Por muchos años trabajé en la frontera de la República Dominicana, y durante cuatro de ellos viví en Dajabón. Allí conocí de cerca a los niños haitianos  que dormían a la intemperie en los parques y calles del pueblo. No eran cifras ni titulares: eran nombres, rostros, heridas, historias suspendidas. Eran niños a quienes la vida les había negado casi todo, excepto la capacidad de sobrevivir.
Fue desde esa realidad concreta que, junto a un equipo de colaboradores, fundamos el Hogar de Cristo, en Dajabón, y Lakay Jezi, en Wanamint. Durante unos siete años, estos hogares brindaron un espacio seguro, acompañado y digno para decenas de niños. Muchos lograron reencontrarse con sus familias; otros, ya adultos, trabajan hoy con honestidad en el mercado fronterizo, ganándose la vida con esfuerzo y dignidad. Todos demostraron que bastaba muy poco para avanzar: un techo, afecto y una oportunidad.
Una de las lecciones más profundas de aquella experiencia fue comprobar que los prejuicios sociales contra estos niños no resistían el contacto con su humanidad. Lejos de ser una amenaza —como algunos discursos intentan presentarlos— eran niños capaces, responsables y profundamente agradecidos. La limpieza y el orden del hogar eran responsabilidad suya; ellos mismos lo organizaban todo. Cada visitante salía admirado.
Nombramos el proyecto Hogar de Cristo inspirados en un pasaje del Evangelio que afirma: “Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge” (Mc 9, 36-37). Más allá de la fe, ese mensaje revela una verdad universal: el trato que damos a los más frágiles define la estatura moral de nuestra sociedad.
Por eso preocupa cuando desde espacios de opinión pública se apuesta por discursos que reducen a estos niños a una categoría amenazante, casi deshumanizada. La mayoría de niño haitianos que cruzan la frontera no lo hace por elección. Huyen del hambre, de ambientes familiares destruidos, de la violencia estructural que no distingue nacionalidades. Presentarlos como un riesgo social solo alimenta el miedo y el rechazo hacia quienes ya cargan con demasiadas heridas.
La vulnerabilidad no es un delito. Es un llamado. Y una sociedad madura responde a ese llamado con políticas de protección, no con estigmatización. Con oportunidades, no con discursos que endurecen el corazón colectivo. Con empatía, no con indiferencia.
Estigmatizar a la niñez en situación de calle no solo los hiere a ellos: nos hiere como país. Nos deshumaniza. Nos vuelve más fríos, más indiferentes, más temerosos. Cuando un editorial decide ignorar esta dimensión y promover una mirada endurecida hacia los más indefensos, renuncia a contribuir a la construcción de una sociedad más justa y más compasiva.
Hoy, más que nunca, necesitamos reconocer a estos niños como lo que son: víctimas, no culpables; seres humanos con potencial, no amenazas; sujetos de derechos, no estereotipos. Abrirles oportunidades es abrirnos un futuro como nación capaz de responder con humanidad donde otros ven solo riesgo.
Cuidar a la niñez vulnerable no es un gesto de caridad: es una obligación ética, social y civilizatoria. Y es, además, la única forma de romper los ciclos que producen exclusión, violencia y pobreza.
Si un país se mide por cómo trata a los niños, entonces todavía estamos a tiempo de elegir ser mejores.

Mario Serrano Marte

Representante Nacional UNFPA

Mario Serrano Marte, representante nacional de UNFPA República Dominicana, posee una maestría en Sociología y una licenciatura en Filosofía y otra en Teología. Fue miembro de la Compañía de Jesús, congregación religiosa fundada por San Ignacio de Loyola.

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