas familiares dominicanas, tarde o temprano llegará ese momento inevitable en el cual alguien anunciará que desea salir. No será consecuencia de un deterioro del negocio ni de un conflicto abierto. Será algo mucho más básico y humano como un heredero que necesita liquidez para reorganizar su vida, afrontar un divorcio, emprender un proyecto propio o simplemente reequilibrar su patrimonio familiar y sus inversiones.

Y cuando esa necesidad se manifieste, la conversación desembocará en una pregunta para la cual muchas familias empresarias no tienen un procedimiento claro ni una respuesta institucionalizada:

¿Cuánto vale tu parte y quién te la compra?

Sin un mercado público, esa respuesta casi nunca es sencilla. En su lugar, lo que suele aparecer es una negociación entre hermanos, primos y familiares en general, en la que cada uno defiende su propia valoración, nadie queda del todo conforme y las tensiones se van acumulando con el tiempo. En algunos casos, esas diferencias terminan forzando decisiones que erosionan relaciones y ponen en riesgo décadas de trabajo familiar.

La realidad es que, a medida que pasan las generaciones, la complejidad crece de manera natural. Con el paso de los años, un fundador o fundadora tiene tres hijos; esos hijos, a su vez, tienen otros tres; y lo que empezó como un núcleo reducido pronto se convierte en nueve miembros, luego veintisiete, y así sucesivamente.

Entre ellos no todos viven en el país, no todos participan en la empresa, no todos comparten los mismos objetivos ni las mismas urgencias de liquidez. Lo que nació como un proyecto familiar compacto se transforma en un entramado de expectativas diversas y, en ocasiones, contradictorias, difícil de gestionar sin una referencia clara y común.

Porque, por más elaborado que sea un pacto de accionistas, ninguno puede ofrecer lo que sí proporciona la bolsa cada mañana: un precio público, diario e indiscutible.

Santiago de Chile, los Luksic y la decisión de ordenar la sucesión utilizando la bolsa

La familia Luksic ha consolidado, a lo largo de varias décadas, uno de los conglomerados más relevantes de América Latina, articulado a través de Quiñenco, su holding estratégico. Desde Chile, un país relativamente pequeño en tamaño, pero con un mercado corporativo sofisticado, el grupo ha construido una presencia multisectorial que abarca servicios financieros, bebidas, energía, transporte, manufactura y logística, mediante empresas como Banco de Chile, CCU, Enex, CSAV/Hapag-Lloyd y Nexans.

En la década de los noventa, y mucho antes de que surgieran tensiones intrafamiliares propias de la sucesión, los Luksic tomaron una decisión estratégica que anticipó un problema común a los grupos multigeneracionales al reorganizar el perímetro bajo Quiñenco y listar el holding en la Bolsa de Santiago (1997). El objetivo no era obtener financiamiento inmediato, sino establecer un precio público diario y un mecanismo estable de liquidez que permitiera a cualquier heredero monetizar su participación sin obligar a negociaciones internas que suelen generar disputas por valoración o bloqueos en la toma de decisiones.

La arquitectura de control adoptada, basada en un holding con participaciones de referencia en filiales estratégicas y, en ciertos casos, estructuras accionarias diferenciadas, permitió mantener la conducción del grupo dentro del ámbito familiar sin sacrificar acceso a mercado ni liquidez para accionistas no operadores. El resultado fue un sistema que combina control estable, gobierno corporativo profesional y formación transparente de precios, elementos esenciales para reducir incertidumbre y evitar conflictos en procesos sucesorios.

Lejos de ser un gesto simbólico, ese movimiento configuró un marco institucional que ha contribuido a la continuidad del grupo y a la claridad patrimonial de las siguientes generaciones.

Además, sentó un precedente relevante en la región: cómo un conglomerado familiar puede utilizar los mercados de capital para estructurar, más que financiar, su propia transición generacional.

En Nueva York, la familia Lauder y la decisión de sacar el dinero de la conversación familiar

Unos años antes, los Lauder habían vivido el mismo proceso. Lo que empezó con Estée y Joseph Lauder mezclando cremas y lociones en un pequeño taller en Nueva York terminó convirtiéndose en un grupo global con marcas icónicas como Estée Lauder y presencia en más de 150 países.

Con semejante crecimiento, la familia enfrentó el mismo problema que atraviesan muchas empresas familiares: múltiples herederos, expectativas distintas y la necesidad de convertir parte del patrimonio en liquidez sin comprometer ni el negocio ni la armonía familiar.

En 1995, Estée Lauder Companies salió a bolsa en la Bolsa de Nueva York a 26 dólares por acción, con una estructura de acciones de doble clase que preservó el control votante de la familia, mientras daba liquidez a los herederos que no operaban el negocio.

Y cuando décadas después murió Leonard Lauder, el mecanismo funcionó exactamente como fue diseñado. La familia vendió millones de dólares en acciones en el mercado para cubrir los costos de liquidación del patrimonio, incluyendo impuestos, deudas y gastos de administración.

No hubo negociación entre primos. No hubo perito cuya valoración nadie aceptara. No hubo tribunal. Hubo un precio en pantalla y un mercado dispuesto a absorber la venta.

Un precio en pantalla reemplazó una pelea en la mesa.

Cuando una empresa familiar cotiza, gana la familia… y gana el país

Cotizar no solo resuelve la sucesión interna. Genera confianza y profundidad, algo que el mercado dominicano necesita.

Un precio público ofrece a los inversores como fondos de pensiones un activo de renta variable local, permite al ciudadano común participar en el crecimiento de empresas reales y, no menos importante, le demuestra a otras empresas que cotizar es viable.

Los mercados de capitales se construyen con emisores de peso. Y en República Dominicana esos potenciales emisores existen en sectores como el financiero o la distribución, cuyos accionistas ya están en segunda y tercera generación.

Los grupos dominicanos están entrando en la etapa donde las generaciones se multiplican más rápido que los puestos en el negocio. Y cuando el primer heredero necesite salir, esa salida se decidirá en dos posibles mesas:

  • una mesa donde el precio lo fija el primo, el hermano o la hermana con más poder, o
  • una bolsa donde el precio lo fija el mercado.

Los Luksic lo entendieron en 1997. Los Lauder, en 1995.

Ambos entendieron lo mismo: cotizar en bolsa no amenaza el control familiar; lo preserva.

Nota personal: el autor no posee acciones de Quiñenco/Grupo Luksic ni de Estée Lauder.

Referencias:

Angel Santana Gómez

Abogado y consultor

Licenciado en Derecho por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, PUCMM (2001). Maestría en Derecho de los Mercados Financieros de la Universidad Pontificia Comillas, Madrid (2006) y Máster en Derecho Internacional de Negocios y Administración de Empresas en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Comerciales, París, (2010) (École Supérieure des Sciences Économiques et Commerciales - ESSEC). Previamente abogado asociado en la firma Headrick, Rizik, Álvarez y Fernández en Rep. Dominicana y actual Director Legal en la división de banca de inversiones y servicios globales de valores del banco Societe Generale en Francia, encargado del área de servicios financieros a emisores de acciones y obligaciones cotizadas en las bolsas de valores europeas y financiamientos estructurados a fondos de inversiones públicos y privados. Miembro del comité de estudio de emisores de valores del observatorio jurídico de la Asociación Francesa de Profesionales del Mercado de Valores (AFTI por sus siglas en Francés) y miembro de la Asociación Nacional de Juristas de Bancos franceses (ANJB). Instructor y conferencista sobre reglamentación financiera, custodia de valores y servicios post trade, operaciones financieras en los mercados de capitales, financiamientos estructurados internacionales y fondos de inversión.

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