El 10 de mayo de 1998 murió físicamente José Francisco Peña Gómez. Pero aquella tarde no terminó una vida: comenzó una leyenda civil en la memoria dominicana.
Han pasado 28 años desde su partida en Cambita Garabitos, y todavía su voz parece caminar por las calles humildes del país, entre vendedores ambulantes, motoconchistas, maestros, obreros y madres de barrio que alguna vez sintieron que alguien hablaba por ellos desde la política.
Peña Gómez no fue únicamente un dirigente partidario. Fue un símbolo humano levantado contra la exclusión, el racismo y la pobreza.
Nació marcado por las heridas históricas de la frontera y creció en un país donde el color de la piel todavía cerraba puertas invisibles. Sin embargo, convirtió cada obstáculo en una fuerza moral.
Donde otros habrían sembrado odio, él sembró esperanza.
Tenía el raro don de transformar la política en emoción colectiva. Cuando hablaba en una tarima, no parecía recitar discursos: parecía abrirle el pecho al país.
Su voz ronca, intensa y apasionada lograba algo que pocos líderes alcanzan: hacer sentir dignidad a los olvidados.
A lo largo de su vida soportó campañas feroces, ataques personales y prejuicios crueles.
Muchos intentaron destruirlo con miedo y veneno político.
Pero jamás respondió desde el rencor. Por eso una de sus frases permanece como una lección moral para la democracia dominicana: “Yo amo a mi pueblo, a mi país. A lo largo de toda mi vida he pagado un precio por eso. He recibido ataques feroces, a veces frontales, a veces con veneno más sutil. Pero yo los perdono”.
Esa capacidad de perdonar engrandeció aún más su figura. Porque el verdadero liderazgo no se mide solo por el poder conquistado, sino por la altura humana con la que se enfrentan las heridas.
Hoy, 28 años después, José Francisco Peña Gómez sigue siendo mucho más que un recuerdo. Es una conciencia viva de la República Dominicana. Un hombre que murió, sí, pero que jamás abandonó el corazón de su pueblo.
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