A partir de ayer, jueves 16 de julio de 2026, el auditorio del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo incluye en su denominación al nombre Frank Marino Hernández Reyes, quien en vida fuera técnico en agrimensura, licenciado en sociología, asesor empresarial y político, coleccionista privado, mecenas, hombre de televisión, amigo de directores de periódicos, padre generoso y sobrino del poeta Tomás Hernández Franco.

Un auditorio es, ante todo, un lugar donde se comparten ideas. En ese sentido, la vida de Frank Marino fue también un espacio de conversación, análisis y escucha. Invitó a otros a pensar junto a él en reuniones semanales con figuras como Rafael Herrera, Germán Emilio Ornes y Felipe Vicini Cabral; publicó investigaciones; colaboró con Mario Rivadulla y Joaquín Ascención en la difusión de información y mantuvo presencia en televisión mediante programas como “Pensando en voz alta”, “De primera” y sus frecuentes intervenciones en “Hoy Mismo”. Su inteligencia, accesibilidad y carisma hacían que se le buscara no solo por lo que sabía, sino por la seguridad y confianza que transmitía al hablar.

Era, además, un hombre fácil de abordar. Lo mismo podía conversar con un ministro que recibir el saludo espontáneo de un barrendero que lo reconocía por haberlo visto por televisión. Esa cercanía ilustra otra condición deseable en un auditorio: la accesibilidad. Un espacio destinado al público debe invitar a entrar, escuchar y participar; Hernández poseía esa misma calidad humana, intelectual y emocional.

Adicionalmente, un auditorio debe exponer trabajos que valga la pena hacer públicos. Frank Marino tuvo una notable capacidad para pensar con claridad sobre asuntos diversos. Uno de sus primeros servicios al Estado consistió en leer y resumir información para el presidente Héctor García Godoy. Esa labor contribuyó a forjar su reputación de hombre bien informado. Más tarde, su deseo de ser útil lo llevó a trabajar con empresarios privados y a fundar el Instituto de Estudios Aplicados, IDEA, que durante más de treinta años acogió a pensadores, investigadores y creadores.

Él fue un amante del pasado y de las múltiples expresiones de la experiencia humana. Desde niño cultivó la filatelia y reunió una colección completa de la revista Readers’ Digest, salvo los números cuya circulación fue impedida por el régimen de Trujillo.  Atribuía su sensibilidad cultural a las mujeres de su familia, en Tamboril, a quienes recordaba como emancipadas, lectoras, políglotas y atentas a las corrientes literarias y artísticas del mundo.

Su interés por coleccionar se amplió luego a la numismática, las piezas taínas, el arte colonial y el arte moderno. Demostraba que su mirada era capaz de reconocer el legado del pasado sin dejar de dialogar con la modernidad.

Desde su infancia compartió con artistas como Jaime Colson y José Gaussachs.  Fue amigo, promotor y comercializador de numerosos pintores dentro de los que cabe destacar a los dominicanos Nelson Ceballos, Bismark Victoria, Virgilio Méndez, Orlando Menicucci, Domingo Liz, José Rincón Mora, Dionisio Pichardo y Raúl Recio; al colombiano Omar Rayo; a los chilenos Fernando Ábalo Arrieta, Eduardo Uhart, y a los cubanos Jesús Montes de Oca, Carlos Parra Sánchez y Raúl Enmanuel Pozo, entre los que pudimos recordar.

Junto a Gamal Michelén y Mildred Canahuate fue miembro fundador de la Asociación de Galeristas de Arte.  Su relación con el Museo de Arte Moderno, especialmente en la persona de Porfirio Herrera, confirma otra dimensión esencial de su carácter: aceptaba a los demás como eran y apoyaba sin imponer un punto de vista. Un auditorio no dicta doctrina ni examina a quienes entran; su nombre lo dice, es un lugar de escucha. Esa actitud también definió a Frank Marino Hernández. En IDEA aprendí una frase que resume su manera de ayudar: “A la gente se ayuda hasta donde se deje ayudar”. Recibía a los artistas, los orientaba y, cuando podía, los apoyaba incluso financieramente, pero dejaba que cada uno dirigiera su obra y su carrera.

Por eso, dar su nombre a un auditorio no es solo un homenaje biográfico. Es reconocer que Frank Marino Hernández encarnó las cualidades que ese espacio debe tener: inteligencia compartida, apertura, accesibilidad, respeto por la pluralidad y vocación de servicio. Un auditorio que lleve su nombre debe recibir a muchos autores, proyectar sus trabajos hasta donde sea posible y hacerlo, esperamos, para la mayor gloria de Dios. Muchas gracias.

Jeanne Marion Landais

psicóloga y escritora

Jeanne Marion-Landais cuenta con una experiencia profesional importante en el mundo financiero y diplomático. Ha vivido en Estados Unidos, Francia y República Dominicana y su mirada al mundo está permeada por sus vivencias en estos países. A título voluntario colabora desde el 2014 con El Arca, asociación en torno a la discapacidad intelectual. Es madre de dos hijos.

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