Cuando pensamos en diplomacia, solemos imaginar embajadas, cancilleres y cumbres entre jefes de Estado. Sin embargo, algunos de los instrumentos más poderosos de influencia internacional no están en los palacios de gobierno, sino en los escenarios, las bibliotecas, los museos y los espacios donde los pueblos cuentan sus historias.

Para concluir la maestría en Diplomacia y Servicio Consular en el Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC), desarrollé una investigación sobre diplomacia pública y el papel que la educación, la cultura y el voluntariado pueden desempeñar en la proyección internacional de la República Dominicana. El trabajo propone un modelo sustentado en esos tres pilares complementarios. Hoy quiero detenerme en uno de ellos: la cultura.

Durante décadas hemos entendido la cultura principalmente como patrimonio, entretenimiento o identidad nacional. Todo eso es verdad, pero incompleto. La cultura es también una herramienta estratégica de política exterior. Los países que mejor se han proyectado al mundo comprendieron hace tiempo que la influencia no depende solo del tamaño de la economía ni del poder militar. Depende, sobre todo, de la capacidad de inspirar, conectar y generar admiración.

España tiene el Premio Princesa de Asturias. Suecia entrega los Premios Nobel. Francia cultiva desde hace siglos reconocimientos culturales y académicos que trascienden sus fronteras. Estos instrumentos no se limitan a celebrar la excelencia: convierten a esos países en puntos de referencia de la conversación global.

Una pregunta inevitable es: ¿qué podría hacer la República Dominicana?

No partimos de cero. Nuestro país ya acoge importantes eventos internacionales en sectores como el turismo, los negocios, el deporte y la cooperación internacional. Contamos con una ubicación privilegiada, una creciente conectividad aérea, infraestructura hotelera de primer nivel y una reconocida capacidad para organizar encuentros regionales e internacionales. El desafío no consiste en crear capacidades nuevas, sino en ponerlas al servicio de una visión estratégica de largo plazo.

Quizás la respuesta no sea competir por tener la industria cultural más grande. Nuestra oportunidad es otra: convertirnos en el lugar donde el Caribe se encuentra consigo mismo.

Imaginemos por un momento una Santo Domingo consolidada como capital cultural del Caribe insular. Una ciudad que cada año recibe a escritores, artistas, músicos, investigadores, líderes juveniles e innovadores sociales de Jamaica, Haití, Cuba, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Barbados y las demás naciones hermanas de la región.

Lejos de diluir nuestra identidad nacional, una apuesta de esta naturaleza la fortalecería. Cada encuentro, premio, festival o reconocimiento regional ofrecería una oportunidad para mostrar al mundo lo mejor de la República Dominicana: nuestro merengue y nuestra bachata, nuestra literatura, nuestro patrimonio histórico, nuestro carnaval, nuestra gastronomía y la creatividad de nuestra gente. Ser anfitriones del Caribe no significaría ocupar menos espacio, sino convertirnos en la puerta de entrada para conocer la riqueza cultural de toda la región.

Imaginemos un Premio Anacaona de las Artes del Caribe, destinado a reconocer a quienes enriquecen el patrimonio cultural de nuestras islas. Un Premio Enriquillo al Liderazgo Caribeño, que destaque a educadores, defensores ambientales, constructores de paz y líderes comunitarios. Una Orden de las Antillas otorgada a personalidades que hayan contribuido de manera excepcional al entendimiento y la cooperación entre los pueblos caribeños. Un Salón Caribeño de la Ciudadanía que celebre cada año a voluntarios, organizaciones sociales y jóvenes que transforman sus comunidades.

Imaginemos, además, que cada uno de estos espacios incorpore de forma protagónica expresiones culturales dominicanas, convirtiendo cada visita, cada ceremonia y cada encuentro en una oportunidad para descubrir lo mejor de nuestro país. Quien llegue para celebrar al Caribe terminará conociendo también a la República Dominicana.

Algunos dirán que estas ideas son apenas simbólicas. Pero los símbolos tienen un poder enorme. Los países no solo son recordados por lo que producen o exportan; también son recordados por aquello que deciden honrar.

Y el Caribe tiene mucho que honrar.

Tenemos una riqueza cultural extraordinaria, historias de resistencia, creatividad y diversidad únicas en el mundo. Tenemos escritores, músicos, científicos, educadores y líderes sociales cuyo impacto trasciende sus fronteras nacionales. Lo que no tenemos son suficientes espacios regionales permanentes para reconocernos mutuamente, dialogar desde nuestras similitudes y diferencias, y construir una narrativa compartida sobre quiénes somos y hacia dónde queremos avanzar.

La República Dominicana reúne condiciones privilegiadas para ayudar a llenar ese vacío. Nuestra ubicación geográfica, nuestra conectividad, nuestra estabilidad relativa y nuestra creciente presencia internacional nos permiten aspirar a algo más que ser un destino turístico o un centro logístico. Podemos convertirnos en una plataforma de encuentro para las ideas, los talentos y las aspiraciones del Caribe.

A ello habría que sumar el papel de nuestra diáspora. Millones de dominicanos proyectan diariamente nuestra cultura desde ciudades como Nueva York, Madrid, Miami, Boston o San Juan. Una estrategia de diplomacia cultural inteligente debería ver en ellos aliados naturales para fortalecer la presencia y el reconocimiento de la República Dominicana en el mundo.

No se trata de protagonismo. Se trata de servicio.

Los países ejercen liderazgo de muchas maneras. Algunos lo hacen mediante el poder económico. Otros mediante el poder militar. Los más admirados suelen hacerlo creando oportunidades para que otros brillen.

Los países dejan huella no solo por aquello que producen, sino también por aquello que deciden celebrar. Quizás esa sea una de las contribuciones más valiosas que la República Dominicana puede ofrecer en las próximas décadas: ayudar al Caribe a contar mejor sus historias, reconocer a sus héroes y celebrar sus talentos.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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