Poco tiempo después de haber ingresado a la Licenciatura en Filosofía Pura ocurrió la Revolución de Abril. Al año siguiente me reintegré, como el resto de los estudiantes, a la UASD, donde terminaría recibiendo clases de dos filósofos de gran prestigio: Andrés Avelino hijo y Francisco Antonio Sánchez, a quien la profesora Ivelisse Prats Ramírez llamaba cariñosamente «tío Tongo». Yo había leído ya El ser y la nada, como puede leerlo una persona tan joven: con entusiasmo, con asombro y también con la dificultad propia de una obra tan profunda. Simultáneamente, me interesaba mucho Krishnamurti, y nunca imaginé que el profesor Juan Francisco Sánchez, hombre de reconocida solidez filosófica, sería mi maestro y, además, quien, con delicadeza y respeto, me llevaría a su casa para mostrarme sus libros, sobre todo los de aquel pensador oriental. En mi biblioteca conservo todavía muchos libros sobre Krishnamurti, entre ellos uno que él me prestó y que, por una mala costumbre juvenil, nunca le devolví.

Después de haber tomado con él una asignatura —si mal no recuerdo, de Ética—, a la que yo llegaba a veces todavía con la grasa de un pastelito devorado a toda prisa para no faltar a mi compromiso con la clase, supe de su muerte. Muchos años después, ya como antigua alumna suya, publiqué la antología Filosofía dominicana: pasado y presente, donde reuní trabajos de filósofos de distintas épocas: Andrés Avelino padre, Estervina Matos, pensadores que han dialogado con el existencialismo de Sartre, y también textos de Sánchez, entre ellos uno sobre el existencialismo y otro sobre Krishnamurti. Volver hoy a esos escritos no representa para mí un simple ejercicio académico; es también, en el caso de mi profesor, una manera de recordarlo con respeto y con nostalgia, y de reconocer la profundidad de pensamiento de un filósofo dominicano cuya estatura considero notable.

En Filosofía dominicana: pasado y presente, si hay un texto de particular interés para la historia intelectual dominicana, es el titulado «A propósito del existencialismo». Su importancia no radica solo en que aborda a Heidegger y a Sartre, sino en que muestra cómo fue leído el existencialismo desde la República Dominicana en un momento todavía cercano a las grandes crisis del siglo XX. En cambio, Rosa Elena Pérez de la Cruz (1976), Duleydis Rodríguez Castro (2013) y Lusitania Martínez (2026), también dominicanas y mujeres, lo hacen desde una época más reciente, siendo ya testigos de un desarrollo más amplio del pensamiento sartreano, antes e incluso después de la muerte del filósofo.

Uno de los aciertos del ensayo de Sánchez consiste en comprender que el existencialismo no surgió como una simple moda intelectual, aunque Sartre, en cierto sentido, también llegara a convertirse en una moda. Sobre todo, en 1945, terminada la guerra, cuando, ante un salón abarrotado, entre aplausos y expectación, pronunció una conferencia difícil pero esclarecedora que más tarde sería publicada como El existencialismo es un humanismo. En ella tuvo que responder a una serie de calificativos que le eran adjudicados, sobre todo desde sectores burgueses y cristianos, y que reaparecen en casi todos los críticos del existencialismo: nihilismo, pesimismo, sordidez. Sartre también se volvió una figura de moda por razones biográficas, intelectuales y políticas: por el rechazo del Premio Nobel en 1964, otorgado por su autorretrato Las palabras, por su largo y no contingente vínculo con Simone de Beauvoir —todavía hoy admirado, al menos por mujeres y hombres—, y por sus firmes intervenciones políticas. Incluso algunas de sus fórmulas se popularizaron de manera superficial: «el hombre es una pasión inútil», «el infierno son los otros». Se convirtieron en expresiones de fácil consumo, a pesar de que son formulaciones breves que solo adquieren su sentido dentro de una ontología y una fenomenología complejas, rigurosas y coherentes, construidas a partir de un largo trabajo de pensamiento.

Sánchez, sin embargo, ve con claridad que se trata de una filosofía nacida en una época de quiebra, de angustia y de pérdida de certezas. Y, aun siendo crítico de Sartre, no se limita a repetir tópicos, sino que intenta penetrar en el corazón de una filosofía que impresionó y conmovió profundamente el pensamiento del mundo, no solo europeo sino también latinoamericano. Además, aunque con evidente simpatía hacia Heidegger, no se equivoca al distinguir entre ambos autores, lo cual es importante, porque muchas veces han sido confundidos. Advierte que Heidegger está más concentrado en el problema del ser, mientras que Sartre desplaza la reflexión hacia la existencia humana concreta, la libertad, la elección y la angustia, aunque, a mi juicio, no alcanza a ver plenamente las implicaciones políticas de esta diferencia, implicaciones que, según pienso, favorecen a Sartre.

Juan Francisco Sánchez lee a Sartre desde una exigencia de fundamento trascendente o esencial que Sartre precisamente rechaza. Por eso interpreta la tesis «la existencia precede a la esencia» casi como si implicara irracionalidad, en un sentido cercano al del marxista Georg Lukács, quien calificaba al existencialismo como un asalto a la razón. Pero en Sartre, aunque se mantenga una cierta soberanía de la conciencia, y aunque en esto se distinga de Heidegger, esa tesis no significa que el hombre carezca de sentido, sino que no posee una naturaleza prefijada de antemano. El ser humano no está hecho: tiene que hacerse.

El ensayo de Sánchez formula también otra crítica reiterada, y que he señalado en otras ocasiones, frecuente entre los opositores de Sartre, cuando se interpreta su afirmación de que «estamos condenados a ser libres». Es un desacierto presentar la libertad sartreana como si fuera una libertad abstracta, desligada del mundo real y de lo que se puede llamar lo fáctico. Ahí se pierde una idea central en Sartre: la situación. El ser humano no elige en el vacío, sino dentro de condiciones concretas, entre límites, resistencias, pasado y vínculos con otros. Sin esa dimensión —que no elegimos, pero que puede ser superada o reinterpretada— la crítica a Sartre resulta incompleta. Muchas veces se lo ha simplificado, midiéndolo con categorías ajenas a su propio proyecto filosófico.

También es discutible que el autor reduzca el pensamiento sartreano a una filosofía del pesimismo. Es cierto que Sartre habla de la angustia, de la nada, de la muerte, del fracaso y de la «pasión inútil», pero su pensamiento no se agota ahí. También hay en él responsabilidad, autenticidad y un esfuerzo por pensar una ética sin apoyarla en Dios ni en una esencia humana fija. En Sartre, algunas de estas categorías adquieren incluso mayor relevancia que en Heidegger, para quien, por ejemplo, el horizonte de la muerte ocupa un lugar más decisivo que el de la libertad y la vida como tarea.

Aun con mis discrepancias, considero que el texto de Juan Francisco Sánchez conserva valor e interés histórico e intelectual. Muestra que en el pensamiento dominicano hubo un intento serio de dialogar con corrientes filosóficas complejas de su tiempo, y eso ya merece atención. Releer hoy ese ensayo, junto con los textos de las autoras mencionadas, de Avelino padre, de Estervina Matos y de otros pensadores, permite ver no solo cómo se entendió a Sartre en nuestro medio, sino también cómo se configuró la recepción dominicana del existencialismo: una recepción inquieta, crítica y filosóficamente comprometida. Incluso permite reconsiderar a Heidegger, a quien, pese a su resistencia, seguimos situando en el horizonte existencialista, más allá de lo que afirma en su conocida Carta sobre el humanismo, en diálogo implícito con El existencialismo es un humanismo de Sartre.