Frecuento desde hace un tiempo un curso de metafísica que pone especial énfasis en el ego. Su explicación es teísta: a partir de una especie de caída en la ignorancia surge el Ego, preso de una percepción errada que tiende a separar a los seres humanos. Esa separación puede aparecer en cualquier terreno: ético, racial, genérico, clasista, ideológico o profesional. El ego clasifica, enfrenta, establece bandos y quiere reparar inmediatamente aquello que considera una ofensa. Frente a él estaría el Ser, desde el cual podemos reconocer una igualdad humana más profunda que nuestras diferencias.

Desde esta muy simple descripción de su tesis sobre el ser humano se entiende por qué tomar partido puede significar caer nuevamente en el habla del ego. No sé hasta qué punto estoy siendo completamente fiel a los fundamentos de esta metafísica que, por cierto, afirma, polémicamente para mí, no seguir —o trata de no seguir— ninguna filosofía determinada.

Siempre he creído, no obstante, en la existencia de un ego reparador y cauteloso, y esta vigilancia me lleva a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué algunas personas nos caen bien y otras nos caen mal? ¿Lo amado es realmente amable y lo rechazado realmente antipático? Pienso que no necesariamente. Todo lo que nos ocurre está situado. Cada conciencia encuentra a la otra desde una situación, una historia, unos intereses y unos proyectos. La simpatía o la antipatía que alguien despierta en nosotros no demuestra que esa persona sea objetivamente aquello que percibimos. 

Siguiendo una sentencia del curso, “el ego percibe y el Ser conoce”, el problema comienza cuando convertimos nuestra percepción en sentencia: “esa persona es así”. Entonces petrificamos al otro. Aunque el otro también puede petrificarme.

Podemos reencontrarnos con alguien que nos conoció en determinada actividad y descubrir, años después, que seguimos sintiéndonos encerrados dentro de una percepción suya que parece no haber cambiado. Quizás nos equivocamos e interpretamos demasiado. No somos videntes: nunca podemos entrar completamente en la conciencia ajena. Pero podemos experimentar su mirada como una mirada que nos fija, nos inferioriza o convierte nuestros gestos y palabras en objetos examinados desde una posición superior. 

“No somos cadenitas de oro para todo el mundo”. No tenemos por qué agradar a todos. Pero una cosa es no agradar y otra que una relación de poder transforme una percepción subjetiva en una evaluación con consecuencias.

Pensemos en una mujer frente a un jefe, un superior o alguien con poder para examinar su trabajo. Allí la mirada no es solamente mirada. Quien mira también evalúa, exige, aprueba o rechaza. Y la persona evaluada puede terminar mirándose desde los ojos de quien la evalúa.

Es aquí donde esta metafísica se encuentra, para mí, con Sartre.

Una de las grandes aportaciones de El ser y la nada ( 1943 ) es su análisis de la mirada del Otro. El otro no es solamente alguien a quien yo miro: es otra conciencia que también me mira. Yo, que vivo como sujeto de mis actos, descubro que aparezco como objeto para otra conciencia.

Ahí surge la vergüenza sartreana. No significa necesariamente haber hecho algo vergonzoso. Es descubrirme siendo objeto para otro. Puedo verme desde unos ojos que no son los míos y llegar incluso a interiorizar esa mirada hasta dudar de mí misma.

Hay algo de mí que se me escapa porque pertenece a la mirada ajena. El otro puede verme como amable o antipática, inteligente o torpe, admirable o incómoda. Pero no puedo entrar en su conciencia para saber exactamente qué soy para él.

Sin embargo, tampoco posee la última palabra sobre mi ser. Puede objetualizarme, pero su percepción no puede convertirme definitivamente en una cosa. Tampoco debo o puedo petrificarlo diciendo: “sé quién eres y sé por qué me rechazas”. Puedo interpretar sus conductas, incluso comprobar diferencias de trato, pero su conciencia tampoco me pertenece.

Y llego entonces a lo que últimamente más me inquieta: el silencio. 

Intento, con mucha dificultad, no responder inmediatamente desde el ego herido. Callar para no devolver separación por separación, rechazo por rechazo.

Pero el silencio duele. Y duele todavía más —no necesita mucha explicación— cuando se es mujer y durante siglos el cuerpo, la palabra y la inteligencia de las mujeres han sido sometidos precisamente al silencio.

¿Callar es entonces represión o puede ser libertad?

No quiero idealizarlo. El silencio puede ser miedo, sumisión, desprecio, castigo e incluso otra forma de poder. Pero también puede ser la decisión libre de no reproducir una relación que considero dañina. “Ofrecer la otra mejilla” no tiene necesariamente que significar aceptar la humillación. Puede significar negarme a devolver aquello que considero que me han hecho.

Opino que Sartre permite aquí una advertencia decisiva: callar ante una mirada que me objetualiza no significa desaparecer como sujeto. El otro puede juzgarme o inferiorizarme, pero no puede reducirme a su percepción. Si no acepto su juicio y elijo libremente callar, no me han silenciado: he elegido el silencio.

Pero también existe el derecho a hablar. Aquella mujer puede señalar serenamente una diferencia de trato y preguntar por qué. Eso no tiene necesariamente que ser una reacción del ego. Puede ser una libertad que establece un límite.

Y ocurre que no pocas veces, ante situaciones humanas muy diferentes, yo he sentido deseos de formular una pregunta todavía más radical: ¿por qué nunca me has mirado como un sujeto? La pregunta adquiere otra dimensión al recordar a Simone de Beauvoir. En El segundo sexo (1949), Beauvoir muestra que otros grupos convertidos históricamente en “Otros” han podido constituirse como un “nosotros” y reclamar reciprocidad; las mujeres, dispersas entre los hombres y ligadas a ellos por múltiples vínculos, han encontrado especiales dificultades para realizar ese movimiento y dejar de ser definidas como lo Otro frente al varón constituido como sujeto. Y dentro de este análisis rápido, entraría la acertada idea de Simone de Beauvoir recordando a Sartre, que no todas las situaciones son iguales, la de ser mujer, históricamente es muy distinta y ello introduce un quiebre en el aforismo ontológico de que todos “estamos condenados a ser libres.”

Sartre, sin embargo, complicaría mi pregunta porque nunca puedo exigir al otro que me perciba únicamente como sujeto. Para su conciencia soy inevitablemente también objeto, como él lo es para la mía. El problema no consiste simplemente en que el otro me mire y me convierta en objeto de su mirada; consiste en que yo termine aceptando esa mirada como la verdad de lo que soy. Ser objeto para el otro forma parte del ser-para-otro; quedar reducida a su percepción es otra cosa. Más allá de esta controversia, y tal vez por eso, estoy aprendiendo a valorar el silencio sin convertirlo en mandamiento. Hay silencios que liberan y silencios que someten. Hay palabras que nacen del ego herido y palabras que nacen de la dignidad. También el silencio puede nacer de cualquiera de los dos.

Lo difícil es distinguirlos y no regresar al ego evaluador bajo la apariencia de libertad. 

Quizás por eso, frente a la mirada del otro, sigo aprendiendo algo: también soy la que me mira.