"Lo que Sevilla te da, no te lo quita nadie" — Cantante de flamenco Juan Peña, "El Lebrijano"

Acabo de regresar a Santo Domingo después de pasarme dos meses con mi mamá en Sevilla. Fui a Sevilla porque, como siempre he estado enamorada de esa ciudad, aproveché que estoy de sabático para regalarme un retiro para escribir y pasear en la ciudad. Ya el estar de sabático en la academia estadounidense es un privilegio inmenso. Poder usarlo para trabajar en mis proyectos y pasar tiempo con mi mamá en un sitio que me encanta lo es más aún. Y aun así, Sevilla me sorprendió. Escribí mucho y paseamos bastante, pero eso no es lo más importante que traigo de Sevilla. Sevilla me sorprendió porque lo que me regaló fue algo distinto: recordarme cómo cultivar permanente y deliberadamente la alegría.

Siendo del Caribe y especialmente siendo dominicana pensaba que cultivar la alegría era nuestra especialidad. Nuestro pueblo es alegre, amable y generoso; tanto que estas cualidades se han convertido en uno de los mayores atractivos para los millones de turistas que nos visitan cada año. Incluso a pesar de las tremendas dificultades con las que vive la mayoría de nuestra gente por la inmensa deuda social que todavía tenemos, usa esa alegría de vivir para sortear las situaciones más difíciles.

En otras palabras, somos una de las culturas centradas en la alegría en la tipología desarrollada por el sociólogo Miguel Basáñez analizando encuestas de opinión pública de todo el mundo. De acuerdo con este diplomático y académico mexicano, en este tipo de sociedades lo más importante son las relaciones personales, mientras que en las culturas centradas en los logros se privilegia el avance económico y las centradas en el honor enfatizan la autoridad política. La idea en sí no es nueva y en otras obras se plantea con nombres diferentes: las culturas orientadas a las tareas versus las orientadas a las relaciones personales o las culturas centradas en el trabajo versus las que priorizan el placer y el ocio.

Pero la tipología de Basáñez me parece más precisa. La alegría, los logros y el honor no son solo prioridades, son formas de organizar la vida y el mundo. Conocí su tipología gracias a su hija, la psicóloga Tatiana Basáñez, cuando fue mi colega en Pomona College. Y desde entonces me ha ayudado a dar sentido al enorme contraste que siento entre mis dos mundos: mi natal República Dominicana, en la que paso el verano y la Navidad, y los EE. UU., donde trabajo como catedrática durante el año académico. Claro que siempre hay que tener cuidado con estas tipologías porque pueden ser utilizadas para denigrar unos pueblos y poner en un pedestal a otros. Sin embargo, si tenemos el cuidado suficiente nos pueden ayudar a identificar lo que nos haría bien aprender y desaprender de nuestra propia cultura y de las demás. Por ejemplo, estos dos meses en Sevilla me ayudaron a recordar que una de las cosas que más aprecio de la cultura dominicana y que más falta me hace cuando estoy en EE. UU. es precisamente ese cultivar constantemente la alegría y priorizar el tiempo que pasamos con la gente que queremos.

Y es que en Sevilla el cultivo de la alegría no solo es constante sino deliberado y con un nivel de dedicación que compite hasta con el nuestro. En Sevilla, como en nuestro país, la gente organiza su vida y su calendario en base a las ocasiones para celebrar. Así como en República Dominicana ya estamos pensando en las vacaciones de Semana Santa desde que termina enero, en Sevilla no bien finaliza la Semana Santa la gente está preparándose para la Feria de Abril. Así como en nuestro país la gente pone el arbolito en octubre para alargar la Navidad lo más posible, en Sevilla la gente pasa el año entero planificando su participación en las cofradías de la Semana Santa. Así como en nuestra media isla mucha gente espera todo el año para vestirse de los colores de su equipo y gozar en el play, así hay gente en Sevilla contando los días para el próximo partido de fútbol de su equipo. Así como muchos grupos portadores de tradiciones dominicanas se preparan todo el año para salir en carnaval o en Semana Santa, así mucha gente en Sevilla ahorra para comprarse traje nuevo para bailar sevillanas toda la noche en la Feria o para adquirir los mejores boletos en la Plaza de Toros, como hace uno de los muchos taxistas con los que conversamos. (Esta tradición es la que más controversia genera y confieso que no me interesé en irla a conocer).

Sevilla es la primera ciudad fuera del Caribe, además de Nueva Orleans (que para muchas personas es una extensión del Caribe en los EE. UU.), donde he visto el arte de cultivar la alegría de manera tan deliberada. Y no es que no se haga en el resto de España. Las y los españoles encabezan las encuestas europeas en lo que respecta a la importancia que le dan a la amistad y a socializar en general, y en sus redes de apoyo cuentan especialmente con su familia y sus amistades, según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas. Sin embargo, como atestiguan incluso personas del resto de España, como el chico madrileño con el que conversé en la caseta feminista La Marimorena en la Feria de Abril, las y los sevillanos parecen disfrutar su ciudad y su gente a otro nivel.

El hecho de que la ciudad es hermosa con ganas ayuda bastante. Sevilla cuenta con una historia y una arquitectura absolutamente fascinantes. La catedral de Sevilla, que es la mayor iglesia gótica del mundo, es impresionante y se encuentra a poca distancia de la famosa Torre del Oro, la única edificación de la época islámica todavía en pie. En la ciudad se conjugan, como pasa en otros lugares en Andalucía, el pasado árabe, judío y cristiano. Pero, además, se combinan con el legado de la riqueza inmensa de la que se benefició Sevilla por ser puerto de entrada de los tesoros arrebatados a las poblaciones indígenas del llamado Nuevo Mundo. Caminar al lado del río Guadalquivir (en árabe, "río grande"), como pude hacer varias veces, llena las piernas de salud y los ojos de la luz reflejada en el agua a diferentes horas del día. Por eso el escritor Antonio Gala usó su buen humor para declarar que: "Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo; lo peor es que puede que tengan hasta razón".

La belleza de Sevilla también ayuda a cultivar la alegría en la vida cotidiana, como vimos tantas veces en los bares y restaurantes en toda la ciudad y en especial en la Alameda de Hércules, el área donde nos quedamos. Mami y yo también entramos en ese ritmo sevillano libre y relajado y creamos nuestra propia rutina de pequeños placeres diarios: sentarnos en la Alameda a leer o tomarnos una cañita, ir al café donde yo iba a escribir y mami se sentaba a leer o romper a conversar con la pareja que se nos sentó al lado (él francés, ella mexicana) mientras miraban a su niña jugando en uno de los parques infantiles de la Alameda. Este cultivo constante de la alegría pasa hasta por el propio cuerpo, como me admitió el joven madrileño que les mencioné ("aquí la gente es muy fresa, van todos elegantes siempre por la calle"), y nos explicaba la guía sevillana de padre y madre bolivianos que nos mostró la judería de la ciudad: "es que en Sevilla nos vestimos para impresionar".

Sin embargo, la Feria de Abril es la manifestación máxima del cultivo de la alegría en Sevilla. Igual que la Semana Santa en la ciudad, la Feria me impresionó no solo por sus colores y su tamaño sino porque es el resultado de la recreación constante de tradiciones de generación en generación. Creada en 1847 como una feria de venta de ganado, la Feria de Abril tuvo sus primeras casetas (puestos con paredes y techos de tela) simplemente para que la gente pudiera protegerse del sol. Casi dos siglos después, las casetas se han convertido en lugares amplios llenos de sillas y comida donde las familias y las amistades se reúnen todos los años para beber, bailar sevillanas hasta el amanecer y celebrar. Las mujeres se visten de flamencas con vestidos, mantillas y flores en la cabeza, y los hombres se visten de traje y se ponen pines de la Feria.

A pesar de ser una tradición tan antigua, gran parte de las personas son jóvenes, como el grupo de cuatro chicas que tomó el tren en el que estábamos ya vestidas desde Córdoba, o las que lo hacen desde Madrid y otros lugares de España para volver en el primer tren de la mañana siguiente. La Feria de Sevilla es tan famosa que también llega gente de diferentes países específicamente para verla. La de este año, por ejemplo, tuvo 2,5 millones de visitantes durante toda la semana, generó 1000 millones de euros para la ciudad con más de un 80 % de ocupación de los hoteles.

Cuando fuimos a juntarnos con nuestra nueva amiga Dolo en la caseta feminista La Marimorena el martes de la Feria pudimos ser testigos del mar de gente que atrae. No veía tanta gente junta desde el concierto histórico con aguacero de fin del mundo de Juan Luis. Y que conste que la gran mayoría de las casetas son privadas, una tradición que diferencia a Sevilla de otras ciudades andaluzas y que todavía genera controversia porque refleja el carácter exclusivo que instauró el duque de Montpensier, y ya la gente no cabe en las pocas casetas públicas que hay.

A pesar de la controversia, la Feria sigue siendo una celebración fuera de lo común. Es tan descomunal que nos tomó más de una hora conseguir un taxi para llegar esa noche. Y cuando finalmente lo conseguimos fue porque lo compartimos con nuestra nueva amiga Pía, una chilena, y nuestro nuevo amigo John, un estadounidense; ambos migrantes ya convertidos en sevillanos con mucho tiempo viviendo en la ciudad. En el camino íbamos bromeando con la taxista, una cantante también sevillana llamada América, por el simbolismo del viaje: Chile, Estados Unidos y República Dominicana, tres lugares distintos de América, unidos en nuestro deseo de celebrar a Sevilla junto con su gente.

Espero que el Lebrijano tenga razón. Espero que nunca se me quite esta lección que me recordó Sevilla de cultivar la alegría permanentemente.

Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría
Sevilla o el cultivo permanente de la alegría

Esther Hernández-Medina

Doctora en sociología

Es una académica, experta en políticas públicas, activista y artista feminista apasionada por buscar alternativas para garantizar el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los grupos marginados de todo tipo en la construcción de políticas públicas y sociedades más inclusivas. Es Doctora en Sociología de la Universidad de Brown, egresada de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y egresada de la Licenciatura en Economía (Summa Cum Laude) y de la Maestría en Género y Desarrollo del INTEC universidad donde también fue seleccionada como parte del Programa de Estudiantes Sobresalientes (PIES). Su interés en poner las instituciones y políticas públicas al servicio de la ciudadanía, la llevó a colaborar en procesos innovadores como el Diálogo Nacional, la II Consulta del Poder Judicial y el Programa de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres (PIOM) en la década de los ’90 y principios de la siguiente década. Años después la llevaría a los Estados Unidos a estudiar la participación ciudadana en políticas urbanas en la República Dominicana, México y Brasil y a continuar investigando la participación de las mujeres y otros grupos excluidos en la economía y la política dominicana y latinoamericana.

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