
El Instituto Nacional de Coordinación de Trasplantes (INCORT) es un organismo poco conocido, y peor comprendido, del sistema de atención e intervención médica, pública y privada, de nuestra patria dominicana. Y escribo este testimonio porque soy un beneficiario de esta organización solidaria de la sociedad moderna. Soy trasplantado y llevo 8 años con un riñón donado por una sobrina de cariño en el Hospital General Plaza de la Salud por un equipo dirigido por el Dr. José Juan Castillos.
Por tanto, participar en la celebración de “Ámbar” del INCORT –cómo se denominan los 28º aniversarios–, me retrotrajo a una reflexión de la “esclavitud” de mi condición renal iniciada cuando en mi segundo año de Economía (Y hace más de medio siglo que me gradué), el Dr. Manuel Morrillo me extirpó el riñón derecho “porque dejó de funcionar”. Durante mi periplo de estudios, me traté en Lima y Chicago. A Cuba viajé por mi condición de ser representante por la Asociación de Industrias de República Dominicana en el Consejo del Instituto Dominicano de Seguro Social, porque en el país no había equipo para aplicarme la litotricia extracorpórea. Después de regresar, al tiempo, hube de pasar cinco veces por ese procedimiento cuando nos pusimos al día en ese aspecto de pulverizar los cálculos renales por ondas de choque.
En verdad: la noche del 11 de agosto –el día del INCORT– viví a plenitud mis 8 años de renacido, por lo que presento estas Divagaciones para que la sociedad alcance el nivel de conciencia de España… dónde los donantes superan a los receptores domésticos y están dirigiendo los órganos disponibles gratuitamente a los países vecinos por avión, antes de que pierdan utilidad. Internacionalizándose la solidaridad.
¡Vive la vida! ¡Ama la vida! ¡Regala vida!
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