¿Encierra el reciclaje lo efímero o es la manera como hay que entender la cotidianidad en sus objetos, en sus usos? Si somos las cosas que, en su primer uso (y su destino), su esencia es el reciclaje, entonces, ¿no sería lo correcto abordarlo como algo definitivo, asumirlo de forma consciente y terminar quitándole cualquier grado de rechazo, debido a su origen y el nuevo uso que se les da?

De cerca o de lejos, parece que ha de llegarse a la conclusión, individuo o sociedad, que el reciclaje, aborto de la vida moderna, se ha convertido en uso, olvido y presencia por el estatus económico del que, dizque, no “puede”, acceder a un mayor consumo, bajo la premisa de que nunca como ahora ocupa el primer lugar de consumo de nuestra sociedad, sin caer en cuándo, dónde y quiénes son. Es tan así que el reciclaje encierra, envuelve el destino de todo incluido, es decir, el combo que ha de estar presente en cualquier ágape del consumo, pues se compra y se recibe de todo lo imaginable e inimaginable. Hace unos años, en cualquier lugar de esta media isla, en zozobra, cualquiera se encontraba con tiestos de vehículos en el patio, en cualquier camino vecinal, avenida o solar yermo, y cuando menos se esperaba ya tenían un destino, entre la presencia y el olvido, donde se puede argüir la teoría de linaje sagrado del eterno retorno.

Lo mismo pasa con cualquier electrodoméstico traído de fuera (en primer lugar, USA). Se traen enormes basureros de vehículos (chatarras), neveras, lavadoras, licuadoras, exprimidoras, carritos de bebes, muletas, sillas de ruedas y de todos los utensilios inimaginables que crea una sociedad de consumo, a los que no se les da tiempo a “dañarse”, primero tirarlos a la basura allá, recogerlos y luego exportarlos como negocio. Destino: convertirse en una especie de palabra mágica: ABRACADABRA de oscuro linaje espiritual y cultural-económico para el que los trae. De ahí que, nuestras calles, barrios, urbanizaciones de la ciudad de Santo Domingo, Norte, y Oeste y las provincias estén repletas de tiendas y guagüitas y triciclos, calle arriba, calle abajo, con auto parlantes chillones e inoportunos comprando cosas, exhortando a deshacerse de ellas, sacarlas del rincón del olvido, de los hogares, del patio. El fin: conseguir unos pesos y terminar en un depósito y luego a ultramar. Al que los compras y los vendes, unos pesos en los bolsillos y al que los que los exportan, el bojote de papeletas.

Lo mismo pasa con las “tiendas” en las que las venden ropas usadas y “nuevas”. Son exportadas de destinos sospechosos para el que se las pone, llamadas ropa de pacas. Cual pandemonio, casi todas lo son ropas de reciclaje, que el pueblo les llama, irónicamente, a los establecimientos que las distribuyen y venden: Abájate Boutique. En lo que se refiere a los sastres, las modistas, en su nuevo rol, en su generalidad ya no son ni sastres ni modistas, sino… con la nueva manera de producción (perdón ponerlas a la medida del nuevo dueño). De ahí la interrogante: ¿Qué es lo que en este tiempo no está sometido al reciclaje? La escritura, la narrativa ¿acaso la narrativa postmoderna no es reciclaje?), la pintura, el teatro, la poesía, la filosofía, (también este artículo) y la música (que todo lo mezcla y cabe, que es donde radica su llamado subversivo (erótique y seudomístico) a los sentidos de la diversidad racial). Mientras con más ojos avizor de transgresor lo practicamos, las bailamos, la disfrutamos (trueque espiritual y del cuerpo) más reciclaje terminan siendo en cualquiera de los estados escénico de su producción estética de segunda mano, tercera… y consumo.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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