«¿Por qué empuja, ¿qué no ve que no cabemos? Si será grosera, muévase, aún tiene espacio. Por su culpa le acabo de pegar a una embarazada en la panza. Los viejos se creen que sus arrugas le dan derecho a todo». Estas voces eran más que murmullos en el vagón de las 8:15, que nos llevaba al centro de París.

Por cierto, Los murmullos fue el nombre que eligió Juan Rulfo. La leyenda cuenta que Alí Chumacero le sugirió llamarla como el protagonista, Pedro Páramo. En estos días crispados, gracias a los alaridos guerreros de otro cacique, sería mejor recordar que hace cuarenta años, un 7 de enero de 1986, moría Juan Rulfo. Sí, Rulfo moría aquejado por la nostalgia y el cáncer; maltratado por los halagos hipócritas de sus colegas y por los muchos cigarros que pasaron por sus manos. Rulfo, quizás sin proponérselo, se instaló en el Olimpo de las Letras con solo un par de libros y, esto, el mundillo intelectual no pudo, no quiso perdonarlo.

Los muertos descritos por Rulfo son más amables, pensé, hablan con una tristeza tranquila: «No, no es ella. Viene de más lejos, de por este otro rumbo». Yo tampoco sabía de dónde venían esos insultos, lo único cierto era el tono: «Si pudiera, ¡le cortaría el pescuezo!». Con mi habitual propensión al fatalismo, imaginé una avalancha de golpes, con que no me toquen a mí, me dije, egoístamente resignado. Sin embargo, llegamos a la-Place-de-no-me-acuerdo sin que los insultos pasaran a algo más concreto.

Nosotros también íbamos amontonados, íbamos bajo tierra sin poder ver de dónde salían las voces. Solo podíamos ver espaldas o pies sin cuerpos, costaba girar la cabeza y además, para qué… Sentíamos demasiado calor, queríamos desnudarnos de chamarras, abrigos, bufandas; no aguantábamos el contacto pegajoso del vecino. Hasta llegué a envidiar a los de Comala, a ellos el calor del más allá les provoca un frío inusitado: «Muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija».

Las voces terminaron por desaparecer, pero aquellos cinco minutos parecieron eternos. Como eterna fue la molestia que sintió Juan Rulfo cada vez que le preguntaban para cuándo su nueva novela. Pronto, decía con fastidio, ¿por eso evitaba las entrevistas, los congresos, la vida pública? ¿Se habrían calmado esas mujeres, se habrían bajado en Saint Lazare, donde los bultos parecen hormigas, pero hormigas desordenadas?

«Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados», aconseja uno de los personajes en Pedro Páramo. La autoridad del metro debería de poner anuncios similares: Imagine algo bonito porque esto puede durar más de lo esperado. Agradecemos su comprensión…

En lugar de esto, hay letreros ubicuos en francés, inglés, español, italiano, alemán, chino y etcétera, que nos recuerdan descender con nuestras pertenencias. Una mochila sin dueño desata la paranoia terrorista, lo que significa la aparición del escuadrón anti-bombas, unos tipos vestidos como astronautas que agarran (con pinzas) el bulto olvidado, lo destruyen esperando que no vaya a explotar, porque ya ha pasado y mientras tanto, los demás, replegados en el otro extremo, maldicen a gritos por el tiempo que pasa: Piense en cosas agradables, la vie est belle…

Para finalizar, me gustaría aludir a uno de mis relatos favoritos del jalisciense: Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. […] es un aire negro. ¿Será igual de negro el aire que se respira en el transporte público? No piense en el perfume que intenta (sin éxito) ocultar la falta de ducha, ignore los trapos que anuncian destellos de curry, picante o queso camembert. Mejor imagine el aroma del ánimo popular. Tal vez la negrura está en los ojos, por eso no podemos ver al otro. Acaso pensamos que los demás son fantasmas y nos exaltamos si alguien quiere entrar, si reclama su lugar o si tan solo, pide permiso para salir. Sin duda exagero, pero hay que sazonar el relato.

Vine al metro porque me dijeron que acá así se mueve la gente…

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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