En estos tiempos que corren, hijos de la IA (los tiempos), acudimos a la democratización de todo, o de casi todo lo que esta herramienta puede tocar. Cuando un buen día de 2023 —no podemos precisar el día— el buen amigo Roberto Jiménez González, compañero de despacho y, a la sazón, socio en emprendimientos nobles, nos muestra una de las aplicaciones populares de inteligencia artificial, nuestro interés fue moderado. En ese momento atiné a buscar el nombre de nuestro abuelo, Hernán González Roca, por considerar que, del entorno inmediato, era el personaje más relevante. Años más tarde, un alumno de nuestra clase de Protección Contra Incendios (PCI) nos hace un perfil y fue ahí cuando comenzó el idilio con las varias aplicaciones disponibles.
Desde aquella primera experiencia, la evolución ha sido vertiginosa. Aquella curiosidad tecnológica, para algunos de nosotros, se ha convertido en una herramienta capaz de intervenir en la forma en que buscamos información, redactamos, calculamos, proyectamos y, finalmente, aprendemos; o, lo que es lo mismo, en la forma de hacer las cosas.
La arquitectura siempre se ha aprendido haciendo, aunque también mirando, leyendo, dibujando, calculando y, desde luego, equivocándose y volviendo a empezar. El estudiante necesita conocimientos técnicos, pero, sobre todo, necesita desarrollar algo mucho más difícil de enseñar: el propio criterio de diseño. Ese alumno debe aprender a distinguir entre una solución posible y una solución adecuada; entre aquello que simplemente cumple una norma y aquello que, además de cumplirla, constituye una buena respuesta arquitectónica.
Hoy un estudiante puede preguntar a una de las tantas IA cómo resolver un puente térmico, calcular una transmitancia, comprobar determinadas condiciones de evacuación o comparar dos sistemas constructivos. En segundos obtiene una respuesta que antes podía exigir horas de búsqueda. Estamos, sin duda, ante una extraordinaria democratización del acceso al conocimiento. Pero, ojo al dato, el acceso al conocimiento no significa, desde luego, el propio conocimiento, y mucho menos la capacidad para aplicarlo correctamente.
Aquí cambia también el papel del profesor. Ya no tiene demasiado sentido competir con una máquina en la transmisión de información. Nuestra función deberá desplazarse progresivamente hacia otro territorio: enseñar a preguntar, enseñar a contrastar y enseñar a pensar. La IA puede plantear diez soluciones para un mismo problema, pero alguien tendrá que decidir cuál responde mejor al lugar, al clima, a la normativa, a la economía y, fundamentalmente, a las personas; en fin, a la arquitectura. Puede proporcionar un cálculo, pero el futuro arquitecto deberá comprender qué significa ese resultado y determinar si es razonable. También tendremos que revisar nuestra manera de evaluar. Pedir simplemente un trabajo para realizar en casa comienza a ser insuficiente. Habrá que exigir al estudiante que explique sus decisiones, detecte errores, compare alternativas y defienda sus soluciones. Paradójicamente, cuanto más potente sea la inteligencia artificial, más necesaria será una sólida formación de quien la utiliza; esto, para pesar de muchos incautos y aventureros.
La IA ha democratizado las respuestas, pero el conocimiento seguirá siendo de las élites (entendiendo por élite a quien, con su esfuerzo, ha decidido abrazar el conocimiento como causa). Quizá la gran responsabilidad de quienes enseñamos arquitectura sea ahora conseguir que nuestros alumnos aprendan a construir las preguntas y, sobre todo, a tener criterio para juzgar las respuestas.
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