En la década de 1950, el ingeniero británico John Lawson estableció unos criterios para determinar si una reacción de fusión nuclear — el proceso que alimenta a las estrellas — en la Tierra podría producir más energía que la necesaria para iniciarla. Un factor "Q" mayor que 1 significaría una producción neta de energía, lo que sugeriría que la energía de fusión algún día podría pasar de ser un concepto de ciencia ficción a una fuente viable de energía.
Desde entonces, los científicos han obtenido factores Q mucho más altos. Se están construyendo prototipos de centrales de fusión nuclear. Y ahora los científicos han ideado un indicador llamado "Q económico" para evaluar su viabilidad comercial.
La idea — publicada el mes pasado en la revista "Journal of Fusion Energy" y que toma en cuenta factores como los costos de construcción y el precio de la energía — concuerda con la creciente confianza de los inversionistas. Las compañías privadas dedicadas a la fusión nuclear recaudaron US$4.5 mil millones durante el último año, según el informe Fusion Industry 2026. En la actualidad hay más de 50 compañías de este tipo. El mes pasado, General Fusion, una empresa canadiense respaldada por Jeff Bezos, se convirtió en la primera compañía de fusión nuclear en cotizar en bolsa.
Estas señales apuntan a un importante cambio: la energía de fusión se está percibiendo cada vez menos como un reto científico y más como uno económico. Ciertos factores externos — choques energéticos, inestabilidad geopolítica, cambio climático, inteligencia artificial (IA) con alto consumo energético — también han puesto a esta tecnología perpetuamente incipiente bajo una luz favorable.
La fusión nuclear es la fuente de energía de las estrellas, incluyendo nuestro Sol. Enormes fuerzas gravitacionales comprimen tanto los núcleos de hidrógeno entre sí que se fusionan para formar helio, liberando una enorme cantidad de energía. La fusión se distingue de la fisión — el proceso que se utiliza en las centrales nucleares actuales —, la cual consiste en la reacción física mediante la cual se dividen átomos pesados, como el uranio, para liberar energía.
Durante décadas, científicos de laboratorios tanto estatales como privados han imitado la fusión estelar al combinar dos isótopos del hidrógeno (el deuterio y el tritio) — calentados a más de 100 millones de grados Celsius hasta convertirlos en plasma — para crear helio. Tal como se dio cuenta Lawson, la temperatura, la densidad de las partículas y el tiempo eran cruciales: si se confinaba el plasma resultante con la suficiente fuerza, durante el tiempo necesario y en condiciones lo suficientemente calientes, la fusión no sólo podría producirse, sino que se volvería autosostenible, liberando energía limpia casi ilimitada con muy pocos residuos.
Hoy en día, el confinamiento puede ser magnético o inercial. El primero utiliza campos magnéticos para contener el plasma caliente de deuterio-tritio (D-T); los tokamaks — cámaras con forma de rosquilla equipadas con imanes superconductores — son una opción muy popular. El confinamiento inercial suele consistir en rayos láser enfocados en una pequeña cápsula de D-T.
A medida que se produce la fusión, se expulsan neutrones energéticos que son absorbidos por una capa que rodea el reactor. Esa energía cinética se convierte en calor, el cual luego se utiliza para generar electricidad. La Instalación Nacional de Ignición (NIF, por sus siglas en inglés) del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (LLNL, por sus siglas en inglés) en California, el cual usa confinamiento por láser, alcanzó un valor Q superior a cuatro en 2025. El ITER, el reactor tokamak internacional cuya finalización está prevista para la década de 2030 en el sur de Francia, busca lograr un valor Q de 10.
Es por esto que los aspectos económicos de la energía de fusión están siendo el centro de atención. El principal autor del estudio, Dennis Whyte, es un destacado defensor de la fusión y profesor de ingeniería en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), quien recientemente fue nombrado director de la Autoridad de Energía Atómica del Reino Unido (UKAEA, por sus siglas en inglés). El "Q económico", una medida ideada por Whyte y otros expertos — y que debe ser mayor que uno para representar una ganancia económica neta —, compara el capital obtenido a lo largo de la vida útil de una planta de energía de fusión con el capital invertido. Estos factores reflejan la complejidad de la ingeniería involucrada en el proyecto e incluyen los costos de construcción, la durabilidad de los componentes y la eficiencia en la conversión de la energía de fusión en un producto comercial.
Antes de su nombramiento, Whyte concedió una entrevista a la revista Physics World en la que insistió en que ahora se necesitaba una fórmula al estilo de la de Lawson para evaluar los diferentes diseños de centrales de fusión. Él y sus coautores también acertadamente señalan que los costos de la investigación en fusión nunca han estado bien definidos ni se han comprendido plenamente a lo largo de la historia, y que incluso se han mantenido en secreto.
Curiosamente, Whyte fue cofundador de Commonwealth Fusion Systems (CFS), una compañía privada que se ha asociado con el MIT para construir SPARC, un prototipo de planta de energía de fusión, en Massachusetts. La compañía, en la que Google es uno de los inversionistas, también está construyendo una planta de 400 MW en Virginia.
Es posible que este campo siga la trayectoria de la IA, con la energía de fusión llegando de repente, a todas partes al mismo tiempo. O tal vez siga estando siempre a una o dos décadas de distancia, un tentador espejismo que se mantiene perpetuamente gracias a una combinación de entusiasmo e inversión.
Anjana Ahuja. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and
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