Otras de las frases populares que formaban parte de aquel inagotable repertorio de historias, consejos y observaciones de mi abuela era “los escrúpulos de María Gargajo”.
La frase se utilizaba para describir a quienes se escandalizan por faltas pequeñas mientras conviven cómodamente con faltas mucho mayores. Personas que encuentran motivos para señalar a otros, pero rara vez dirigen la mirada hacia sí mismas. Gente que convierte la moral en un instrumento de conveniencia y no en un principio de vida.
Quizás por eso pienso que vivimos plenamente en tiempos de María Gargajo.
Lo vemos en la política, donde algunos descubren repentinamente el valor de la transparencia cuando ya no ocupan posiciones de poder. Quienes durante años participaron de un sistema, se beneficiaron de él o guardaron silencio frente a sus defectos, aparecen luego investidos de una pureza casi sacerdotal para señalar a los demás.
Aparece también en el terreno de la comunicación pública. Vivimos una época donde la información rara vez circula de manera neutral. Los hechos son seleccionados, amplificados o minimizados según la utilidad que tengan para quienes los difunden. Lo importante ya no siempre es lo que ocurre, sino la forma en que se cuenta.
Cada sector construye sus propias verdades parciales. Un mismo acontecimiento puede ser presentado como un acto heroico o como una tragedia, dependiendo de quién lo narre. Las redes sociales, los medios de comunicación y los nuevos espacios digitales han multiplicado esa capacidad de moldear percepciones hasta el punto de que muchas veces la discusión pública gira más alrededor de las narrativas que de los hechos mismos.
Y allí aparece, una vez más, María Gargajo.
Porque los escrúpulos suelen activarse únicamente cuando la información favorece al adversario. Cuando beneficia a los propios, la exigencia de rigor, transparencia o equilibrio suele desaparecer con sorprendente rapidez.
Porque los escrúpulos parecen aplicarse solamente a unos pocos.
La misma contradicción puede observarse en la justicia. Durante años asistimos a grandes expedientes de corrupción que ocupan titulares, movilizan emociones y generan condenas sociales anticipadas. Sin embargo, cuando llega el momento de demostrar los hechos ante los tribunales, muchos casos terminan desmoronándose por insuficiencia de pruebas o por incapacidad de construir acusaciones que resistan el rigor de la ley.
No significa necesariamente que la corrupción no haya existido. Tampoco significa que todos sean inocentes. Lo que demuestra es que las redes de poder, influencia y beneficio mutuo se han vuelto tan sofisticadas que muchas veces resultan imposibles de probar dentro de los estándares que exige un Estado de derecho.
Entonces ocurre otro fenómeno igualmente inquietante: quienes fueron señalados regresan al debate público convertidos en referentes morales, utilizando su absolución jurídica como certificado absoluto de virtud.
Y allí vuelve a aparecer María Gargajo.
Porque una cosa es no poder demostrar una conducta y otra muy distinta es que dicha conducta jamás haya existido.
Vivimos tiempos donde las apariencias tienen más valor que los hechos, donde la narrativa suele imponerse sobre la realidad y donde la superioridad moral se ha convertido en una herramienta política tan poderosa como cualquier estructura de poder.
Por eso conviene recordar la vieja frase de la abuela.
No para juzgar a unos u otros, sino para recordarnos que la verdad rara vez pertenece por completo a un solo lado.
En tiempos de María Gargajo, el problema no es únicamente la mentira. El problema es que muchas veces quienes más hablan en nombre de la verdad son precisamente quienes más interés tienen en administrarla.
Y mientras unos compiten por ocupar el pedestal de la pureza, la verdad permanece sola, incómoda y silenciosa.
Porque al final, en tiempos de María Gargajo, el más agraviado no suele ser el culpable ni el inocente.
El más agraviado suele ser quien simplemente está del lado de la verdad.
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