Podemos suponer que basta con tener los cinco sentidos en buen estado para captar toda las dimensiones que lo real (en cuanto exterior a nuestra sensibilidad) es capaz de comunicarnos. No es ocioso, si deseamos estar seguros, el aplicar rigurosas métricas a todo lo que percibimos. Ancho, extensión o profundidad son capturados en centímetros o pulgadas. El color es identificado con precisión por la colorimetría. Para la densidad de un líquido nos valemos de un picnómetro. Para medidas astronómicas se usa como patrón la constante de la velocidad de la luz en el espacio o la distancia entre el sol y la tierra que pasa a ser la Unidad Astronómica.
Lo que llamamos ciencia es el estudio de todo lo que se puede percibir sensorialmente y medir. Si no es mesurable, no es ciencia. Supone la ciencia que somos capaces de percibir lo exterior a nuestra sensibilidad. Sin negar que en muchos casos se necesita ampliar lo percibido (galaxias lejanas) o captarlo indirectamente (partículas elementales). La concordancia entre lo que percibo y lo que otros perciben, y que dicha percepción pueda ser expresada en medidas, exoneraría, aparentemente, de la pregunta por si realmente conocemos lo externo a nuestros sentidos. Eso es negocio de la metafísica o aún más hondo de la óntica.
Descartes afirmó, como esfuerzo de solución a ese problema, que la primera certeza, fundamento de cualquier otra posible, es sabernos existentes. Y resulta que es tan difícil salirnos de esa verdad solipsista. La modernidad se la juega en esa afirmación. El camino hacia la sensibilidad desde ese sabernos existentes implica -y este es un grave problema- reconocer que Dios no pretende engañarnos con lo que nuestros sentidos nos informan con cierto grado de veracidad. Un gran salto basado en una creencia. ¡Creer por la incertidumbre de lo que los sentidos nos informan! Pero el filósofo congelado por la demanda de la reina sueca de recibir lecciones de filosofía a las 5 de la madrugada nunca se convenció totalmente de la certeza de los sentidos. No en balde fue hechura de los jesuitas.
Dos siglos después de Descartes, Kant zanja parte del asunto indicando que lo exterior a nuestra sensibilidad es noúmeno, es decir, la cosa en sí, y es incognoscible. Los sentidos no son capaces de capturar lo que es externo a la sensibilidad. De lo único que podemos dar cuenta es de lo que los sentidos nos informan, y cómo lo hacen, incluido la espacialidad y temporalidad de lo conocido que supuestamente no es externo a nosotros, a eso es lo que denomina Kant fenómeno.
Estamos por tanto aislados en la intimidad de lo fenoménico. Es una suerte de encantamiento, de conciencia subjetiva. Es comprensible por tanto la afirmación de Levinas en su obra Totalidad e Infinito de que. Nuestro libro (el suyo) busca una salida a esta referencia al ser; referencia en la que uno no está seguro de que se rompa el encantamiento, de que el hombre, en su conocer, no quede encerrado en su conciencia subjetiva, de que su impulso de trascendencia no permanezca encallado, dejando al yo cautivo de sí mismo.
¿Cómo salir de la intimidad de nuestras cavilaciones? ¿Cuál es el modo en que podemos asegurar nuestra certeza en lo que existe más allá de nuestra sensibilidad?
Levinas sostiene que la apertura a lo real no acontece en la intimidad del ego, en las sombras que nuestra mente dibuja. Lo real, lo verdadero acontece en el encuentro con el otro, en el movimiento hacia la alteridad. El cara a cara. Lo explica sintéticamente de la siguiente manera. Nuestro libro (el de Levinas) encuentra la apertura en un movimiento que, de inmediato, es responsabilidad por el prójimo, en vez de asirse a cierto «contenido» de conocimiento que tal vez no es más que la sombra de una presa. O nos encerramos en nuestros egos o nos abrimos al prójimo. El problema se debate entre el solipsismo y la alteridad.
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