La semana pasada se hizo oficial: en noviembre, los californianos votarán sobre un impuesto del 5 por ciento al patrimonio de los multimillonarios. Tras un debate similar en Francia, en teoría esta es una maravillosa oportunidad para una productiva discusión económica. En la práctica, me preocupa que la elección se reduzca a una sombría pregunta: ¿eres alguien envidioso que detesta y ataca la riqueza o un descarado adulador de los ricos? Con el fin de evitar eso, aquí está mi contribución: una guía un tanto ligera sobre los personajes clave.En primer lugar, en el bando de los defensores están los académicos emprendedores cuyo negocio consiste en crear datos estadísticos que provoquen indignación. ¿Sabías, por ejemplo, que los aproximadamente 100 multimillonarios de Francia pagan una tasa impositiva que es la mitad de la de un francés promedio? ¿Y sabías que los multimillonarios de California tienen una riqueza equivalente a la mitad del producto interno bruto (PIB) del estado? Estos académicos ven las lagunas fiscales de la misma manera que los parisinos ven a los turistas: con hostilidad. Probablemente sean franceses.

A continuación, te presento a los defensores de la democracia. Ellos no piden mucho: simplemente que poco a poco aplastemos las fortunas de los multimillonarios hasta que nadie pueda comprar influencia política a través de donaciones ni adquirir una gran plataforma de medios sociales por puro capricho. Ellos hablan en términos de equidad y tejido social, y tienen un fuerte sentido del bien y del mal. Ellos no son muy divertidos en las fiestas.

Luego están los que buscan dinero fácil, entre ellos las enfermeras y los maestros de California, los sindicatos de Francia y cualquiera que lleve una de esas camisetas que dicen «Impuestos a la riqueza, no al trabajo». Su idea de justicia incluye un impuesto único del 5 por ciento para los multimillonarios que recaudaría 100 000 millones de dólares a lo largo de cinco años en California, o un impuesto al patrimonio del 2 por ciento que generaría 20 000 millones de euros al año para el Tesoro francés. Para Navidad ellos recibirán una camiseta con el lema «grávenlos a ellos, no a mí».

Ahora, pasamos a los escépticos, muchos de los cuales comparten la popular opinión de que los multimillonarios deberían pagar más impuestos. Los más ruidosos entre ellos son las «mamás pato» que graznan contra cualquiera que amenace a sus preciados «patitos de la innovación», esos emprendedores creativos que proponen nuevas ideas. Ni te atrevas a atacar al más pequeño de su nidada: los multimillonarios en papel, con participaciones en compañías que no generan ganancias y cuyo valor podría desplomarse a cero. En las últimas décadas, alrededor del 84 por ciento de los fundadores financiados por capital de riesgo estadounidense han quedado en la ruina, sin nada.

Bajo una de las alas de la «mamá pato» se encuentra el grupo de empresas startup de Silicon Valley; bajo la otra, los sueños de Francia de fomentar algo de competencia. Sí, es posible que estos escépticos hayan visto el reciente estudio que reveló que, en los países escandinavos, un aumento de 1 punto porcentual en los impuestos al patrimonio reduce el empleo en un 0,02 por ciento y la inversión en un 0,07 por ciento, lo cual no es precisamente catastrófico. Pero ellos se quejan de que los efectos de un impuesto más alto sobre un grupo más reducido de multimillonarios podrían ser mayores.

Luego están los quisquillosos, a quienes les preocupan los supuestos en los que se basan las escandalosas estadísticas de los defensores de la medida. A ellos les inquieta si los cálculos de las tasas impositivas adecuadamente toman en cuenta los beneficios recibidos o los impuestos pagados hacia el final de la vida de los multimillonarios (ellos también dudan de que las populares listas de multimillonarios, como la Forbes 400, sean un indicador acertado de la residencia fiscal). Ellos creen que los hechos importan y quieren que el debate se centre en la metodología estadística. Pocos están de acuerdo con esto.

Estrechamente relacionados con los quisquillosos están los pesimistas prácticos, a quienes les preocupa que los multimillonarios encuentren formas de evitar desembolsarle dinero al Gobierno, reduciendo así drásticamente la recaudación tributaria. La emigración es una opción, como ya lo han demostrado varios multimillonarios de California. Los pesimistas lamentan que la evidencia histórica tal vez no sea de gran ayuda, dado el escaso número de multimillonarios en los que recaería un nuevo impuesto. Cuando se trata de solucionar los déficits fiscales, sus camisetas dicen «grávenlos a ellos y a mí». Ellos también señalan que el 95 por ciento de una fortuna de varios miles de millones de dólares sigue siendo suficiente para comprar una compañía de medios sociales por puro capricho. A este grupo tampoco lo invitan a muchas fiestas.

Los perfeccionistas remilgados están ansiosos por gravar a los multimillonarios, pero cuestionan si un impuesto al patrimonio, por sí solo, es la mejor estrategia. Si las ganancias de capital o las corporativas que llegan a manos de particulares están subgravadas en EE. UU., hay que corregir eso. Si los activos pueden transferirse a sociedades holding para eludir el impuesto sobre la renta, como en Francia, hay que tomar medidas enérgicas al respecto. Un impuesto al patrimonio único es, en el mejor de los casos, un complemento para tapar los huecos en el sistema del impuesto sobre la renta, no un sustituto. Después de todo, ellos argumentan, ¿desde cuándo gravar el patrimonio es más fácil que gravar los ingresos?

Por último, están los propios multimillonarios. Algunos mantienen un perfil bajo, tal vez con la esperanza de que, si se aprueba la versión de California, al menos se calmen las exigencias de que paguen lo que les corresponde, lo cual los convertiría en los más idealistas del grupo.

Soumaya Keynes. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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