Hacia 1957, en la segunda edición del libro El arco y la lira, Octavio Paz incluye como epílogo, una suerte de manifiesto o poética a partir de una reflexión teórica sobre el poema Un golpe de dados de Stephane Mallarmé. Paz defiende el triunfo del signo poético sobre el significado de las cosas. Igualmente, aboga por la defensa de la poesía sobre la sociedad, y de ahí que afirme que “no hay poesía sin sociedad y tampoco hay sociedad sin poesía”, y que “una sociedad sin poesía carecería de lenguaje”. (Paz, 253). Concretamente, matiza que: “Una poesía sin sociedad sería un poema sin autor, sin lector y, en rigor, sin palabras” (Paz, 254). La escritura poética, después de Una estación en el infierno (1873) de Arthur Rimbaud, deviene oficio de negación, o sea, crítica a la poesía, al lenguaje poético, al significado y al poema mismo. O sea, la palabra poética se convierte en negación de la palabra misma. Se produce así una crisis del significado, a expensa del signo y sus sentidos. Es decir, el signo poético desborda el significado de las cosas, y por tanto, solo hay sentidos y sugerencias: el orden de las cosas se vuelve expresión del ritmo cósmico. El espacio y el tiempo infinitos se ensancharon y desplegaron una sucesión lineal, cíclica y circular: el mundo se volvió una esfera cuyo centro de gravedad se colocó en cualquier punto de la órbita infinita del universo. De ese modo, el centro se dispersó en un ritmo vertiginoso, ante el caos y el orden cósmicos. Así pues, el tiempo del poema se repite, y al repetirse, se transforma en “signos en rotación”, idénticos en el mismo espacio. En efecto, la poesía siempre ha sido el arte que persigue resolver la contradicción –o discordia—entre el espacio de la página y el tiempo de los signos verbales. Lo que Octavio Paz ha querido significar es que los signos, en la poesía, son doble: es diálogo y monólogo, identidad y pluralidad, mismidad y otredad, inmanencia y trascendencia, el yo y el tú (“La poesía no dice: yo soy tú; dice: mi yo eres tú”, afirma), lo uno y lo otro, esto y aquello, ausencia y presencia, el aquí y el allá, etc.
Como se sabe, la poesía antigua y medieval se fundamentó en el verso rimado; la poesía moderna, en cambio, se inicia con el verso libro, y también con el poema en prosa, con Baudelaire y Rimbaud. Es decir, con Los pequeños poemas en prosa o Spleen de París (1869), Las flores del mal (1857), de Baudelaire y Las iluminaciones (1886), de Rimbaud, respectivamente. Ese periodo lo cierra Mallarmé con el poema simbolista: Un golpe de dados (1897). Pero abre otro: el de las vanguardias poéticas de principios del siglo XX con el cubismo, el dadaísmo y el surrealismo. Es decir, la experimentación con el tiempo y el espacio, la técnica y la composición del poema. Si el Conde de Lautréamont gritó que la “poesía deberá ser hecha por todos”, durante el simbolismo, con Mallarmé, la poesía no solo dialoga con el silencio sino que conduce al silencio: se congela, clausura y se cierra para dejar solo sus sentidos en las palabras, antes que en las cosas. Si Baudelaire funda la modernidad, al crear una nueva sensibilidad, profana, sacrílega o demoniaca, en Mallarmé, el mundo debía concluir en un libro. Su hermetismo cifrado conduce a la mudez y al silencio, a la imposibilidad del decir. Mallarmé concibió un arte poético y una filosofía del poema como un acto o gesto arbitrario, lúdico, espontáneo, en una búsqueda de lo absoluto, que niega toda posibilidad de significación lineal, postulando un sentido espacial y temporal abierto. Su concepción de la escritura poética reside en la negación de sí misma y en la postulación de una hipótesis, que destruye toda posibilidad o voluntad de tesis. Más bien: es una antítesis, que pone el silencio en crisis con las palabras. El poema deviene, en su mundo poético e imaginario, en crítica del ritmo: del poema y del lenguaje. De ese modo, plantea la abolición no del cálculo sino del azar. “Un golpe de dados” es un himno y una oda a lo absoluto de la poesía: representa la imposibilidad de escribir un largo poema hacia lo infinito. Es decir, de lanzar versos al azar para poner en crisis el espacio compositivo y el tiempo rítmico. “El poema no niega al azar pero lo neutraliza o disuelve”, afirma Paz (pág. 272). Los dados versales lanzados al azar forman un universo de signos, un mundo verbal poblado de silencio: una galaxia de símbolos, que giran y se combinan, en el espacio del texto. El poema deviene en viaje o aventura de la imaginación espacio-temporal como arquetipo del universo y de su azar. Mallarmé persigue alcanzar así la soberanía del lenguaje poético o la autonomía del ritmo como centro móvil y dinámico del poema. De ahí que habló de la creación de un libro que fuera el doble del mundo. Es decir, de un gran libro abierto como imagen arquetípica del mundo, creado a partir de una tentativa por abrir el puño y dejar escapar así, al azar, los signos verbales, que ponen en crisis la palabra para dar luz y sentido al silencio. Sus dados simbolizan los signos que ponen en crisis el cálculo de la razón. El gesto de Mallarmé tiene así un sentido vital, misterioso y mágico. Nos habló de un libro que habría de ser el doble del cosmos. Pero no dijo qué contenía su envés ni la fórmula de su visión del azar donde nos revelara el significado de su filosofía poética. La escritura poética, en Mallarmé, persigue abolir el mundo visible, a través de la “trasposición”, para convertir en imaginaria la realidad objetiva o los objetos reales. Como abanderado de la preeminencia de las palabras sobre las ideas, buscaba convertir las cosas en signos verbales. Si para la tradición romántica de la poesía, la realidad primordial representa el mundo de símbolos arquetípicos, para Mallarmé son las palabras puras los símbolos de la realidad, con lo cual consumó –o clausuró- – la poesía simbolista. De ahí que partiera de la concepción del mundo como idea que había que transformar en un poema, y que fuera el doble del mundo, o una Biblia lírica; es decir: el Libro de los libros. Esa tentativa utópica, apocalíptica o adánica, ese ideal de la creación, desde la experiencia poética, alcanzó la consumación en su obra literaria y, más aun, en Un golpe de dados. Así, en Mallarmé, idea y palabra son representaciones imaginarias del lenguaje poético como lo es el mundo sensible. De ahí que se valiera del concepto que acuñó, de “transposición”, para anular o abolir la realidad a favor de palabra, la cual también persigue destruir, en su empresa verbal y simbólica. En efecto, aquí el poeta, en su afán por hacer transparente el lenguaje, logró también hacer transparente o visible el mundo mismo, a través de la palabra poética. Con este ideal estético buscó fundir verbo y mundo, ritmo y espacio, palabra y tiempo, silencio y poesía, en la escritura del poema, para alcanzar el signo, que representara el ritmo del significado y el movimiento del sentido. Es decir, crear un poema –o un mundo– con Un golpe de dados, que estuviera abierto al espacio y cerrado al mundo temporal, donde los ritmos de los signos estén en perpetua rotación. En ese sentido, Octavio Paz sentencia. “Nuestro legado no es la palabra de Mallarmé sino el espacio que abre su palabra” (pág. 276). Podría hablarse pues del método de Mallarmé de escritura poética de la “trasposición” creadora, que consistía en la destrucción de la forma tradicional de escribir poesía, al tomar como referente el espacio de la página (los encabalgamientos, los escalonamientos, la disposición de los versos, las pausas y los silencios) como si fuera un arte espacial. De ese modo, prefiguró las vanguardias poéticas de principios del siglo XX. Como se ve, la inspiración poética, que fue el método de escritura del romanticismo, fue negado por el simbolismo, pero fue reivindicado posteriormente por el surrealismo. El azar en Mallarmé, como fuente creadora y procedimiento poético, depara en una combinatoria de escritura, que media entre las palabras y el silencio, el tiempo y el espacio. Por ende, el espacio en Un golpe de dados no es una superficie plana en la página; ni es pasivo, sino activo, ya que está en movimiento perpetuo: representa el ritmo verbal del poema. También encarna la representación visual de las palabras poéticas, en la superficie plana de la página. Así, el espacio se vuelve rítmico en el tiempo de la palabra.
La tesis de Octavio Paz de los “signos en rotación”, a partir de la lectura de Un golpe de dados de Mallarmé, reside en la siguiente aseveración: “A espacio en movimiento, palabra en rotación; a espacio plural, una nueva frase que sea como un delta verbal, como un mundo que estalla en pleno cielo”. (pág. 280). Así, la estructura del poema tiene su influencia en el espacio de la página y en el ritmo versal. Mientras que la página, en tanto representación espacial de la palabra, se transforma en expresión temporal del ritmo en el poema.
En Un golpe de dados, el espacio se vuelve signos, es decir, los espacios en blanco de las páginas se leen como representación sígnica. En tanto las palabras se convierten en escritura de signos en búsqueda de sentidos metafóricos.
En Un golpe de dados hay implícita una poética del lector, es decir, un método de escritura, que postula –o procura—darle espacio al hipotético lector. Sin embargo, en su prefacio, Mallarmé pidió que el lector lo olvidada como autor. Escribió este poema buscando que el espacio en blanco no impreso tuviera un sentido y que representara al silencio. Este texto deviene pues canto y sinfonía, en el que la imaginación, la pasión y el intelecto representan las fuentes de su gestación y escritura. Encabalgamientos, intertextualidades, líneas en blanco, pausas, interlineados, bloques en blanco, zigzagueos, cursivas, pareados, escalonamientos: juego de los espacios, las palabras y los versos. Así se expresan en yuxtaposiciones, conjunciones y superposiciones, donde un verso puede ser una palabra o un sintagma, que representa vuelos o caídas, ascensos o descensos: caídas a la nada y al abismo del sentido, “en esos parajes/ de la vaguedad/ en la que toda realidad se disuelve” (Mallarmé, Un golpe de dados, 455), como se lee en el poema analizado aquí. En su textualidad, los gerundios, los participios, los adverbios, las preposiciones y los determinantes buscan sentidos. En efecto, el azar y la nada iluminan los lugares, en una constelación de los signos poéticos en rotación, pues como dice Mallarmé, para concluir y cerrar el poema: “Todo pensamiento emite un tirar de dados” (Mallarmé, Poesía completa, 457).
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