La muerte de Jürgen Habermas ha suscitado una avalancha de reseñas, defensas y críticas de su vasta e influyente obra. Una de las críticas más generalizadas es respecto a su teoría del diálogo o acción comunicativa. Habermas afirma que las personas pueden entenderse y alcanzar un consenso mediante un diálogo racional, en donde no hay coacciones externas pues todos los dialogantes pueden discutir libremente e intercambiar razones, logrando así decisiones políticas que se legitiman precisamente por este debate público.
Quienes critican esta teoría señalan que es utópico postular un diálogo racional donde reina la polarización, el poder puede imponer por la fuerza o la manipulación sus intereses estratégicos y el discurso racional es aplastado por pasiones y emociones impulsadas por los intereses en conflicto y las tensiones derivadas de cosmovisiones contrapuestas surgidas del pluralismo cultural.
En verdad, que la situación ideal de diálogo no sea plenamente realizable en la realidad no invalida la teoría de la acción comunicativa de Habermas, pues este concepto opera no como una descripción de cómo se dialoga en la práctica de nuestras sociedades, sino que es, sobre todo, un modelo normativo, un ideal regulativo, que nos permite determinar qué tan cerca o lejos nos encontramos de una democracia verdaderamente deliberativa y, lo que no es menos importante, facilita criticar las estructuras que la dificultan o impiden que todos los ciudadanos sean escuchados en igualdad de condiciones, de modo que se construyan instituciones que mejoren la calidad del diálogo público y de la democracia.
A pesar de este carácter normativo de la teoría habermasiana del diálogo, hay quienes insisten en que el problema es que en la práctica —para él y para los suyos—, resultó que los que distorsionaban la comunicación, los que rompían —malvados— los consensos posibles, solían ser siempre los mismos: los conservadores, la Iglesia, los nacionalistas, los escépticos del proyecto europeo. Ya es sospechoso que fueran siempre… los que no pensaban como él (Miguel Ángel Quintana Paz).
Prefiero pensar que Habermas siempre estuvo dispuesto al diálogo con otros, procuró invariablemente presentar sus puntos de vista para que el público los evaluara y trabajó arduamente para ser preciso y claro en su escritura. […] Habermas comprendía que la tarea de un filósofo […] es hacer lo poco que pueda para devolverles su propia voz a quienes no la tienen, de modo que podamos crear juntos un mundo compartido. Que Habermas a veces no estuviera a la altura de este ideal no sería algo que lo hubiera sorprendido. Era más consciente que la mayoría de las exigencias éticas que este espíritu igualitario y democrático nos impone. Habermas siempre intentó ser el tipo de persona que él consideraba que debía ser un filósofo (Matt McManus).
No alcanzo a ver cómo es posible vivir en democracias respetuosas de los derechos de todos en sociedades caracterizadas por su heterogeneidad y complejidad si no es a través de instituciones que propicien el diálogo y la deliberación y en donde todos —y no solo los [pequeño] burgueses— pertenecemos a esa clase discutidora que tanto aborrecieron Donoso Cortés y su fervoroso admirador, Carl Schmitt, y que está convencida de que es deseable, de que es posible y de que ella es capaz de comprobar cuáles son los hechos reales mediante un debate racional, público y honesto.
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