Conocí la falta de esperanza con respecto a la República Bolivariana de Venezuela desde antes de que nadie denunciara el régimen que le cambió el nombre a la nación. En el año 1999, cuando no habían empezado grandes cambios, hablando con una caraqueña que terminaba sus estudios en la Universidad de Georgetown, ella me comentó que el mejor orientador profesional que había tenido era Hugo Chávez, porque ahora le quedaba claro que no podía regresar a su país natal en el futuro cercano.

En estos veintiséis años he visto aumentar de manera significativa el número de disidentes internos y externos. Internamente han surgido creadores de contenido que ilustran de manera fehaciente los horrores que se pueden vivir (algunos han sido apresados y llevado sus casos a cortes internacionales). La tasa de crecimiento poblacional se ha ido reduciendo drásticamente. Literalmente, la gente no tiene ganas de seguir reproduciéndose allí. Externamente, dirigentes políticos extranjeros que sentían simpatía por los ideales y la capacidad de gestión de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro se han ido sumando a la voz de la caraqueña que escuché hace tanto tiempo.

Por supuesto hemos visto cómo los disidentes internos se han convertido en migrantes, al punto que hoy el número oficial de venezolanos en el extranjero casi alcanza los ocho millones. Si en el siglo XX se puso de moda la expresión fuga de cerebro, hablando primero de los talentos europeos que se desplazaron hacia los Estados Unidos como consecuencia de las guerras mundiales, ahora la fuga parece ser de todos los órganos del cuerpo. No se trata únicamente de Moisés Naím y algunos de sus dando clases en universidades norteamericanas o trabajando como consultores para gabinetes de asesoría financiera. Se trata de promotoras comerciales e instructores de deportes en República Dominicana, de casi todos los puestos de servicios del turismo en España y de cientos de humoristas que cuentan sus experiencias de manera catártica para los compatriotas exilados y, del tiro, muchas otras personas que hablamos español. George Harris hace giras internacionales exitosas, aunque haya tenido problemas en Chile. En España hay tantos, que varios tienen presencia en redes para aumentar la venta a sus espectáculos de trovadores modernos.  Aunque consta que Iván Aristiguieta hacía espectáculos de chistes desde antes de irse de su país ¡a Australia!, donde ahora hasta se burla de las inconsistencias del inglés, es indudable que algunos de ellos habrán empezado en estas lides porque esta era una de las actividades a las que podían dedicarse sin tener que iniciar procesos de validación de diplomas. Por haber cómicos dentro de la diáspora venezolana, hay uno que hasta es tartamudo. Ante el más reciente dime y direte entre Trump y Maduro, ya sacaron una musicalización. Uno de ellos, Ricardo del Búfalo, explica que se trata de una particularidad caribeña de cantar y bailar al son de la tristeza.

A todos ellos y a nosotros que nos reímos con sus historias nos va bien, pero me queda la pregunta: Con toda esa alegría fuera del país ¿Cómo se van a hacer los que están dentro?

Jeanne Marion Landais

psicóloga y escritora

Jeanne Marion-Landais cuenta con una experiencia profesional importante en el mundo financiero y diplomático. Ha vivido en Estados Unidos, Francia y República Dominicana y su mirada al mundo está permeada por sus vivencias en estos países. A título voluntario colabora desde el 2014 con El Arca, asociación en torno a la discapacidad intelectual. Es madre de dos hijos.

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